El Salón PsicomotrizTutorial para todos aquellos que estén pensando en montar uno de estos maravillosos recintos de juegos en su sótano.

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#214 - Memoria genética

Por: Alien y Shaoran
Nº: 214
Nombre: Memoria genética


Diccionario Cani - #1

Vamos a proceder a traducir unos textos escritos por personas pertenecientes a uno de esos movimientos urbanos que están tan de moda hoy en día: Los Canis.
ArriiBa coOn loOsS caniiiiiiss....!!!!! i k ViiVa el bReaK BeAt..... akiien noO le guUsSte k le foOyen coOmpare...!!! peRo k loOsS caniis SsiiempRe la paRtiimoOs pOor doOnde vamoOs BESELAXOS PA LOS CANIS....
Traducción: ¡Qué Dios bendiga a los Canis! ¡Y viva Mozart, Puccini, Paganini y Purcell! Al que no le agraden, le aconsejaría encontrar un trabajo de meretriz y que pusiera a disposición de la plebe su aparato reproductor, camarada. Los canis allá dónde vamos somos el jolgorio y la revolución. Cordiales saludos y afectuosos abrazos para mis compañeros.
ºmiRahh  neehnahhh  yoopp soyyypp uaa auntentikah  rsulonahh  tengo muxa guasanga y bailo como una morsaa y ? perop tanb  soy canik y no tiene na ke ver okp ? 
 Traducción: Excúseme, señorita, yo soy una verdadera devota de los Canis. Mi fama de buena labia y saber estar se conocen desde los Estados Pontificios hasta Gènova. Soy famosa por mi habilidad en la danza. Le agradecería que no invente hechos falsos sobre nosotros.

ola sara!!!!k pasa???eso digo yo viva los cani!!yo la verdad no soy pija pero yo tmpoko soy tan kani lo k pasa k me usta muxisimo el oro y tu sabe pintarse kon rabixos etc....peroK ESO DIGO YO VIVA LOS KANI y los pijos k se bayan un pokito ala mierda  xao
Traducción: Buenas tardes, Sara ¿Qué nuevas traes de la ciudadela? Te apoyo ¡Qué vivan los Canis! Yo no me considero para nada "pija" pero mi nivel de canismo tampoco está tan elevado. Lo que ocurre, es que el bonito resplandor del oro me agrada. También maquillarme sutilmente el ángulo del ojo, y perfilarlo para tener una mirada más sensual. Voy contigo ¡Arriba los Canis! Y los pijos, que sepan que no son de mi agrado. Hasta más ver.

#213 - Sistema internacional

Por: Alien y Shaoran
Nº: 213
Nombre: Sistema internacional


#212 - Tuenti fail (I)

Por: Alien y Tipo random
Nº: 212
Nombre: Tuenti fail (I)


Análisis de Texto - #1: Pokaranero

Señores, si hace poco Voltaire hacía una aparición estelar en este blog culpándome de su feo devenir, debo deciros que otro maravilloso filósofo va a hacer su aparición: Pokaranero

Nos vamos a centrar en su escrito: "Mis frecuentes preguntas tontas, pero razónables..."

Argumento - #1
Muchos, a menudo, nos hacemos preguntas que poco o nada tienen que ver con lo que normalmente sueleser una pregunta "inteliguente". Seguro que muchos hemos pensado alguna vez, una pregunta tan tonta que, otro dice "pues porque es asín"... ¿Verdad que no me equivoco? Esta en nuestra naturaleza tener dudas tontas que, lo crean o no, nos ayudan a entender la realidad en la que vivimos.
Una introducción fuerte, atractiva y sensual. Su aterciopelado lenguaje y el carácter desenfadado del texto lo convierten en un texto que seguramente fue dirigido a la plebe. De todos modos, al estar dirigido al estado llano, Pokaranero debió haber omitido palabras tan cultas como:  "inteliguente" ; "sueleser" ; "pues porque es asín".


Argumento - #2
La pregunta más frecuente que suelo hacerme es; 

Si se supone que los adultos estan para mejorar el mundo y darnos un futuro mejor ¿Por que se adaptan a lo que ya hay, en vez de mejorarlo, y se limitan a persuadir a los demás para que sigan su mal ejemplo? ¿Como vamos a mejorar así? Si ni siquiera existen adultos que NO se peleen o que no dejen de discutir por cosas tontas como la moda, la politica, la religion, guerras, racismo, tercer mundo, etc... y luego nos dicen que "nos adaptemos, que eso no cambiará". Pues si todos seguimos con la misma ideologia, asín esta claro que no cambiará y al mismo tiempo; jamás mejoraremos... xD
El autor se adentra en términos y conceptos más abstractos y psicomotrices. Aunque hable en tercera persona de los adultos, debemos recordar que Pokaranero tiene 19 años, por lo que está usando de una forma muy inteligente el sarcasmo. Añade un concepto muy innovador en las desgracias humanas y problemas globales, como lo es la moda. No hay que olvidar que la revolución francesa se inició porque Luis XVI no dejaba comerciar con diseñadores extranjeros.

Argumento - #3 (Extracto)
 - ¿Soy el unico que se ha dado cuenta de que somos el hazme-reir del unvierso? Más que nada lo digo porque, aun sabiendolo, hacemos cosas que nso perjudican. Si es que existen dos cosas infitinas; el universo y la estupidez humana, ya que el sentido común de la humanidad es el sentido menos común de todos... En algo coincidimos Albert Einstein y yo xD
Aquí critica a la sociedad usando la famosa teoría de Einstein de las cosas "infitinas". Delicioso, o como diría nuestro amigo Voltaire: "Wonderful".

Argumento - #3 (Extracto)
- ¿Los guionistas de los anuncios actuales (sobretodo de coches, ropas y colonias) son los mimos que escribierón el guión de la serie "Perdidos"? @_@" porque no me extrañaria ver un anuncio de un coche y un oso polar de por medio, ya a estas alturas he visto de todo...
Pokaranero cambia radicalmente de tema para desviar la mente del lector de tan complicados términos y ideas usadas anteriormente. La metafora del coche y el oso polar está claramente inspirada en el Canto 1 de La Divina Comedia.


Argumento - #4
Como ven; me hago muchas preguntas a diario... A veces incluso mientras camino a la escuela o mientras estoy haciendo una faena o mientras dibujo o yo que se... el caso es que mi cerebro es alucinante, me quedo con todo el mundo cuando les pregunto y no saben que responder xD
El autor se deja de falsa modestia y reconoce abiertamente lo que todos conocemos; tiene un cerebro privilegiado. Vemos como habla incluso de su vida sexual y de cómo le inspira estar "haciendo una faena" para escribir cosas como éstas. Yo también creo que escribe con una mano debajo del calzón.

 Argumento - #5 - Nota del autor
 NOTA: Por cierto... ¿Se han fijado en que siempre suelo decir esta ultima frase en todas mis entradas? Ya podria cambiar un poco de frase, que suena al clasico pelota orgulloso de su propia pelota que a su vez, es la mejor de las pelotas... JUAS! xD
Qué genio.

Summa philosophiae

Summa philosophiae
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A ver quién es el listo que contradice a Voltaire.

No al cierre de webs




PD: Hacía mucho tiempo que no usábamos la etiqueta "No-Estupideces". Mierda

#211 - Justificación

Por: Alien y Shaoran
Nº: 211
Nombre: Justificación

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Insomnia: Making of

Insomnia: Making of
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Insomnia es un juego de ericnk. NO salen tetas.

#210 - Ningyo fail (I)

Por: Ningyo
Nº: 210
Nombre: Ningyo fail

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Teta


Parece de todo menos una teta.

#209 - Lost in Translation (I)

Por: Youtube y Jesús
Nº: 209
Nombre: Lost in Translation (I)

El deficiente sistema de transcripción de audio de Youtube siempre deja algunas perlas.





#208 - Hamburguesa caliente

Por: Pipas y cosas
Nº: 208
Nombre: Hamburguesa caliente

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#207 - Ito FAIL (III)

Por: Ito
Nº: 207
Nombre: Ito FAIL (III)

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#206 - Alien FAIL (V)

Por: Alien y Shaoran
Nº: 206
Nombre: Alien FAIL (V)

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LoZ: Majoras Mask 2

LoZ: Majoras Mask 2
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Por: Alien (edit)

#205 - Adjetivación

Por: Alien y Shaoran
Nº: 205
Nombre: Adjetivación

En cuanto termine la semana de exámenes os prometo que habrá actualizaciones sexys con dibujos de esos que hago y que no le gustan a nadie.

# 204 - Sound Of Tenias

Por: Alien y Shaoran
Nº: 204
Nombre: Sound Of Tenias

#203 - Lo pone en Wikipedia

Por: Alien y Shaoran
Nº: 203
Nombre: Lo pone en Wikipedia

#202 - Kreft Fail (III)

Por: Ito y Kreft
Nº: 202
Nombre: Kreft Fail (III)

#201 - Raro

Por: Ito y Shaoran
Nº: 201
Nombre: Raro

#200 - Especial Halloween

Por: Alien, Kreft y Xunto
Nº: 200
Nombre: Xunto Fail (IX)


Hace casi un año que este blog celebraba sus cien primeras entradas numeradas, y lo hicimos con un flashback (cuya imagen se halla actualmente caída por culpa de imageshack) a los comienzos del blog, y un wallpaper de EN.I. La siguiente celebración fue el segundo aniversario del blog. Lo celebramos con un cambio de look. Recuerdo también la celebración de los tres primeros meses del blog, cuando Xunto dudaba que lográramos llegar al año completo. Sin duda bombardearos con contenidos especiales cuando existe motivo para ello es algo que nos place y hemos decidido unir la entrada #200 con...



Hoy traemos tres actualizaciones de dimensiones bíblicas. La primera es que he actualizado el archivo de conversaciones de msn. La segunda, que hemos puesto en la barra móvil de actualizaciones (la stripbarra) una notificación de que hemos actualizado. La última, es el Xunto Fail que hay más arriba.

Muchas gracias y hasta el año que viene.





...Ahora en serio. Tenemos una tira cómica de mal gusto hecha por Shaoran, un relato de Francis (autor de Pájaro) y otro de John Ninja, el chino que compartía piso conmigo durante mi estancia en New York.

Y un análisis de Insomnia, el juego de erickn.

Y ahora, puede comenzar el festival de onanismo.

LA PRINCESA KOOL by Shaoran

Por si nadie se acuerda, el príncipe kool.






Allí estaba, tendido en el suelo, con un fuerte sabor a cobre y vómito en la boca y con esa inquietante y tenue luz roja iluminando el rincón en el que me encontraba. Todo eran sombras alrededor y sonidos extraños y olores fuertes y profundos. Me incorporé e intenté divisar más allá del rincón en el que estaba, pero fue inútil, pues sólo podía verme a mí mismo; mi aspecto era patético.

La camisa roja que llevaba estaba sudada y llena de quemaduras de tabaco y mis pantalones de pana tenían una extraña mancha blanca de una sustancia desconocida. No estaba herido, pero mi cabeza me dolía muchísimo. También me percaté de un extraño símbolo que tenía en la mano derecha y que no entendía.

Estaba muy asustado, pero tenía que descubrir dónde me encontraba, si no estaba ya muerto, claro. Me interné en la más absoluta oscuridad, intentando, con los brazos extendidos, palpar el fin de la sala o una puerta. Cuando llevaba unos segundos caminando a ciegas, toqué algo blando pero firme y que me resultaba muy familiar. Pero entonces escuché una voz aguda que me taladraba el tímpano. Parecía que había tocado a un extraño ser, que me hablaba en un idioma aún más extraño y que después de unos segundos me golpeó con sus garras en la cara. Caí al suelo protegiéndome con los brazos por si la criatura continuaba con sus intentos de matarme pero se hizo el silencio un momento y volvieron los olores y sonidos extraños, como chof, chof y plof, plof. Me estaba volviendo loco, sí, era eso.

Grité tirándome del pelo y con los ojos fuera de sus órbitas, pensando que estaba muerto de verdad y que mis innumerables pecados me habían llevado al infierno. Entonces, repentinamente, se encendió esa maldita luz roja, justo encima mío, y los sonidos se intensificaron. Oía pasos, y en unos segundos se presentaron ante mí seis seres extraños, que yo imaginaba que serían de la misma especie que el que me había golpeado.

Insulté a las criaturas con sucias palabras y les dije que se fueran con su Satanás. Entonces hablaron todas en diferentes idiomas y me golpearon con sus garras. Lo único que veía de ellas eran sus uñas carmesíes cuando me arañaban, pues la tenue luz roja solo me iluminaba a mí.

Me defendí como pude y golpeé a las criaturas y las empujé y gritaron con sus terribles voces. Sentí otras criaturas viniendo, más pesadas y de voz más graves. Se acercaron a mí y retiraron a las otras criaturas. Éstas que acababan de presentarse eran muy corpulentas y parecían no tener pelo. Además, la luz roja se reflejaba en donde se presumía que debían estar sus ojos. No se detuvieron ni un segundo, ni siquiera me hablaron en idioma extraño: simplemente me golpearon, con una fuerza mayor a la de las otras criaturas.

Cuando estaba a punto de desfallecer, las criaturas me cogieron y me arrastraron por la inmensa oscuridad. Entonces se encendió otra luz roja, que dejó ver una puerta. Iba hacia allí. Ya había cumplido mi penitencia. Saldría de los infiernos. Abrieron la puerta y me tiraron al frío asfalto. Reí como un loco y besé el suelo de los vivos. Cuando recobré la compostura, me giré para ver la puerta de los infiernos.

Y allí estaba, con su gran letrero de luces rojas, el Puticlub Manola.

Mierda.






Una vez oí hablar a mi abuelo, un ilustre marinero gallego, acerca de las brujas. Él las llamaba meigas, pero yo no las llamaré así para no confundiros. Lo recuerdo sentado junto a la vieja chimenea de nuestra vieja casa. Aunque tal vez fuera junto a la barra del bar, muy frecuentado por el viejo. Yo era pequeño, y sólo recuerdo parte de lo que contó. Veréis, esto fue lo que oí:

Hubo un tiempo en el que las brujas salían de noche para robar niños y alimentar con ellos a sus gatiños. Eran los tiempos de Rosalía de Castro. Las brujas, como cualquier mujer, tenían talento para parir, cocinar, y para saber si otras mujeres estaban embarazadas. Por no decir que es lo único que hacen bien. Por ello, a menudo buscaban a aquellas mujeres que acababan de expeler un bebé, y entraban por la ventana y se lo llevaban. Pero esto era un capricho estúpido y habitualmente se consideraba una horterada entre las brujas, por lo que sólo lo hacían las peores. Como las brujas eran estériles, feas y malas, ningún hombre quería tocarlas. Dicen que las horribles brujas nacían porque sus fornicadoras madres fornicaron con el diablo. Yo pienso que es así, porque mi padre, en gloria esté, solía hablar de esto a menudo, y sabía mucho sobre ellas y sus malas artes. Las brujas vivían en cabañas en los frondosos bosques gallegos, aunque, como ya he dicho, salían por las noches. El agua no les gustaba, de tal forma que cuando la brisa venía de levante, nunca aparecían por los pueblos. Es bueno que no les gustara el agua, porque de no ser así, habrían rondado también las playas, acompañadas por la flaccidez de sus vibrantes tetas colgonas. Sería como estar en el Mediterráneo todo el año, porque aunque las aguas del norte son frías como mi mujer y mi lecho, las brujas no sentían el frío como nosotros, las muy putas. En América os dirían que los misteriosos secuestros nocturnos de niños son obra de extraterrestres, y la policía secreta acudiría presto a solucionarlo, pero en Galicia todos saben que la culpa es de las brujas. Excepto aquella vez que encontraron al hijo del panadero en el sótano de la iglesia de Betanzos. El padre Díaz no parecía esa clase de persona, todo sea dicho. Un caso excepcional fue el de mi primera novia, con la que yo compartía besitos todas las tardes cuando nos veíamos antes de volver de la escuela. Era un domingo, el día del Señor, y jugábamos cerca del bosque de Betanzos, cuando una horrible y fea bruja (la primera que vi), una putísima bruja agarró a la niña y se metió en el bosque. Yo la perseguí, más temerario que asustado, y al llegar junto a su cabaña se dio la vuelta y me vio. Entonces temí por mi vida, porque caminó con sus horribles andares de vieja hacia mí, con la intención de cogerme a mí también. Pero entonces el padre Díaz apareció portando una gran cruz de madera, gritando palabras latinas, y redujo a la horrible hija de fornicadora. Luego me dijo que avisara a mis padres, que él se quedaría a cuidar de la niña. No volví a ver a ninguno de los dos. ¡...Ay, qué tiempos aquellos! Recuerdo mi segunda experiencia mágica con una bruja. Coincidió con la época en la que salí con mi tercera novia. A decir verdad, mi tercera novia era una bruja. Me llevaba por las noches a su refugio en la montaña, y hacíamos cosas que nunca hice con mi mujer, ni hago, ni haré. La mayoría de las brujas tienen más de cien años y están fláccidas y arrugadas y decrépitas, pero ésta, que era joven todavía, era un amor de chica. Tenía unos gustos un poco raros y alejados de nuestras costumbres, pero realmente disfruté mucho con ella. Hasta que un día, y aunque esté mal decirlo, hicimos el amor sobre un altar de piedra en el bosque para que después intentara comerme. Regresé a Betanzos y tampoco la volví a ver. A excepción de aquella noche de verano de hace treinta años, que yo ya estaba casado por aquel entonces, cuando vi a una bruja llevarse al bebé de la familia Vázquez. Supe que era ella porque olía a las mismas hierbas y fluidos vaginales que mi tercera novia. Ni siquiera me saludó. Soy sin duda una persona con suerte, por haber visto a tantas horribles brujas. Pocos gallegos pueden decir que han visto a una, y aún menos pueden decir que han visto a dos. Pues yo, señores, he visto a cuatro. La primera fue la que raptó a mi primera novia, la segunda fue mi tercera novia, la tercera es... ¡Mi esposa, ja ja ja ja! Pero de ella no os voy a hablar. Debéis conocer mi última experiencia con una bruja... La más extraordinaria historia de magia y misterio que vais a oír en los próximos tres meses. Veréis, hace dos semanas estaba yo cuidando de mi huerto al atardecer, y terminaron dándome las doce. Como las brujas salen a las doce, cogí la escopeta y la cargué. Veinte minutos estuve sentado sin trabajar las hortalizas, sin atreverme a recorrer el camino a casa tampoco, mirando al bosque. Entonces una horrible sombra retorcida y como animal me sobresaltó hasta el punto de que le di un tiro sin pensarlo dos veces. Cuando me acerqué al inerte bulto negro que acababa de caer al suelo y retiré su manto, me encontré con que acababa de disparar a la hija del padre Díaz, vestida con todo lo que visten las brujas. Harto sorprendido, tuve que ocultar el cadáver en mi huerto, para que nadie lo encontrara nunca. No se lo he dicho ni a mi mujer, que conste. En fin, ¿qué os parece?

Cuando detuvieron al abuelo, mi familia decidió mudarse a Madrid.




#198 y #199

Por: Alien y Shaoran
Nº: 198
Nombre: La lista de Shaoran (II)

Por: Shaoran
Nº: 199
Nombre: The Sims 3

#197 - Popular

Por: Usuarios de Dailymotion
Nº: 197
Nombre: Popular

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#196 - La lista de Shaoran

Por: Alien y Shaoran
Nº: 196
Nombre: La lista de Shaoran

#195 - El Fénix de los Ingenios

Por: Alien y Kreft
Nº: 195
Nombre: El Fénix de los ingenios

#194 - Sartre

Por: Alien y Shaoran
Nº: 194
Nombre: Sartre

#193 - Otra de fútbol

Por: Abdel
Nº: 193
Nombre: Otra de fútbol

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EXTRA: Aquí os dejo un pack de sonidos de PP para el MSN. Exclusivo de Xunto&Alien&Shaoran's Blog

#192 - Homofobia

Por: Prensa deportiva
Nº: 192
Nombre: Homofobia

#191 - Nadie

Por: Kreft y Shaoran
Nº: 191
Nombre: Nadie

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#190 - Ito Fail (II)

Por: Alien y Ito
Nº: 190
Nombre: Ito Fail (II)

#189 - Xunto FAIL (VIII)

Por: Xunto y Shaoran
Nº: 189
Nombre: Xunto FAIL (VIII)

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El duelo definitivo

Joey

Mi sueño siempre ha sido forjar una saga de fantasía épica en formato de novela gráfica, y casi nunca he dejado de hacer intentos fallidos de historias llenas de tópicos, peleas de espadas y monstruos de diseños aburridos. Mi primer intento, casi hace cinco años, fue horrible. Luego, me entraron unas ganas terribles de hacer algo (ya sé que parece ridículo) semejante a aquellos comics antiguos de Zelda que editábamos, pero nunca llegué a hacerlo. Lo más parecido que he hecho, y ni siquiera roza el ámbito de la fantasía épica, es el comic (en el cual sigo trabajando ahora) cuyo primer capítulo publiqué la semana pasada, Pájaro.

A la vez que Pájaro, escaneé estos bocetos para un webcomic de fantasía épica con las mismas premisas que me atraían hace unos años, y mucha influencia de los comics de Zelda, y su serie de televisión. Sólo son cinco páginas un poco inconexas y no tengo intención de continuarlo, porque es bastante mierdoso. Sin más dilación, Joey.

JOEY
-Página 1
-Página 2
-Página 3
-Página 4
-Página 5 (Esta es muy cursi)


Tampoco es demasiado horrible comparado con algunas mierdas que hay publicadas por ahí en internet y que tienen lectores, pero es mierda igualmente.

#188 - Cuestión de perspectiva

Por: Maggi
Nº: 188
Nombre: Cuestión de perspectiva

#187 - Cinseridad

Por: Amigos de Anas
Nº: 187
Nombre: Cinseridad

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#186 - Alien Fail (IV)

Por: Alien y Shaoran
Nº: 186
Nombre: Alien Fail (IV)

PÁJARO capítulo I

James Dubron, antes de dedicarse al sobrio mundo de la ilustración, trabajó para Marvel en algunos números especiales de Conan el Bárbaro y X-Men. Sin embargo, uno de sus últimos trabajos como dibujante de comics, Pájaro, considerado por algunos su obra cumbre, lo hizo para la ya desaparecida Castidel Comics, provocando su quiebra y posterior cierre. El guionista, el mexicano Francisco Frenillo (más conocido como Francis), escribió el texto de Pájaro dos días antes de su propia muerte por sobredosis de aspirina. Podemos considerar Pájaro un hermoso epitafio para aquel gran escritor y director de cine que fue Francis, o una vuelta de tuerca sobre el peculiar estilo de Dubron que marcaría su carrera como artista, o como un glorioso final para la Golden Age de Castidel Comics. Otros prefieren referirse a Pájaro como "un tebeo de mal gusto, descuidado, incomprensible, sórdido y antiestético, inconexo en la narración y torpe en el desarrollo de la trama". Juzgad vosotros mismos.

PRÓLOGO
-Página 1

CAPÍTULO I
-Página 1
-Página 2
-Página 3

RECO


Por: Alien

#185 - Bajando el "novel".

Por: Erickn, JoseToronja y Shaoran
Nº: 185

#184 - Anyways

Por: Alien y Shaoran
Nº: 184
Nombre: Anyways

#183 - Mensaje subliminal

Por: Youtube
Nº: 183
Nombre: Mensaje subliminal

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Consultorio de PP - (I)


Empezamos la sección del consultorio de PP con las pocas preguntas que hemos recibido. Cabrones.
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Twitter:
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@Occultae:
PP, ¿Cómo ha afectado la religión en tu vida y como esta guía tus principios? ¿Por lo que yo entiendo eres cristiano cierto?
@PadrePederasta:
 Efectivamente, soy cristiano, y sigo al pie de la letra las grandes enseñanzas de Cristo. "Dejad que los niños se acerquen a mí"
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@XuntoLR:
el nombre Azrael te sugiere algo?
@PadrePederasta:
Sí, me hizo una entrevista y luego jugamos en mi salón de actos.
--------------------------------------------------------------
@XuntoLR:
es cierto que fuiste monitor en un campamento de verano en el que desaparecieron tres niños?
@PadrePederasta:
Yo no tuve nada que ver, solo les llevé a ver mi colección de sabanas. Lo que hicieran después no es mi 
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Mail:
--------------------------------------------------------------
Escrito Por: Bastián Cerda Vasquez
Hola, soy tu admirador
de cuanto es la extensidad relativa de tu pene?
eres gilipollds?
le sacarias una foto?

------------------------------------------------------
Respuesta:
Creo que hay una confusión con el termino de extensidad relativa. La extensidad relativa es lo que me salga de mis jodidas gónadas.
Es grande, muy grande.

Soy gilipollds y soy todo amor.
¿Qué edad tienes?
Si eres menor, puede ver mi pene:



--------------------------------------------------------
¡Seguid mandando preguntas!

#182 - ¿Cómo era?

Por: Kreft y Shaoran
Nº: 182
Nombre: ¿Cómo era?

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Triple3 & DJ Anass-Talking Shit (Remix 2010)

Ya sabéis que no ponemos cosas que no estén hechas por nosotros, pero como es de la familia, haremos una excepción.
Os presento la nueva creación de Dj Anasss (o Anusss), un videoclip muy moderno y con musicote del guapo:


Preguntas:
1- ¿Qué es la extraña maquina que sostiene Triple3?
2- ¿Dice "Voldemort" en 0:07?
3- ¿2:08?

#181 - ¿Eh?

Por: Kreft y Shaoran
Nº: 181
Nombre: ¿Eh?

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(¿Eh?)

PD: ¿Merezco la hoguera?

#180 - Redes Sociales

Por: N
Nº: 180

Roy IV: El ascenso del menos esperado. LIBRO III


Última etapa de la obra cumbre de Sir Christian Platanito. Viajes increíbles por Italia y más allá, personajes nuevos y fascinantes y el ascenso definitivo de Roy al Vaticano.

ARTWORK DE ITO

LIBROS I y II

LIBRO III: Capítulos 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19 y 20


Capítulo XII: Los Apeninos



Cinco días de viaje a pie más tarde, incluso Sirope tenía un aspecto terrible. Estábamos sudados y cansados, y los temas de conversación habían degenerado hasta límites insospechables:
-...Y rodé por el suelo para quitármelo de encima, pero el cadí seguía golpeándome en los ojos con el violín, mientras balbuceaba pasajes del Corán -Decía Antonio, entre carcajadas-. Al final tuve que saltar por el balcón, con tan buena suerte que sólo yo quedé intacto tras la caída de tres pisos. La Gracia del Señor o alguna de esas mierdas, ya sabes, ¡ja, ja, ja!
-¿Y qué le pasó al cadí?
-Se rompió ambas piernas y lo arrastré hasta el barrio gay de la ciudad -Recordó, sonriente-. Luego eché mano de algunos contactos y ellos se encargaron de él.

Acabábamos de entrar en la cadena montañosa que recorre Italia de norte a sur: Los Apeninos. La pendiente del terreno empezaba a ser cada vez mayor, pero seguía acosándonos un calor insoportable. Yo ya estaba moreno como un trabajador de la construcción, pero sólo por los brazos, y tenía roja la nariz, y las gafas me estaban dejando su silueta grabada en la cara.

Decidimos pararnos a la sombra de un árbol, y Sirope se apoyó en el tronco, a mi lado. Antonio miraba los mapas que él mismo había trazado durante sus propias peregrinaciones y que nos llevarían a Florencia. Roxana se acomodó entre mis piernas, apoyando su cabeza cerca de la mía. No me atreví a moverme ni una pulgada de mi estática posición, por si la fricción me causaba una erección. Tampoco es que a ella le hubiera importado, pero quería dar una buena imagen a mi amiga.
-Oh, míralos, qué bonita fotografía -Dijo Antonio-. Parecéis Adán y Eva.
-Pero nosotros no estamos desnudos -Repliqué-. Ni nos vamos a comer...

Roxana se incorporó de un salto y se despojó de su precioso vestido en tan solo unas décimas de segundo.
-...La manzana del pecado original -Terminé-.
-¡Ja! Me encanta esta chica -Dijo Antonio-.

Me intenté levantar para ayudar a Roxana a vestirse, pero me di cuenta de que ya me había empalmado, así que permanecí sentado, contemplando a la hermosa chica a la que no podía hacer mía por mis votos de peregrino.
-Roy, ya sé que técnicamente la chica es mía -Dijo Antonio, juraría que a mala idea-. Y que es más bien pequeña, pero creo que va siendo hora de que se depile otra vez, y dudo que sepa. ¿Te encargas tú de ayudarla?
-¿Qué? -Pregunté, sin dar crédito- ¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me afeito! ¡No tengo ni idea de cómo se depila una vagine!
-Joder, deja de fingir que no sabes decir “vagina”.
-Lo siento, Antonio -Pensé durante un momento su petición-. Aunque... Tal vez sea una buena oportunidad para probarme a mí mismo como cristiano y como barbero.
-Claro que sí -Me dijo, animándome a hacerlo-. Pero ten cuidado; hazlo suave para no cortar más de la cuenta, ¿eh?

Cogí las cuchillas de afeitar de Antonio y le pedí a Roxana que se pusiera cómoda, y yo me puse muy nervioso. Le abrí las piernas con cierta brusquedad, y acerqué la cuchilla lentamente a su vagina. Tenía miedo de hacerle daño.
-¡Vamos, sin miedo! -Me decía Antonio- ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Comprendí que tenía razón y comencé. Apoyé la mano izquierda en su cadera, para tener la referencia, elevé por encima de mi cabeza el instrumento cortante, fijé mi mirada en el incipiente vello y recordé las palabras de mis antiguos triunfos:
-¡VICTORIA...!
-Roy, no... -Comenzó Antonio-
-¡...EN CRISTO! ¡YAAAA!

Ejecuté un poderoso corte descendente sobre el pubis de Roxana. Un chorro de sangre me manchó los cristales de las gafas, y salpicó mi camiseta naranja y mojó a Antonio. Comprendí que había errado el golpe, pero sólo unos segundos después supe hasta qué punto. Roxana había rodado por el suelo, lejos de mi alcance, a tiempo de esquivar mi impacto de depilación. En su lugar, había recibido el golpe mi mano izquierda, la que tenía apoyada en la chica.
-¡Aah! ¡Antonio! -Chillé, como una nena, al ver el horrible corte sobre el dorso de mi mano- ¡Ayúdame!

Como una fuente, saltaban de mi mano chorros de granizo coagulado y de sangre, inundando el césped. Me mareé al ver aquello y caí al suelo inconsciente. Lo último que vi y escuché fue a Antonio, doblado sobre sí mismo, incapaz de hacer otra cosa más que reír.

Cuando desperté, mi mano estaba vendada y había remitido el goteo chorreante de sangre, y Roxana ya estaba totalmente depilada y se estaba vistiendo.
-Eres un absoluto tuercebotas maricón -Me dijo mi amigo, casi incapaz de contener la risa-.
-¡Antonio! -Le grité, herido por sus comentarios- Deja de insultarme, ¿quieres? Lo siento si soy un idiota, un maricón y un inútil que no sabe ni depilar vagines de chicas.
-¿Qué te tengo dicho?
-”Vaginas” de chicas -Rectifiqué-. No cambies de tema.

Antonio se sentó a mi lado, sonriendo aún, y me habló en un tono condescendiente:
-Cristo nunca supo depilar vaginas de chicas, Roy.
-¡Deja de hablar así! -Exclamé- ¡Tú no eres don Francisco!
-Comencé a dudarlo cuando acepté llevarnos a Roxana -Dijo Antonio, en tono sombrío-.
-Eso no lo he entendido.
-Da igual -Me respondió-.
-Además, fue idea tuya lo de depilar a Roxana.
-Supuse que así dejarías de ser un maricón y podrías ser un poco más...
-¿Un poco más qué?
-Un poco más como yo, supongo -Dijo, mirándome a los ojos-.

Sentí las ganas de llorar. Me contuve, como siempre hacía en el colegio, cuando los otros chicos me pegaban. Aquellas experiencias me habían endurecido y me habían hecho un tipo fuerte.
-Antonio... -Dije- Yo te admiro. Quiero ser como tú, y lo intento por todos los medios, pero insultándome sólo me haces sentir mal... Como basura.
-Tienes razón -Admitió-. No es justo por mi parte tratarte así. No te lo mereces. Eres un niño tonto que no sabe nada sobre el mundo, y yo lo único que hago es hundirte, cuando soy tu mejor amigo.
-A eso me refiero -Le dije, llorando ya-.
-Roy... Debo decirte algo.
-No lo digas, que me pondré a llorar -Dije, enjugándome las lágrimas-.
-Eres mi mejor amigo. Nunca he podido confiar en nadie, porque la mitad de mis otros amigos son asquerosos pederastas, o ambicionan mi poder, o sangran por su entrepierna una vez al mes.
-Tú también... Snif, snif... eres mi mejor... snif, amigo.

Entonces nos abrazamos, el tiempo necesario para que no notara mi creciente erección, y estuvimos descansando un rato más antes de volver a ponernos en camino. Roxana estaba un poco tímida conmigo, probablemente porque me vio sangrar mucho, pero me las arreglé para abrazarla y decirle que, a pesar de todo, era muy guapa y la quería mucho. No sé si me entendió, porque se desasió de mí y corrió hacia Antonio.

El resto del día estuvimos caminando, recorriendo la ladera del Cimone, y sudando más incluso que antes. Empezaba a hacer más frío, debido a la altitud, y aún más cuando anocheció. Por suerte, Antonio usó sus técnicas secretas de mochilero cristiano para fabricar dos hermosas y rudimentarias tiendas de campaña. Luego se tumbó en el suelo, a descansar, y dijo:
-Bueno, bueno, bueno. ¡Qué hermosas tres tiendas de campaña para esta noche!
-Pero si sólo has hecho dos -Le dije-.
-Espera un momento, ¿quieres?

Entonces cerró los ojos y levantó la tela de su pantalón mediante una erección.
-Te lo dije, ¡ja, ja, ja!

Me reí con aquella estúpida broma antes de desvestirme y de meterme en mi tienda de campaña, para resguardarme del frío de la noche y para dormir. Roxana dormiría en la otra tienda, porque era chica, y Antonio y yo en la misma. Me acosté antes que él, junto a Sirope, y el sueño no tardó en apoderarse de mí. Sin embargo, aquella noche no dormí plácidamente y del tirón, sino que en mitad de la noche me despertaron unos ruidos extraños fuera de la tienda. Me incorporé y vi que Antonio no estaba a mi lado, y me asusté. Me imaginé que los carabinieri le habían cogido y que le estarían dando una paliza por andar por una propiedad del estado, o que un oso se lo había llevado para comérselo. Rebusqué en su maleta en un acto instintivo, y cogí una de sus cuchillas de afeitar, y me deslicé, como un héroe, fuera de la tienda. Estaba realmente asustado, pero el arma me daba seguridad. Estuve un rato dando vueltas en torno al campamento, buscando a Antonio, pero no me atreví a llamarle en voz alta, por si los carabinieri me encontraban también a mí.

Justo entonces me acordé de Roxana, la frágil chica que nos acompañaba, y recé por que no le hubiera ocurrido nada a ella también, y entonces me sentí, por primera vez en mucho tiempo, solo. Me fui hacia la tienda en la que dormía Roxana, y volví a escuchar los extraños ruidos, y pensé que el oso se había metido también ahí dentro, para devorar a la indefensa joven prostituta. Dios me dio fuerzas, me tragué mis propias lágrimas, y me dispuse a entrar en la tienda para matar al carabinieri que estaba haciendo daño a mi amiga.

De pronto salió de dentro una figura alta y esbelta y desnuda como una ecuación resuelta, y erecta. Se sorprendió al verme.
-¿Antonio? -Dije- ¿Qué hacías ahí dentro? Me has asustado.
-¡Coño! ¡Roy! ¡Bájate los pantalones y haz la hélice!
-Antonio, no empieces -Le dije, serio, sospechando lo peor-. Dime qué hacías ahí dentro.
-Leer la Biblia -Contestó-. Sí, eso es. La parte en la que Jesús deja de hacer preguntas y vuelve a su tienda de campaña para dormir.

Abrí la boca para insistir, cuando otra criatura desnuda y despeinada se arrastró fuera de la tienda de campaña. Era Roxana.
-¡Le has perforado la vagine con tu peno! -Exclamé, indignado-
-Roy, me obligarás a golpearte.
-¿Cómo has podido? -Dije, llorando-
-¿Leer la Biblia? Tú lo haces a diario y yo no te digo nada.
-¡No sigas fingiendo! Roxana era mía y me la has quitado.
-No seas tonto -Dijo Antonio-. Roxana, ¿cuál es la parte que más te gusta?
-¡No me engañes, sé que no estabais leyend...!
-“Amaos los unos a los otros -Dijo Roxana, con un fuerte acento indeterminado-, como yo os he amado”

Me quedé boquiabierto durante unos minutos, y le pedí perdón a Antonio por haber desconfiado de él. Él permaneció sonriente y me dijo que luego se pasaría otra vez por mi tienda para dormir. Me fui a la cama, orgulloso por la determinación de Roxana de aprender las Sagradas Escrituras, y me dormí arrullado por lejanos gemidos que, sin duda, no provenían de la otra tienda de campaña y que, sin duda, no se debían al sexo.


Capítulo XIII: Entrada en Florencia


Varios días de lectura de biblia después, llegamos a Florencia. Allí estaba, la cuna del renacimiento, la elegancia hecha ciudad, el hogar de los Médici, un patrimonio de la humanidad. Antonio también supo apreciar la suntuosidad de la bella Florencia.
-¿Dónde están las putas? nunca he estado en Florencia –dijo, y acto seguido se giró hacia Roxana-. ¿Tú has estado aquí antes?
-Vamos a leer la biblia – dijo la adorable devota.
-No, estoy cansado; y creo que me has pegado ladillas.
-Yo te puedo leer, Roxana – dije prestando mi ayuda.

Me quedé callado esperando una respuesta, pero Roxana miró a Antonio y este asintió.
-No, eres maricón –dijo ella, con esfuerzo, como si se lo hubiera aprendido de memoria y Antonio rió. Comprendí lo que ocurría-.
-¡Antonio, no le enseñes esas cosas a Roxana! -dije, furioso.
-¡Oh, vamos! Es muy divertido –contestó riendo entre dientes – busquemos alojamiento.

Entramos al casco antiguo de Florencia y vimos el maravilloso Duomo de Santa María de Fiore. Inmediatamente sentí la urgente necesidad de dibujar las perspectivas isométrica y caballera de aquella construcción.
-¡Eh, mira, parece un pene! -dijo Antonio señalando a la cúpula– pero los he visto más grandes, ¡ja, ja, ja!
-Antonio, deja de hacer chistes de penes. Este Duomo es de los más importantes de Italia, su cúpula es obra del gran Brunelleschi, y tendrías que verla por dentro. El decorado es...
-Roxana... -dijo Antonio, mirándola-
-Eres maricón –dijo Roxana-.
-¡Deja de meterte conmigo, tuercebotas! -le grité a Antonio y salí corriendo-.
-¡Roy, vamos, no te enfades! ¡Vamos a hacer la hélice!

Corrí tanto que llegué al centro de la ciudad. Cargado con Sirope al hombro y mi mochila a la espalda, entré a la Piazza della Repubblica. Estaba llena de gente y de cafeterías, y esto me animó un poco. Decidí entrar en Le Giubbe Rosse, un sitio bastante bonito, en el que los camareros llevaban unas chaquetas rojas muy bonitas. Me senté en la mesa de la esquina y pedí un café. Era la primera vez que lo tomaba y era muy fuerte. Más que el champín.

Me puse a mirar la gente que estaba sentada allí, pero solo había una pareja y un anciano ataviado con un excelente traje claro, un chaleco interior, una camisa negra y una corbata roja. Estaba leyendo un libro de matemáticas aplicadas al acto sexual: “Suma y mete”. Seguí tomando mi café, aunque me estaba mareando un poco. Saqué “Logaritmos: son mejores que un orgasmo” de mi mochila y me puse a ojear algunas páginas con ejercicios.

Entonces el extraño hombre se acercó y se sentó en mi mesa. Me miraba de una forma lasciva y hablaba con un fuerte acento.
-¿Te gustan las metemáticas? - me preguntó-
-¿El qué?
-Las matemáticas.
-¡Ah!, sí, me encantan.
-A mí también. Fui profesor en Francia, hace muchos años, pero me fui por un malentendido con un alumno.
-¿Qué pasó? - pregunté intrigado - ¿Le tendió una trampa?.
-La trampa la puse yo, pero logró escapar –dijo nervioso–. Pero no me gusta hablar de este tema. ¿Eres de por aquí?
-No, estoy de paso en mi viaje a Roma –contesté-.
-Yo nací aquí y ahora he vuelto. Pero eso da igual. ¿Estás solo?.
-He venido con mis amigos, Antonio y Roxana, pero me he enfadado con Antonio por reírse de mí –dije entre lágrimas–. se ríe de que no he metido mi “peno” en un “vagine”.
-¿Eres maricón? - preguntó el anciano.
-¡No, no soy maricón! -dije, mientras el camarero se giraba alarmado.
-Bueno, bueno, chico, sólo preguntaba –se disculpó el viejo-.
-¿Cómo se llama? -le dije.
-Me llamo Genaro Montilivi, de sesenta y tres años – dijo tendiéndome la mano-
-Yo soy Roy Rogers Cruz –y le correspondí el apretón de manos, como un buen marinero-.

Este bello y velludo hombre era uno de los más interesantes que he conocido en mi vida. Hablamos largo y tendido sobre matemáticas, enigmas del universo y también contamos chistes, aunque los míos no le hicieron gracia. Cuando ya eran las seis y el sol empezaba a esconderse, decidí ir a buscar a Antonio y a Roxana. Me había pasado un poco con mi enfado. Seguro que estaban llorando mi ausencia.
-Me voy, señor Genaro –dije levantándome de la mesa–. Ha sido un placer.
-¿Ya? ¿qué vas a hacer?.
-Voy a buscar a mis amigos, porque aún no tenemos alojamiento.
-¿Hacia dónde te diriges? -me preguntó.
-Voy a Santa Maria de Fiore.
-Te acompaño; me pilla de camino –dijo mientras se levantaba de la mesa y se acercaba a mi oído–. Así podemos hablar un poco más –añadió, metiendo su larga lengua en mi conducto auditivo. Aunque no le dí importancia; seguro que era una forma de saludar en Florencia.

Seguimos hablando durante todo el trayecto, aunque fue un poco incómodo porque me preguntó cosas un poco raras. Pero yo confiaba en él y suponía que eran cosas de un hombre sabio.
-¿Te gusta hacértelo por la noche? -me preguntó con los ojos saltones-
-Sí, me encanta leer la biblia por la noche -le contesté.
-Eres maricón.

Cuando llegamos a Il Duomo busqué a Antonio y Roxana para presentarles a Genaro y pedirles perdón. No hizo falta, pues alguien vino corriendo y me abrazó.
-¡Roxana! -dije abrazándola también, mientras Antonio venía con una sonrisa– Perdonadme, fue todo una tontería.
-Vale, maricó... Perdón –dijo Antonio-. ¿Quién es tu amigo?.
-Es Genaro. Lo he conocido en una cafetería.
-Encantado. ¿Eres mayor de edad? -dijo Genaro estrechando la mano de Antonio.
-Eh, sí. Y heterosexual, de hecho.
-Me ha dicho Roy que estáis buscando alojamiento –preguntó Genaro.
-Sí, estábamos esperando a que Roy volviera a ser un mari...volviera a la normalidad –contestó Antonio-.
-Os podéis quedar en mi casa entonces.
-¿Y dónde está tu casa, Genaro? -pregunté, intrigado.
-Es esa – dijo señalando a Santa María de Fiore.
-¡Vives ahí? -dijimos Antonio y yo a la vez, muy sorprendidos, aunque Antonio añadió- ¡en la iglesia pene?
-Sí, se la gané al Papa hace algunos años en una carrera ilegal de budistas, pero no quiero hablar de eso –respondió atusándose el bigote–. El caso es que es mía.
-¿Al Papa? Vale, aceptamos la oferta, pero queremos desayuno y cena, la posibilidad de que yo lea la Biblia a Roxana sin interrupciones – aquí guiñó el ojo, pero no le di importancia– y poder hacer la hélice en el campanario.
-Trato hecho – dijo Genaro estrechando nuestras manos – Soy un gran fan de la hélice.

Después de esta conversación, Genaro y Antonio estuvieron haciendo este gran truco delante de todo el mundo en la plaza. Cuando terminaron, Genaro nos llevó a su majestuosa casa. Era una maravilla arquitectónica.

La cúpula era tan sublime como contaban. Tenía una exquisita ilustración y era realmente inmensa. Incluso hoy sería difícil hacer algo tan genial. Subimos hasta nuestro aposento, un cuarto con tres camas, un escritorio y sin ventanas. Antonio hizo un chiste de judíos.
-¿Cuantos días os hospedareis? - preguntó Genaro.
-Hoy y mañana – respondió Antonio.
-Genial, os invito a cenar –dijo Genaro abrazándonos–. Comeremos en un sitio muy bonito.

Roxana se desnudó y Genaro, sorprendido por la situación, se bajó la bragueta.
-No os pensaba cobrar, pero si insistes...
-Lo siento, Genaro, no sabe lo que hace – dije mientras vestía a Roxana.
-¿Qué...? Vale –dijo, con tono de resignación-.

Cenamos en una terraza típica de Florencia. El Champín fue descorchado sin control. Yo cené una zuppa de cipolle de primero (Antonio me dijo que no tenía que pagar por una cipolle, que podía coger la suya) y de segundo un Pollo alla Fiorentina, con el cual también hubo chiste fálico.

Después de dos horas de risas y comida, volvimos al Duomo a descansar. Subimos a nuestros aposentos y nos acostamos en nuestras camas. Antonio nos contó una historia muy divertida de una tailandesa que hacía una cosa muy graciosa con pelotas de ping-pong, aunque no lo entendí muy bien, porque me dormí antes de oír el final.

Esa noche, los carabinieri también estuvieron merodeando.

Muy cerca.

Capítulo XIV: No tan Benvenuto


Me desperté sobresaltado, cuando sentí que alguien me abofeteaba en la cara, plof, plof, a una velocidad casi contraria a las leyes de la física. Me aparté rápidamente y caí a un lado de mi cama, mientras oía las risas de Antonio y de nuestro nuevo amigo Genaro, que, según pude ver, se estaban subiendo la bragueta.

Luego fuimos con Roxana a desayunar sobre el altar mayor de la catedral, antes de que comenzara el horario de visitas. Por desgracia, no nos dio tiempo y comenzaron a entrar y a recorrer los zebriles pasillos del Duomo y a hacernos fotos.
-Siempre quise hacer esto antes de morir -dijo Antonio-.
-Mi sueño es bajarme los pantalones delante de la Escuela de Atenas de Rafael -dijo Genaro-.
-Yo ya lo he hecho -se jactó Antonio-. Y varias veces.
-¿En serio?
-¡En ese fresco -intervine- aparecen algunos de los más ilustres matemáticos y científicos de la Edad Antigua!
-¿No te habría encantado ser uno de ellos, Roy? -Me preguntó Genaro-
-¡Y descubrir el teorema de Tales!
-Entonces no sería de Tales, capullo -Me cortó Antonio-. Eh, chicos. Una pregunta un tanto aleatoria: ¿Os apetece hoy ir a ver arte?
-¡Por supuesto!
-Claro, Antonio.
-Vamos a leer la Biblia.
-Bien -Continuó él-. porque yo me voy de putas.

Aunque me apetecía estar con Antonio, que se fuera me daría tiempo para hablar con el viejo florentino y para estar con Roxana, a quien había cogido mucho cariño. De hecho, al pensar que estaría con ella todo el día, me dieron ganas de abrazarla y lo hice de forma totalmente gratuita. Antonio me echó una mirada inescrutable e inespecífica que me preocupó, y se fue sin decir nada a por sus putas.
-¿Qué le pasa? -Dijo Genaro-
-Está celoso -respondí, sonriendo-.

Lo primero que hicimos fue subir a la torre, y mientras tanto hablamos de física. Genaro comenzó a plantearme hipotéticos problemas de tiros parabólicos, y al llegar arriba se dedicó a ilustrarlos arrojando cosas desde la torre. Me empecé a preocupar cuando oímos los gritos de dolor de un turista al que seguramente habíamos golpeado con una baldosa, pero al menos confirmé el resultado de uno de los problemas.

Al bajar, nos tomamos un helado mientras contemplábamos la Puerta del Paraíso, que se encontraba en el baptisterio románico junto a la catedral. Me sentí muy bien hablando con Genaro sobre historia, arte y ciencia, que era algo que no solía hacer con nadie más aparte de mi profesora Sor Angustias. Por desgracia, Sor Angustias sólo había estudiado Magisterio. Ese mismo día conocí la etimología de esa y de muchas otras palabras.
-Roy, esta tarde he quedado con unos amigos para terminar un trabajo muy importante. ¿Cuidas tú de nuestra querida pelirroja?
-¿Qué? -Dije, sin esperarme aquello- Pero... Genaro, no debería...
-¿Ocurre algo? -Dijo, extrañado por mi actitud-
-No quiero quedarme... -Admití, con vergüenza- A solas con Roxana. Por si acaso.
-¿Te haces pajas a menudo?
-¿Qué?
-Digo que, si es eso lo que te preocupa, que puedes venir conmigo.
-¿En serio? -Dije, muy contento- ¿No molestaremos a tus amigos?
-Sólo si no hacéis preguntas -Contestó, con gesto sombrío-.

Y después de comer, nos dirigimos hacia un bar de panini cerca de la Piazza della Signoria, donde estaban esperando, sentados, tres tipos trajeados, altos y misteriosos. Uno de ellos, el más joven, saludó con un cálido abrazo a Genaro, y susurró algo a su oído. El viejo le susurró otra cosa a él, que no fuimos capaces de oír. Después de echarnos otra mirada suspicaz, el hombre trajeado se sentó, y después nosotros tres. Los otros dos, uno calvo y con una cicatriz, y el otro con bigote y casi tan viejo como Genaro, comenzaron a platicar en italiano entre sí, y pronto se les unieron nuestro amigo y el otro. Yo, que no podía hablar con ellos, intenté hacerlo con Roxana.
-¿Has leído más de la Biblia, Roxana? -Le pregunté, cariñoso-
-”Ven acá -Recitó, y sus labios rojos se movían con sensualidad, como esbozando una sonrisa mientras hablaba-, y te “mostaré” la sentencia contra la gran ramera, la que está “sentado” sobre “muchos” aguas; con la cual han “fornicodo” los “reyis” de la Tierra, y los moradores de la Tierra se han “embiagado” con el vino de su fornicación.”

Mientras esperaba a que remitiera mi erección, estuve atento a la charla en italiano de los amigos de Genaro. Parecían estar contándole algo, que él escuchaba, incrédulo, preguntando de vez en cuando. Después de un rato, se calmó la conversación y empezaron a hablar sobre Roxana y sobre mí. Supe que era sobre nosotros porque no paraban de echarnos miraditas, reían y le daban palmadas en la espalda a Genaro. Probablemente le estaban felicitando por encontrar a un chaval tan inteligente y matemático como yo.

Cuando cayó la noche, me entró tanto sueño que me fui con Roxana de vuelta al Duomo. Como estábamos cerca, supuse que no me costaría resistir la tentación de tocarla. El pasaje de la puta fornicadora que recitó antes me había excitado mucho, así que tendría que hacer un esfuerzo. Así pues, nos despedimos de los cuatro italianos y regresamos a la catedral. Cuando llegamos, me pareció ver un gran pájaro sobre la cúpula, cerca de nuestras habitaciones, pero más tarde supe que era Antonio haciendo la hélice.
-¿Qué tal el día, Tony?

Antonio se giró y me miró raro.
-¿Qué tal el tuyo, gilipollas?
-¡Antonio! -Le grité, molesto por el insulto-
-Perdona -Se disculpó-. Pero no vuelvas a llamarme Tony.
-Vale, vale. ¿Te fuiste de putas?
-Más o menos -me contestó-. No te haces una idea de lo difícil que es encontrar una limpia en el centro.
-Yo de eso no sé nada. He estado todo el día con Roxana, y con Genaro y sus amigos.
-¿Amigos? -Preguntó, extrañado- ¿Igual de viejos que él?
-No, algunos eran más jóvenes. Tenían pinta de mafiosos.
-Qué comentario más genérico -juzgó Antonio-. En fin, he quedado con una joven florentina para tomar algo en la Piazza della Signoria.
-Ve al bar de panini junto a la plaza; está muy bien.
-No tengo hambre, gracias -dijo, guiñándome un ojo, y salió de Santa María del Fiore- ...Cuida de Roxana.
-Descuida.

Y eso mismo hice. Le di las buenas noches, aunque me golpeé en los dientes al intentar besar su frente. Me puse mi pijama naranja, me fui a mi habitación y abracé a Sirope para poder dormirme. Soñé que Roxana y yo estábamos en la cúpula de San Pedro, leyendo las Sagradas Escrituras, y que nos besábamos. Cuando hubiera cumplido mi penitencia, claro. Si no, ofendería a Cristo.

Por desgracia, aquella noche no había terminado ni terminaría con tan dulce sueño. Cuando estaba al borde de una polución nocturna, una voz me despertó. No era la de Antonio, como de costumbre, sino la de Genaro. Entonces me di cuenta de que ya no estaba en Santa María del Fiore.
-Por favor, hoy no quiero bromas... -Dije, susurrando, levantando levemente la cabeza- Tengo sueño.

Miré alrededor y vi que estaba tumbado en el asiento trasero de un elegante coche, y Genaro estaba sentado a mi lado. Los asientos del maletero estaban ocupados por uno de los amigos de Genaro, el joven del sombrero, y por varias maletas. Entre ellas, mi equipaje y los de Antonio y Roxana. Conducían el calvo y el viejo, y no estaba seguro en aquel momento de dónde estábamos, aunque vi luces de ciudad.
-¿Qué hacemos aquí? -Pregunté, un tanto asustado por la sorpresa-
-De momento, esperar a Antonio.
-¿Nos vais a llevar a Roma? Os agradezco el detalle, pero es necesario que vayamos a pie.
-Nosotros nos vamos a América -Me respondió él, con sus ojos saltones mirándome-. Tú te vas a la mierda. Igual que ese filio de putana, Antonio.
-¡Eh, no insultes a Antonio! -Dije, enfadado- Si es una broma, no tiene gracia...
-¿Sabes a quién estás hablando, regazzo? -Intervino el tipo del sombrero- ¿Sabes acaso quién es Antonio?
-Contigo no estoy hablando, geek -Contesté, airado, y Genaro me abofeteó-.
-Soy Genaro Tanatori, capo de la mafia florentina -Dijo él-. Llevamos mucho tiempo buscando a tu amigo, y ahora no damos crédito a nuestra suerte. Ahora mismo nos dirigimos a la Piazza della Signoria para matarlo.
-¿Queréis matar a Antonio? ¡Pero si es sólo un mochilero cristiano!
-No sabes nada, ¿verdad? -dijo Genaro, hablando lentamente- Eres un pobre inocente. Me caías bien, y eres realmente hermoso. Es una pena que tengamos que matarte a ti también. Pero, primero...

Entonces Genaro lanzó su arrugada mano contra mis pantalones, y me los quitó con un rápido movimiento. Yo, como me acababa de despertar, seguía erecto, y sentí mucho miedo cuando él me acercó a su cuerpo agarrándome por el clavo.
-Primero me lo pasaré bien con tu hermosura, Roy -dijo, con tono suave-.

Entonces me tiró contra el asiento, se situó sobre mí y comenzó a patearme las pelotas, una y otra vez. Paf, paf, plof, thud. Yo chillaba de dolor, y él pateaba y pateaba.
-¡Llevo queriendo descargar mis fluidos sobre ti desde que te conocí en aquella cafetería, Roy!
-Eso fue hace dos días, señor -Intervino el hombre del sombrero-.
-¡A mí se me ha hecho eterno! -Rió, mientras pateaba-

Se acercó a mis genitales, e intenté apartarle, pero logró morderlos. Me sentí sucio y deseé que terminara. Grité el nombre de Cristo muchas veces, hasta que mis oraciones fueron escuchadas:
-Genaro -Dijo el calvo, que conducía-. Antonio está ahí, con una putana.
-Esta piazza es un buen sitio para morir, ¿no te parece, Roy?
-¡Déjame! -Le grité, y me volvió a golpear-

Entonces bajaron el tipo del sombrero, el mafioso viejo y el conductor calvo y se aproximaron a la Loggia dei Lanzi, ante la atenta mirada de la reproducción del David de Miguel Ángel y de un poderoso Hércules. Antonio se daba el lote con una chica justo debajo de la estatua de Benvenuto Cellini, el Perseo. Blandía una cimitarra en una mano y en la otra sujetaba la cabeza de la Medusa, recién cortada. Genaro bajó la ventanilla y contempló la escena, sonriendo como un pervertido. Yo me puse los pantalones.

Los tres matones llegaron a donde Antonio estaba, y entonces él reparó en su presencia. La chica de Antonio se fue corriendo y ellos estuvieron hablando un buen rato. El tono de la conversación era cada vez más violento, aparentemente, y yo tenía mucho miedo. Cuando vi que sacaban las pistolas, me cubrí los ojos.
-¿No quieres ver cómo muere tu amigo?
-¡Esto es culpa mía...! -Grité, llorando- ¡No debí haberte conocido nunca!
-¡Ja, ja, ja! No es culpa tuya, chaval. Mira... En seguida verás cómo lo...

Se hizo el silencio. Genaro no dijo nada durante unos segundos, y la curiosidad me hizo abrir los ojos e incorporarme. Y vi a Antonio golpeando en la cara con su pene al mafioso calvo hasta dejarlo inconsciente. A su lado, estaba el viejo tumbado en el suelo, sangrando, y el tipo del sombrero se alejaba a gatas para salvar su vida.
-Ese maldito filio de...

Entonces Antonio se quedó pensando unos instantes, y miró a la enorme estatua de Perseo. Luego miró al mafioso que se arrastraba y lo señaló mientras decía algo. Luego se acercó a él.
-¡No! -Gritó Genaro, como si le hubieran dado un tiro- ¡No, a mi hijo no! ¡No!

Yo sonreí, orgulloso de Antonio. Sabía que me salvaría, y que no le pasaría nada. Él siempre me salvaba. Y justo entonces vi cómo, con la fuerza de Cristo, Antonio levantaba por encima de su cabeza al tipo del sombrero, y con un grito que pude oír desde el coche, al otro lado de la plaza, lo arrojó contra la estatua de Perseo. Quedó empalado en la cimitarra, como un kebab. Antonio se subió la bragueta.

Capítulo XV: Castiglione della Pescaia


-¡Hijo de puttana! - gritó Genaro saliendo del coche y corriendo a matar a Antonio - ¡Mi único y heterosexual hijo!

El Mafioso se abalanzó sobre Antonio y empezaron una encarnizada lucha a puño. Genaro era bastante corpulento y se movía de forma tosca, por lo que Antonio esquivaba con facilidad sus golpes y podía devolvérselos muy fácilmente. Yo ya había bajado del coche y contemplaba la escena, muy nervioso por Antonio, aunque él no estaba teniendo muchos problemas para vencer.

Sin embargo, Genaro tenía un arma secreta. Nunca mejor dicho. De repente bajó sus pantalones, así como sus calzones y dejó al descubierto sus peludos genitales, además de una pistola.
-¿Ahora qué, Rey de los Pederastas? - dijo Genaro, haciendo una referencia que no entendí- ¿Te va a salvar tu Dios de una bala?.
-El todopoderoso me protege de todo, come-pizza.

Antonio empezó a hacer la hélice corriendo contra Genaro. Era el golpe final.
-¡Antonio, no! -grité, corriendo hacia él.

Pero era demasiado tarde, mi mejor amigo yacía en el suelo y un chorro de sangre salía de su hombro derecho, mientras se retorcía de dolor.
-¡Tuercebotas, hijo de meretriz! - le grité con los insultos más graves que conocía.
-Roy... Eres un tipo patético –dijo Antonio con esfuerzo, mientras se dibujaba una sonrisa en su angelical rostro-. Supongo que es parte... de tu encanto.
-¡Cállate, niñito, no me he olvidado! ¡te morderé las gónadas! -dijo Genaro, babeando– tú y tu amiga la naturista seréis los siguientes.
-Aparte de desnudarse... -habló Antonio- y de leer la Biblia... sabe hacer otras cosas, viejo.

Parecía el fin para los dos, pero nuestro ángel de ojos verde decidió que no era nuestro momento. Oí un ruido de motor y cuando me giré el coche estaba en marcha y Roxana estaba dentro e iba directa a donde estaban Genaro y Antonio.
-¡Roxana! - grité, persiguiendo el coche.

Roxana embistió al malvado mafioso, abrió la puerta y Antonio se subió a la parte trasera del coche.
-¡Maricón! - me gritó Roxana.
-¡Ya voy, pero me llamo Roy! -le respondí, corriendo hacia ella.

Cuando llegué a su lado, le dije que se pusiera en el asiento del copiloto, que yo conduciría y sería el héroe. Pisé el acelerador y salimos muy rápido hacia la salida de la Piazza mientras Genaro gritaba:
-¡Stronzos, filios de puttana, nadie escapa de Genaro Tanatori, nadie! - y mientras lo decía, disparaba a nuestro coche y algunas balas abollaban la carrocería.

Dando cuatro volantazos alcanzamos el Arno, no sin varios impactos con farolas y cubos de basura.
-¿Quién coño ha dejado conducir a Roy? -Balbuceó Antonio-
-¡No te preocupes, viejo amigo! Pronto estaremos lejos de aquí.

Excepto porque mis habilidades automovilísticas no me lo permitirían. En la primera curva de la autopista nos estrellamos. El coche quedó tumbado y nosotros salimos como pudimos, arrastrándonos.
-Te dije que...no... dejaras... conducir... a Roy – le susurró Antonio a Roxana.
-Lo siento Antonio, solo quería ser como tú – le contesté.
-Soy yo el que...se tiene que...disculpar –balbuceó–. Os he metido en todo esto.
-¿Pero por qué te persiguen?.
-Te lo diré... cuando terminemos tu penitencia.
Cuando salimos de Florencia era de noche. No podíamos quedarnos y arriesgarnos a que los hombres de Genaro nos capturaran de nuevo. Roxana y yo llevábamos a Antonio con dificultad durante nuestro trayecto. Cuando era imposible caminar más por la oscuridad, nos asentamos cerca del mediterráneo en una pequeña cala. Mientras yo trataba de encender una hoguera, Roxana usaba sus bragas para hacer un torniquete en la herida de Antonio. Por suerte, la bala había salido. No conseguí hacer fuego, por lo que Antonio me insultó mientras nuestra amiga lo encendía. Ninguno habló aquella noche, solo nos miramos, alegres de estar sanos y salvos, y juntos.

A la mañana siguiente continuamos nuestro camino y llegamos a Castiglione della pescaia, un antiguo pueblo pesquero de Italia, en el que apenas había doscientas personas. Lo primero que hicimos Roxana y yo fue buscar un hotel en el que dejar a Antonio descansando, y así ir tranquilos a aprovisionarnos. Luego pagamos una noche en un hotel bastante malo, en el que el cocinero se limpiaba el aceite en los testículos, pero era necesario pasar desapercibidos. Antonio quedó dormido como un bebé, aunque antes de que nos fuéramos me obligó a hacer la hélice. Roxana y yo recorrimos las calles de este pueblito buscando una tienda en la que comprar comida, zumo de piña y champín. Después de comprar y dejar las cosas en el hotel, le propuse que fuéramos a bañarnos a las maravillosas playas al lado del hotel y a ella pareció gustarle la idea. Encontramos un sitio en el que no había nadie y empezamos a desvestirnos, porque no teníamos bañadores. Al ver a Roxana desnuda, mi falo se irguió como la torre de Babel y esto le provocó risa, pero no por mi erección, si no por el tamaño. Lo pasamos muy bien jugando en el agua e incluso hicimos amistad con un viejo en gabardina que no llevaba nada debajo. Decía que era porque el “factor sorpresa” era mejor.

Después le llevamos un poco de comida a Antonio y fuimos nosotros a un restaurante rural muy bonito. Tenía una maravillosa lámpara camuflada dentro de unas ramas de árbol, que iluminaban toda la estancia. También unas mesas hechas de cerezo que complementaban con las sillas, que eran tocones. Además la ubicación del restaurante era extraordinaria, porque estaba metida dentro de una cueva.
-¿Qué desean para comer? -preguntó el camarero, haciendo que Roxana se desnudara-
-Yo tomaré una zuppa di pomodoro –le contesté mientras vestía a Roxana– y ella una Minestra di Pane.
-¿Por qué me lo dices en italiano, gilipollas? -dijo el camarero marchándose a la cocina.

Mientras bebíamos Champín y esperábamos por la comida, nos pusimos a charlar.
-¿Te gusta este pueblo? - le pregunté.
-Eres maricón – me dijo sonriendo.
-¿Es lo único que sabes decir?.
-Eres maricón – dijo asintiendo.
-Maldito Antonio.

Cuando nuestros estómagos estaban lo suficientemente llenos, decidimos ir a Vetulonia, una de las ciudades etruscas más importantes y que a mí me apetecía mucho ver, aunque a Roxana no tanto, porque Antonio la había pervertido con gustos nada culturales. Menos lo de leer la Biblia.

Estuvimos paseando un rato por las calles, señalando cosas y yo intentando hacer algún chiste de penes, para parecerme a Antonio. Llegamos a la necrópolis y vimos las más de mil tumbas que habían sido excavadas allí y yo, para ser gracioso, metí mi “peno” en una de las tumbas. A Roxana no pareció gustarle mucho mi cópula con el muerto, así que dejé de hacer bromas. Volvimos al anochecer al hotel y nos encontramos a Antonio fornicando con una joven rubia de ojos azules. Ya estaba mejor de su herida, así que decidimos partir a la mañana siguiente. Esa noche hablé con Sirope, aunque los demás se rieron de mí, pero hacía mucho que no le contaba mis aventuras. A la mañana siguiente partimos hacia Roma, el último de nuestros destinos. Antonio parecía estar muy bien. Nos dijo que seguramente aquella rubia era Jesucristo, que había venido a sanarlo con su afición favorita. Estaba muy dicharachero y contento.
-Cuéntame por qué te persiguen, Antonio – le dije.
-Te he dicho que no – me respondió-. ¿Sabes el chiste que no saben los maricones?
-No –contesté, intrigado.
-Exacto.

Ya estábamos en la región del Lacio y nuestro destino cada vez más cerca. Bordeamos toda la costa mediterránea, esperando ver Roma a lo lejos. Y allí, al mediodía, se erguía Roma, la ciudad eterna.

Se me erizaron los pezones.

Capítulo XVI: La otra ladera de Antonio


-¿Conoces la leyenda de la Bocca della Verità? -Dijo Antonio.
-Oh, por favor, Antonio -Me adelanté, contemplando la enorme cabeza barbuda y boquiabierta-. ¿Vas a hacer la broma de Gregory Peck?
-Claro que no, bobo -dijo él, sonriendo-. Voy a me...
-¿A meter el pene? -Volví a adelantarme- En serio, Antonio, actualiza tu repertorio.

Entonces, el sonriente cristiano agarró mi nuca y empujó mi cabeza contra la boca de la estatua. A pesar de que no habría cabido, y de que Antonio tuvo cuidado para no golpearme de verdad, yo me asusté y me puse a chillar y me agarré a la gabardina de pescador de Antonio. Hubo muchas risas por parte de mis dos compañeros.
-A veces humillarte es más divertido que los chistes sobre penes -se jactó.

Estábamos deseosos de terminar la misión, pero queríamos visitar los lugares más importantes de Roma antes de ir a la Ciudad del Vaticano, pues ahora que habíamos dado esquinazo a Genaro no corría prisa. Estaba ya terminando la tarde, y habíamos visto muchos otros sitios. Antonio se había subido a la Columna Trajana y había meado sobre los turistas desde arriba. También meó desde la estatua ecuestre de Victor Manuel, y en cuatro o cinco iglesias distintas y en la barra de tres restaurantes distintos en el barrio judío. Estas tres últimas bromas fueron especialmente embarazosas. La absoluta falta de respeto por la cultura por parte de Antonio era irritante a la vez que fascinante.

En varias ocasiones aparecieron unos tipos morenos con fuerte acento para intentar vendernos linternas láser o globos llenos de harina con ojos. Al principio te cobraban tres euros, pero podías regatearles y dejarlo a cincuenta céntimos. Yo, como me daban pena, no sólo no regateaba si no que les ofrecía más dinero del precio inicial. Llegué a pagar diez euros por un lanzador de discos voladores de plástico.

Después de ver la Bocca della Verità nos dirigimos al Trastevere, donde gasté grandes sumas de dinero en cosas que no necesitaba y en muchos ricos helados. También estuve hablando sobre matemáticas y teología con el párroco de la Basílica de Santa Cecilia, y, por supuesto, como venía al caso, le conté mis experiencias amorosas con mi antigua novia Cecilia. Antonio estuvo, mientras tanto, haciéndose fotos junto a una imagen de Cristo para subirlas a una red social.
-Esto hará subir mis visitas como la espuma. ¿Quieres salir tú también, Roxana?
-¡Ramera! -respondió, mientras se colocaba a un lado de la cruz para posar.

Cenamos en una pizzería cara en mitad del Trastevere. Hubo varios desnudos integrales por parte de Roxana, mientras yo trataba de entablar conversación con Antonio. Me gustaba mucho compartir bromas (o recibirlas) con él, pero también resultaba ser alguien sabio e interesante con quien mantener una charla seria.
-¿Alguna vez te has planteado perder la virginidad, Roy? -Dijo Antonio.
-¿Por qué me preguntas eso? -respondí, ofendido, y un tanto avergonzado por mi inexperiencia- Sabes que es pecado hacerlo fuera del matrimonio. Deberías saberlo.
-Y yo mejor que nadie, sin duda -afirmó, sonriendo-. Pero, dime algo: ¿Alguna vez has leído que Jesús no follara?
-¿Qué?
-Jesús follaba -dijo, y todo el restaurante se giró al oírlo-. Y mucho, te lo digo yo.
-¿Eso dónde lo pone? -indagué, perplejo-
-Te lo digo yo.
-Oh...
-El otro día estuve enseñándole a Roxana una parte muy reveladora del Apocalipsis en la que...
-Sí, lo sé -me adelanté-. Me la recitó entera.
-Esa es mi chica -dijo, acariciando la rojiza cabellera de mi chica-.
-¿La tuya?
-¿Qué? Oh, quise decir... La tuya.
-Ah, perdona, te entendí mal -me disculpé.
-Eso seguro -dijo Antonio, echándome una mirada distraída-. ¿Sabes qué? No me apetece hablar del tito JC, estando tan cerca del Vaticano tanto temporal como espacialmente.. Vamos a tener mucho tiempo para hablar de él, créeme. ¿Has pensado en qué vas a hacer cuando termines tu penitencia?
-A decir verdad... No -admití, cabizbajo-. Supongo que... Estudiar matemáticas... -no lo dije con mucha convicción- Lo que está claro es que no puedo volver a casa. Mi padre me odia.
-Tu padre no te odia -dijo él, reconfortándome-. Simplemente no te traga. Yo le comprendo muy bien, a mí me pasa lo mismo.
-Gracias, Antonio -dije, haciendo como que no había oído lo último- ¿Puedo decirte algo?
-Lo que quieras, para eso somos amigos.
-Desde que me prometiste que dejarías de insultarme, te has portado mucho mejor conmigo.
-¿...Te prometí eso?
-Así que -continué- quiero darte las gracias.
-No hace falta, Roy -dijo, sonriente.
-Eres el mejor amigo que he tenido -confesé, al borde de las lágrimas.
-Eso seguro.

Después de vestir a Roxana, nos fuimos sin pagar y tuvimos que escapar del cocinero por largo trecho a lo largo del paseo del Tíber. ¡Cómo corría, el muy italiano! No habíamos recorrido media calle tras salir del restaurante antes de que Antonio me tuviera que cargar en brazos. Qué le voy a hacer, soy asmático.

Cuando dimos el esquinazo al cocinero atleta, estuvimos haciendo rebotar piedrecitas en el Tíber. Para emularle, me puse a mear desde un puente, pero un carabinieri me vio. Tuvimos que salir corriendo otra vez, pero esta vez Antonio no cargó conmigo y el agente me multó por todas las meadas que mi compañero había realizado a lo largo del día. Hubo gran regocijo y muchas risas por parte de todos menos por la mía.
-Tíos, no tiene gracia -me quejaba, en vano.

El final del día fue coronado con un hermoso plan: Tomar un helado sentados frente a la Fontana di Trevi, admirando la estatua de Neptuno, que domaba a los majestuosos hipocampos como a prostitutas. En mi embriaguez cultural, mientras calculaba las proporciones del edificio, tardé en percibir unos extraños ruidos junto a mí. Me giré y vi que Antonio, aparentemente, mordía el cuello de Roxana, y ella se abrazaba a él con fuerza.
-¿Estáis jugando a los vampiros? -Pregunté, eufórico, pues tenía muchas ganas de hacerlo-
-¿Qué? -dijo Antonio, levantando la cabeza- No, Roy, no est...
-¡Yo también quiero!

Arrojé mi helado a medio terminar, atizando a un turista, y me lancé sobre Roxana para morderla. Recordé haber jugado a esto con Sirope muchas veces, y nos lo pasábamos muy bien. No fue así esta vez, porque, cuitado de mí, Antonio me golpeó en la boca con su puño cerrado, y caí estrepitosamente al suelo.
-¿A qué ha venido eso? -Grité, escupiendo sangre, y al borde de las lágrimas.
-Después de todo no eres maricón -dijo Antonio, frunciendo su hermoso y severo ceño-. Sólo gilipollas.

Me dolieron más sus palabras que el puñetazo. No pude contestarle, sino que me puse a llorar. La gente se acercaba a ver lo que había pasado, pero la presencia de Antonio los alejaba. Él estaba totalmente estático, y no se parecía en nada al sonriente mochilero cristiano que yo conocía. Se parecía más a mi padre. Su mirada era exactamente igual, pero esta vez yo me sentía incapaz de mirarle a los ojos por más tiempo que unos segundos. Entonces se dio la vuelta y se fue. Yo no era capaz de hablar, y aún menos cuando Roxana me abrazó. Ni siquiera pude empalmarme.
-¿Vas a quedarte ahí todo el día, Roxana? -Dijo Antonio, sombrío, de espaldas a nosotros.

Roxana me miró dulcemente y luego a Antonio, todavía abrazándome. Nunca olvidaré sus palabras.
-Amaos los unos a los otros -pronunció, con dificultad- como yo os he amado.

Antonio se detuvo. Giró la cabeza y nos miró de reojo. Recé en silencio por que recuperara la cordura y recapacitara sobre lo que acababa de hacerme. Estas fueron sus palabras:
-Niña, no intentes dar clases a tu maestro. Llevarte con nosotros fue a todas luces la peor de mis decisiones.

Volvió a girarse y se perdió en las calles de la noche romana.

Capítulo XVII: Nos amamos los unos a los otros


Entre la multitud que se amontonaba a nuestro alrededor, contemplando como la sangre brotaba de mis fosas nasales, nos hallábamos nosotros, afligidos por lo que acababa de ocurrir con Antonio. Debería ser yo el que consolara a Roxana, pero yo no podía parar de llorar más que ella. Me cogió y me sentó en la terraza de una cafetería cercana.

Allí, pedimos unos cafés y nos quedamos cabizbajos, mientras oíamos la música que tocaban unos peruanos en un restaurante cercano.
-Siempre es culpa mía –dije balbuceando–. no debería seguir vivo.
-Roy –dijo Roxana.
-Has dicho mi nombre... eres preciosa -le respondí, como yo creía que haría Antonio.
-Te... te... maricón –dijo, confundiendo las palabras.
-Lo tomaré como un “te quiero” -le dije, acariciando su mejilla–. Eres mi mejor amiga junto con Antonio, Roxana.

Esto pareció entristecerla, pero yo le hice una pregunta un tanto comprometida.
-¿Qué pasa con Antonio? ¿por qué se enfada conmigo por jugar a vampiros? -le pregunté.
-Creo que Antonio “quiera” leer la Biblia “conmige”, siempre –me respondió con dificultad.
-Pero eso es bueno.
-Eres...
-Maricón, ya lo sé.
-...Genial –dijo, mirándome a los ojos.
-Roxana, yo...

De pronto, oímos un disparo al aire y a la muchedumbre corriendo despavorida. Había un hombre dentro de la Fontana di Trevi, corpulento y ataviado con un sublime traje italiano. Era Genaro Tanatori. Se me erizaron los pelos del escroto.
-¡ROY! -gritó, con su profunda voz, en medio de la Fontana- ¡VAS A MORIR AHORA MISMO, TÚ Y TU AMIGA LA PUTTANA!
-¡Corre, Roxana! -grité, espantado, cogiendo de la mano a mi amiga- ¡Tenemos que coger un automóvil!
-¡Eh, no me habéis pagado! -dijo el camarero saliendo de la cafetería– ¡y se dice coche, stronzo!

Salimos corriendo hasta encontrar algún sitio donde transitaran coches. Genaro nos perseguía, pero como era muy grande, no era rápido, lo que nos daba una oportunidad para escapar. Ojalá Antonio estuviera para protegernos.

Llegamos a la Via del Corso y buscamos desesperadamente un taxi en el que poder escapar, mientras oíamos los disparos y las palabrotas italianas de Genaro a lo lejos. Ningún taxi paraba y los gritos del mafioso eran cada vez más altos.
-¿Cómo lo haría Antonio? -pensé en voz alta- ¡Ya sé! ¡”Comer”!

Entonces Roxana se desnudó y una horda de coches pararon para llevarnos. Nos subimos a un taxi perteneciente a un negro que no llevaba pantalones y que intentó tocar la “vagine” de Roxana, pero oyó los disparos y pisó el acelerador.
-Tranquila, Roxana –dije, jadeando–. Todo saldrá bien.

Íbamos bajando la Via del Corso, muy agotados por la persecución con Genaro, pero no había hecho nada más que empezar. Cuando estábamos a la altura de la Piazza Venezia, una bala atravesó la luna trasera y impactó en la cabeza del taxista, haciendo que nos estrelláramos contra uno de los muros que rodean el monumento de Víctor Manuel II.

Salimos del coche a toda prisa y nos dirigimos al interior del monumento, mientras oímos un coche que frenaba más atrás y del que se bajaba Genaro. Entramos y subimos muchas escaleras, hasta llegar al exterior de nuevo. Miramos abajo y vimos a Genaro subiendo los peldaños para entrar.
-Tenemos que retrasarle –dije- ¿qué haría Antonio?
-Yo “sabe” -respondió Roxana, con su peculiar acento.

Entonces levantó su vestido y empezó a orinar desde este maravilloso lugar, como había hecho nuestro compañero anteriormente. Todo la micción cayó sobre el canoso pelo del mafioso, y éste, después de secarse los ojos de orina con la manga del traje, empezó a disparar hacia la vagina de Roxana.
-¡Vámonos! -dije agarrándola del hombro, mientras el último chorro de orina caía al suelo– ¡Saltemos!

Saltamos desde el monumento hasta el tejado de los Musei Capitolini y desde éste, fuimos saltando a otros tejados hasta llegar al Foro Romano.
-¿Lo hemos despistado? - pregunté a Roxana, que estaba muy asustada– No te preocupes, no pasará nada.
-Maricón –dijo mientras señalaba mis pantalones, que estaban llenos de mi propia orina.
-¡Filios de puttana! -gritó la voz grave de Genaro- ¡Ya os veo, no escapareis otra vez de Genaro Tanatori!

Corría como un condenado por el frontón del edificio, y empezaba a dispararnos desde allí, así que corrimos por todo el Foro, pasando por debajo del Arco di Settimio Severo y contemplando en el horizonte el majestuoso Coliseo.

Oíamos los pasos del mafioso cada vez más cerca de nosotros y para nuestra sorpresa, ya no iba solo, porque dos hombres en traje negro y con sombrero se le habían unido.
-¡Dadme vuestras pistolas! -le dijo a los desconocidos y se puso a disparar de nuevo a diestro y siniestro, como una eyaculación después de meses sin practicar sexo.

Cuando llegamos a la Via Sacra, los hombres de Genaro ya nos pisaban los talones, pero por suerte sus pistolas estaban ya totalmente descargadas. A pesar de ello, seguían siendo más fuertes y rápidos que yo. Roxana también lo era.

Recordé la despedida que tuvimos con Patroclo de Sevilla y Romeo el cazador de ballenas, y me puse todo cuitado al recordar que mi broma no les había hecho gracia, pero sí daño.
-¡Roxana! -le dije jadeando por el esfuerzo- ¡A la de tres nos agachamos!

Conté tres y hicimos la zancadilla a los hombres de Genaro con nuestros propios cuerpos, cayendo estos al suelo de boca. Entonces también recordé lo que le había hecho a Cecilia y besé a estos hombre en el suelo, poniendo mi trasero sobre sus pectorales y quebrando totalmente lo poco que quedaba de mis paletos.
-¡Eres “repugnanto”! - dijo Roxana asqueada
-¡Eh, eso es de un juego! -le dije, contento de encontrar a alguien que también descargara ese tipo de juegos- ¿Has jugado a El Cuervo?

Pero Roxana siguió corriendo y pasó de mí, porque nuestra vida era más importante que hablar de hombres con chaquetones de plumas. Y al fin, llegamos a la Piazza del Colosseo, pero Genaro nos había recortado mucha distancia por nuestra pequeña batalla contra sus hombres.
-¡Os mataré con mis propias manos, baffanculos!

En la piazza vimos algunos turistas (aunque ya era muy tarde), que se disponían a hacer el tour nocturno al coliseo. Un guía vestido de centurión impresionaba a unos turistas de aspecto afeminado agitando una réplica de una espada. A causa de esta visita nocturna, la entrada al Coliseo estaba abierta y decidimos despistar a Genaro, que ahora blandía la espada del guía y la agitaba al viento.

Caminamos por uno de los túneles buscando la luz de la luna, para poder salir a los complicados laberintos donde se ocultaban las bestias en la antigua Roma y donde sería difícil que Genaro nos encontrara. Cuando salimos a estos, empezamos a zizaguear por cada muro.
-¡Confía en mí, Roxana, tengo un gran sentido de la orientación! -dije, mientras caminábamos- ¡Vamos, giremos por aquí, subiendo la escalera!
-¿Subir? - dijo Roxana mientras yo la arrastraba cogiéndola de la mano.

Llegamos al puente que estaba por encima de las catacumbas. Ya no teníamos muros para ocultarnos y Genaro estaba justo en frente de nosotros.
-Ramera –dijo Roxana, señalándome.
-¡Basta de mierda, es hora de morir! -dijo nuestro perseguidor, casi sin aliento- ¡Ya me habéis hecho sudar demasiado! ¿Os creéis que puedo ser un mafioso delgado, filios de puttana?

Genaro fue acercándose poco a poco a nosotros, con ojos de loco, temblando de rabia y arrastrando el filo de la espada por el suelo, haciendo un ruido metálico. Vimos bajando por las escaleras de nuestra espalda a los turistas que nos habíamos encontrado fuera, que nos miraban curiosos y tomaban fotos. Tenían una pinta un poco afeminada. Cuando casi estábamos a merced de la hoja del malvado Genaro Tanatori, me puse a llorar.
-¿Aquí acaba todo? -dije balbuceando- ¿No voy a cumplir mi penitencia? ¿moriré sin que nadie me ame y sin haber metido mi peno en una vagine?
-¡Aquí acaba todo, maricón! - dijo Genaro.

Roxana estaba muy asustada y sollozaba de rodillas en el suelo, esperando el golpe final. Genaro alzó la espada y asestó un corte. Ha sido el dolor más intenso que he experimentado nunca, aparte del episodio con los negros sodomitas que recibí un día por Navidad de parte de Marco, pero eso es otro tema.

Me había interpuesto entre la hoja del mafioso y Roxana y había recibido el golpe por ella. La espada yacía clavada en mi hombro derecho y Genaro puso su pie en mi pecho para sacarla y volver a usarla contra mí.
-¡Te haré el favor de no ver morir a tu puta! -dijo, levantando otra vez la espada- ¡Muere, gilipollas!

Y es verdad que tu vida pasa por delante cuando estás a punto de morir. Vi a Sor Angustias; me vi a mi mismo sobre las rodillas de mi gran amigo Don Francisco; vi mi primer y último beso con una mujer, Cecilia; vi a Patroclo con su dedo en mi ano; vi a Pamela, flatulándose y pidiéndome que la penetrara con mi cetro; vi a Marco y a su gracioso filipino anillado; vi a Roxana conmigo, disfrutando de un baño en Castiglio della pescaia; vi todos los monumentos que había visitado, todo lo que había comido y todo lo que había aprendido, todas las amistades que he dejado en mi viaje y todos los buenos momentos que pasé con mis amigos; vi a Antonio, el mejor amigo que nunca tendré.
-¡Alto, sólo yo llamo “gilipollas” a Roy!

Levanté la vista con dificultad y vi a Genaro mirando hacia uno de los balcones del coliseo donde se encontraba una figura sin pantalones y con una espada en la mano derecha. Antonio
-¡Vamos, Roy, levántate! -dijo con una sonrisa en la cara– Es un corte de nada, no me seas maricón.
-¡Antonio! -dije con lágrimas en los ojos– Te he echado de menos... ¡No me abandones nunca más!
-No me pongas en bandeja insultarte, amigo mío
-¿Qué haces sin pantalones? -pregunté, secándome los ojos.
-Es que estaba de putas –dijo, alegre– pero ahora estoy aquí para proteger a mis compañeros.
-¡Basta de tonterías, stronzo! -dijo Genaro- ¡Tu amigo va a morir ahora!

El mafioso se preparó para asestarme otro golpe, pero Antonio vino en mi ayuda.
-¡Deus ex penis! - gritó Antonio saltando desde el balcón.
-¡Antonio, no! -dije desesperado- ¡Te vas a matar!

Pero entonces, para mi sorpresa, Antonio bajó suavemente. Estaba haciendo la hélice. Llegó al suelo y corrió para enfrentarse a Genaro.

-¡Vamos a follar! -dijo Antonio– Eh...digo...¡a luchar! Perdona, es que vengo de hacer unas cosas.
-¡Ja, soy un experto espadachín! -le respondió Genaro escupiendo mientras abría la boca-¡Nunca me ganarás!

Empezaron una encarnizada lucha. Genaro era claramente superior a Antonio con la espada. Éste último aguantaba como podía los cortes del otro. El Mafioso se reía mientras golpeaba con fuerza. Antonio decidió adoptar otra táctica y empezó a esquivar los golpes de Tanatori con gran agilidad, mientras sacudía su pene y le salpicaba en la cara para dejarle sin visión. Una gota de espermatozoides llegó a los ojos de Genaro.
-¡Aaaaaah! -bramó Genaro- ¡Baffanculoooo!

Entonces, Antonio, movido por su afición a las bromas, en vez de perforar el pecho del mafioso, cortó sus ropajes y lo dejó desnudo, con su diminuto y velludo falo al aire.
-¡Eres gilipollas! -dijo sonriendo Genaro mientras Antonio reía ante la imagen del peno- ¡Ahora sí vas a morir!

Y dicho esto cortó el pecho de Antonio de lado a lado.
-¡Antonio! -grité poniéndome otra vez entre Genaro y su víctima.

El corte que tenía mi amigo no era profundo, pero recorría desde su axila derecha hasta la cadera izquierda.
-¡Vamos, ahora no puedes morirte! -le grité, mientras veía como sus ojos de cerraban- ¡Hagamos la hélice! ¡Antonio! ¡Antonio!
-Pronto te reunirás con él -dijo Genaro alzando su espada por tercera vez.

Ya nada podía salvarnos. Roxana estaba en estado de shock y lloraba arrodillada en el suelo, yo estaba herido en el hombro y era un pobre niño maricón y Antonio, nuestro ángel de la guarda, yacía moribundo en mis brazos, sangrando como una menstruación.
-¡Yuuuju, cuca cortaaaa! -dijo una voz ronca detrás de Genaro.
-¡Aaaaah, no! -gritó Genaro, tirando su espada al suelo- ¡Ya lo probé en la cárcel y no me gustó! ¡Noooo!

Abrí los ojos y vi a varios de los turistas que habían estado sacando fotos metiendo su “peno” en el “ane” del Mafioso.
-¡Roxana, vámonos! - grité casi sin fuerzas.

Roxana se acercó y yo cogí a Antonio con la fuerza de Cristo. Se me cayó y esputó sangre. Finalmente salimos del coliseo llevando a Antonio como podíamos. La última vez que vi a Genaro Tanatori, un turista homosexual estaba metiendo su falo por las cuencas de sus ojos, y abundante sangre chorreaba de su recto. Había muerto, pero los turistas no dejaban hueco vacío.

Acostamos a Antonio en un banco y le pedí a Roxana que le cuidara mientras yo iba a buscar un coche que nos llevara a un hospital. Fui a la Via dei Fori Imperiali y conseguí un Taxi con un conductor normal, y no como aquel negro sin pantalones. Le pedí que me llevara hasta donde esperaban Antonio y Roxana. Me bajé y los busqué en la oscuridad. Había unas sombras sentadas en un banco. Parecía que mi amigo estaba mejor.
-¡Eh, chicos, ya... tengo... un...!

Antonio y Roxana estaban besándose.

Capítulo XIX: El Vaticano


No. Estaban jugando a los vampiros. Sí, eso es... A los vampiros. A los vampiros con lengua. Vampiros con lengua acariciadores de tetas. Rompí a llorar. Antonio se apartó de Roxana como si le hubieran electrocutado, y eligió torpes palabras para quitarle importancia. Yo le insulté tan duramente como pude, y desprecié tan horrible traición, sin importarme su respuesta. Que me volviera a golpear; me daba igual. Lo único que yo sabía era que dos personas por las que arriesgué mi vida a costa de mi integridad física me habían estado engañando todo este tiempo. En unos instantes uní todas las piezas del rompecabezas. “Leer la Biblia”... Los carabinieri. Antonio actuando de forma sospechosa y su actitud celosa conmigo. Sentí como si el suelo se me cayera sobre la cabeza. Estaba preparado para sus insultos, porque no podía hundirme más.
-¡Ojalá nunca te hubiera conocido! -le grité-

Luego corrí hacia el banco y golpeé a Antonio en la cara. No se apartó, aunque tampoco debí hacerle mucho daño. Me ardían el hombro y la mano tras golpearle, pero no me importaba. Si hubiera podido lo habría matado. Sólo escuché sus palabras porque Roxana me retuvo. Antonio se levantó.
-No fue un error llevarnos a esta encantadora niña -dijo, como si mi puñetazo hubiera sido una caricia, y con voz de cura-. El error fue acompañarte, Roy. Esta era tu misión y sólo te he estorbado hasta el punto de hacer que casi te mataran.
-Podrías haberles dejado... -Gemí- Así ahora no tendría que escucharte, hijo de... hijo de... ¡Maricón!
-No hace falta que lo digas tú, ya lo afirmo yo -dijo, con la sonrisa más triste que le he visto esbozar-. Soy un mariconazo. Me he enamorado de Roxana.

Estuve mirándole durante un instante infinito, y realmente pensé que estaba hablando con alguien que no era Antonio. Enamorado. Antonio. Antonio, enamorado. De mi chica.
-Maldito seas -dije, con muy poca convicción-. No mientas.
-Es la verdad. En Venecia te dije que te la llevaras a tomar algo para no verla y despejar mi mente. No quería darle vueltas al asunto. Roxana, la infantil esclava sexual de un judío sodomita. Yo, maestro indiscutible de la hélice y el sexo salvaje, cristiano y misionero. “Intolerable”, pensé. “Que se la quede Roy”. Y aquí me ves. Fui incapaz de resistir mis propios e inmaduros deseos y, por primera vez, me enamoré. Y me aproveché de ella. De su rutina sexual. Tan fácil como decir “comer”, y al mismo tiempo tan glorioso como un polvo con la Virgen María -hablaba con un tono triste y nada propio de él. Yo no era capaz de pronunciar una sola letra-. Ni el onanismo, ni las prostitutas, ni mis ligues en los bares, ni alejarme de ella, ni pensar que era tuya apagaban mi llama o mataban esta absurda preferencia irracional. El error no fue llevarnos a Roxana con nosotros. Yo soy el error.

Me miró, y por primera y última vez le vi llorar. No era algo tan exagerado como lo mío, pero dos pequeñas lágrimas adornaban su juvenil rostro de mochilero cristiano.
-Yo soy el mariconazo.

Antonio era por primera vez totalmente sincero conmigo. Y consigo mismo. Era como un problema de matemáticas resuelto después de mucho tiempo. Y era hermoso. Mi furia se apagó del todo y volví a llorar.
-Antonio, no eres un maricón... -balbuceé- Es natural enamorarse... ¡Mírame a mí! ¿Quién puede haber menos hombre que yo? No lo eres menos por enamorarte, o por llorar...

Él me miró como nunca me había mirado. Como alguien igual y no como un ángel desde lo alto.
-Tienes razón -dijo, y poco a poco regresaron la alegría y su gran sonrisa-. ¡No hay nadie menos hombre que tú!

Entonces nos abrazamos, y abrazamos a Roxana, que estaba un poco perdida pero parecía entender un poco lo que pasaba. Llevaba un rato desnuda desde que Antonio dijo “comer”, y cuando notaron mi erección hubo risas y sentí que todo volvía a la normalidad.
-Cuando termines tu penitencia -decía Antonio- prométeme que perderás la virginidad con nuestra amiga.
-No quiero -dije, con un esfuerzo- interponerme entre ella y tú.
-Por favor, Roy -le quitó importancia-. ¿Después de lo que te he hecho piensas en mi conveniencia?
-¡Tienes razón! Pero hasta entonces, prométeme que no volverás a ponerle una mano encima.
-¡Le pondré las dos! ¡Ja, ja, ja!

Nadie se rió. El comentario me molestó y Roxana no lo entendía. Él suspiró y dijo:
-Recuérdame que no vuelva a robarte una broma.

Y fuimos al hospital, satisfechos de que todo hubiera salido bien al final. Estábamos cansados y nos dolían las heridas, aunque Antonio parecía tener una capacidad de regeneración sobrehumana. En el fondo estábamos agradecidos por no haber terminado el viaje con más heridas.

Luego fuimos al hotel y estuvimos leyendo la Biblia. Pero esta vez, de verdad. Roxana se aprendió de memoria las dos epístolas a los tesalonicenses, y Antonio dibujaba obscenidades en los márgenes del libro de los Jueces, y escribía sus propias versiones de los pasajes, en las que ocurrían muchas obscenidades. Me fascinó su capacidad para llenar capítulos y capítulos sólo con chistes sobre penes y pederastas.

Nos dormimos enseguida, y nos despertamos con el sol de la madrugada. Había llegado el gran día. A partir del momento en que arrojara las cenizas del padre Francisco sobre el Baldaquino, su muerte me sería perdonada, obtendría mi redención y llegaría el fin de mi peregrinación. Sería libre. Besaría a Roxana. Me iría con Antonio a tomar sorbetes. Visitaría a mi amada sor Angustias. Viajaría, o me casaría, y estudiaría matemáticas, tendría muchos hijos, formaría con Sirope y con ellos un clan de matemáticos.
-¡Es el gran día, Antonio!
-Joder, ya era hora.
-¡El “Senior” es mi pastor!

Saqué de mi maleta la urna. Brillante, plateada. Llena de los restos de un hombre santo. Antonio y yo nos echamos una mirada dramática y, tras depilar a Roxana entre los dos, salimos a toda prisa por la Via della Conciliazione, sorteando obeliscos, autobuses y japoneses. Estábamos eufóricos. Pisamos el suelo de la enorme plaza. Antonio corrió hacia el obelisco. Más bien, se corrió sobre el obelisco.
-Hogar, dulce hogar -suspiró-.

Me puse a la cola para entrar en la basílica, pero entonces me di cuenta de que Antonio había sobornado a un guardia suizo para saltarse la cola junto a Roxana. Estuvieron jugando al fútbol frente a la fachada principal con la urna de don Francisco, mientras yo los miraba, envidioso. Sin embargo, me lo pasé muy bien hablando con la gente de la cola. Una mujer mayor me estuvo contando sus tres últimos partos, mientras su hija se moría de vergüenza. Llegué a la conclusión de que no estaba acostumbrada a estar con chicos tan guapos como yo.

Antonio estaba eufórico como un pájaro. Hubo un momento que estuvo bailando flamenco frente a unos orientales, que de vez en cuando le echaban monedas, mientras yo admiraba el imponente edificio y las enormes columnas. Dios se merecía vivir en este lugar.
-Antonio, ¿habías estado antes en el Vaticano?
-¡Olé! Claro que sí -me respondió-. He estado en todos los países del mundo, sin excepción. Además, soy un ángel.
-¿Has estado en Rusia?
-Claro que sí. Yo maté a Rasputín.

Iba a replicarle cuando Antonio nos cogió de la muñeca a Roxana y a mí y nos llevó al interior de la basílica. El baldaquino se alzaba en el centro del crucero, y me servía de recordatorio para no olvidar cuál era mi misión allí, al margen de disfrutar del arte y de la compañía de mis amigos.

Lo primero que hizo Antonio después de soltarnos a mi chica y a mí fue correr hacia el altar. Saltó varios cordones de terciopelo rojo y trepó como un mono hasta la Cátedra de San Pedro, el majestuoso trono al final de la estancia. Parecía un verdadero rey, especialmente cuando le gritó a las estatuas de los padres de la Iglesia que se la chuparan.
-¡Antonio, baja de ahí! -le advertí- ¿quieres que te echen los curas?
-¡Podrán comérmela también!

Como no bajaba, fui hacia él. No había llegado todavía al altar cuando un hombre con sotana apareció a mis espaldas y me azotó en el recto con un crucifijo. Caí al suelo, llorando, mientras otros cinco curas italianos se acercaban para castigarme. Antonio bajó disimuladamente de su regio trono.

Después de la paliza sagrada, Roxana me trajo unos hielos y me los situó en el ano. Uno de los sacerdotes que lo vio hizo algo parecido a lo de aquel viejo reloj de don Francisco que Antonio me enseñó cuando lo conocí. La imagen me hizo gracia, pero mis risas ofendieron al hombre y volví a ser apaleado.
-Roy, ¿estás preparado para subir? -me dijo, finalmente Antonio, cansado ya de bromear por todo el lugar.
-Creo que sí... -susurré- Aún me escuecen las nalgas.
-Por el amor de Dios, Roy. Estás en el Vaticano -dijo, sonriente-. ¿Cómo te crees que funcionan aquí las cosas?

En mi inocencia no entendí a qué se refería, pero le dije que subiéramos de una vez. Él llevaba aún la urna plateada con las cenizas, y nos llevó a una esquina de la basílica, frente a una discreta puerta de metal.
-¿No deberíamos ir a la cola, Antonio? Como el resto de los turistas.
-Sin duda, un maricón iría a la cola -dijo él-.
-Antonio, te he dicho que...
-¡Vamos! Te están esperando.
-Vale, vale, está bien -me resigné-. Iremos por donde tú dices.

Capítulo XIX: Redención


Antonio sacó una vieja llave de su mochila y abrió la puerta con ella.
-¿De dónde has sacado eso? -dije yo-
-“Tu es Petrus et tibi dabo claves regni caelorum” -respondió él-
-¿Qué narices significa eso?
-Me las dio Jesucristo -afirmó, sonriente-. Vamos, no tenemos todo el día. Eres tú quien tiene que ganarse el Cielo, no yo.

Recorrimos unos estrechos corredores de piedra, que terminaban en una vieja escalera de mano. Antonio iba delante, pero nada más poner un pie en la escalera me advirtió de la fragilidad de ésta. Dijo que subiera yo primero, que iríamos de uno en uno.

El caso es que recorrí la larguísima escalera sumido en la oscuridad. Exhausto, llegué al final, y esperé a que Antonio llegara. En unos pocos segundos ya estaba arriba.
-¡Qué poco has tardado!
-Trepé con todas mis extremidades -se burló. Supongo.
-¿Le has dicho a Roxana que suba?
-No -dijo él, abriendo otra puerta de metal-. Quiero que hagamos esto solos.

Y entonces contemplé el lugar más hermoso en el que he estado jamás. Un rayo de luz traspasaba la linterna del interior de una cúpula cuyas dimensiones me era imposible percibir en su totalidad. Desde abajo parecía mucho más pequeña, pero ahora me abrumaba con su tamaño. Estábamos en la circunferencia justo en el comienzo de la estructura, frente a una balaustrada de hierro que prevenía a los turistas de saltar. Las paredes estaban decoradas con mosaicos, y justo debajo de nosotros, en un anillo podía leerse la frase con la que Antonio acababa de bromear.
-¿Por qué no quieres que suba Roxana? -le pregunté- Es un momento importante para mí y quiero compartirlo con ella.
-Más tarde, si quieres. Pero ahora tengo que hablar contigo acerca de todo lo que ha ocurrido.
-No tienes que darle más vueltas, Antonio -le dije, cariñoso-. Es agua pasada.
-Eso no es lo único en lo que he estado mintiéndote.

Estábamos solos en el anillo, a muchos metros sobre el Baldaquino. Si Antonio se me quería declarar, había escogido un lugar maravilloso. Quiero decir, hipotéticamente. A mí me gustan las chicas. Antonio sostenía la urna con las cenizas de don Francisco, con aire melancólico. Le dije una frase muy poco original para animarle.
-Puedes confiar en mí.
-Entonces escúchame atentamente, y no me interrumpas. ¿Alguna vez has tenido la sensación de que nadie sabe quién eres realmente, ni se preocupan por saberlo, sino que simplemente te juzgan por qué eres o por cómo vistes?
-Sí, sé a lo que te refieres -le respondí, identificado con aquellas palabras-.
-Era una pregunta retórica; te dije que no me interrumpieras.
-Lo siento, Antonio. Sigue.

Él suspiró. Lo noté nervioso, y me gustó tener la sensación de que por fin abría su corazón hacia mí en su totalidad. Escuché atento.
-Lo que quiero decir es... Bueno, ya te lo dije hace unos días. No puedo confiar en nadie por el hecho de ser quien soy. Tengo muchos amigos, es cierto. Aunque tal vez debería decir “conocidos”, o “gente de la que puedo fiarme hasta cierto punto”. Pero ¿amigos? ¿gente igual a mí? Sólo a ti, Roy, puedo considerarte mi amigo.
-Gracias, Antonio.
-¿Quieres callarte de una vez? Mira, quiero que comprendas algo. Si hubiera sido totalmente sincero contigo desde el principio, no estaríamos aquí ni habríamos pasado por todo lo que hemos pasado ni me verías del mismo modo.

Antonio se apoyó en la barandilla, contemplando las maravillas que se extendían bajo nuestros pies. Luego miró la urna de su tío y dijo:
-Ni siquiera él era para mí un amigo. No le contaba todo, claro, pero él tampoco confiaba en mí. No pienses que no era importante para mí, porque lo era. Compartíamos muchas bromas sobre penes y a menudo hablábamos en idiomas que ni siquiera controlamos, y otras veces me enseñaba sus colecciones de peluches, y... Bueno, a lo que voy -volvió a mirarme-. Roy, no he sido sincero contigo.
-Ya lo has dicho.
-Es para darle más tensión, capullo -me cortó-. ¿Nunca te has preguntado ciertas cosas? ¿Por qué he visitado tantos países del mundo? ¿Por qué sé más de treinta idiomas distintos, conozco todos los pasajes de la Biblia, canto canciones religiosas cuando ni siquiera creo que exista Dios...?
-Espera, ¿qué acabas de decir? -pregunté, perplejo-
-No me jodas, Roy -dijo él-. ¿Realmente piensas que a un viejo barbudo con poderes le importa si follo sin haberme casado o si de niño un tipo con sotana me echó agua por la cabeza? ¿Qué clase de requisitos para entrar en un club son esos? Menudo soplapollas.

Me ofendieron sus palabras. No podía estar hablando en serio. Claro que existe. Está ahí arriba, murió por nuestros pecados y le gustan las canciones.
-Roy, la mafia no me persigue porque soy un ángel. No sobrevivo a todo tipo de infortunios y situaciones absurdas por ser un ángel. No tengo las llaves de todas las puertas de esta puta iglesia por ser un ángel. No he venido todas las Navidades a la Ciudad del Vaticano a dar misa porque soy un ángel.

Se dibujó media sonrisa en su cara. Abrí la boca para hablar pero no me salieron las palabras. Él abrió los brazos y me miró como miraría un águila a un gorrión. Me miró como nunca me había mirado.
-Me llamo Antonio I, Santo Padre de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Antonio, jefe de la Iglesia. Antonio, Su Santidad. El Papa. Probablemente el más joven de la historia. Ninguno de los dos dijo nada. El silencio. Su sonrisa dibujada en mi nublada visión. Las gafas, paradójicamente, ya no me permitían ver con claridad. Blasfemia. Mentiroso. Roxana, adúltera. Mentiroso.
-No bromees con esto... -susurré- Antonio.
-Si te parece una broma -dijo él- explícame por qué te lo parece.

No era una broma. Sabía cuándo bromeaba y cuándo no. Siempre bromeaba. Pero no ahora, porque apenas habla en serio y esa era una de esas veces. Y todo encajaba. Y era lógico. Mentiroso, blasfemo, pederasta. Le dirigí una mirada torva. Tuve que apoyarme en la barandilla para no tropezar.
-Me has estado mintiendo todo este tiempo.
-Te he explicado mis motivos, Roy -dijo él, inusualmente paciente.

Mi corazón albergaba el odio. La persona en la que más confiaba me había traicionado. Otra vez. Como mi padre. Como mi madre. Como Cecilia, y como Genaro. Como Roxana. Otro más. No debería importarme.
-Primero te acuestas, a mis espaldas, con el amor de mi vida.
-Te pedí discul...
-Luego me insultas -le interrumpo-. Como siempre. Nunca has dejado de hacerlo. Me odias.
-No te...
-Luego me engañas. Y te burlas de mí. Y haces que unos curas me azoten en el recto. Y no haces nada. Me odias.

Nos miramos durante tres largos segundos. Por primera vez, Antonio parecía realmente afligido por la situación, y no sabía qué decir. Pero yo sí.
-Te odio -dije, con palabras salidas del alma-. No debí haberte perdonado jamás lo mal que me has tratado. ¡Dame la urna!
-Roy, no seas maricón.

No le respondí. Me lancé contra él, y mi cabeza chocó contra su nariz. Y mis manos contra su pecho, donde Genaro le había herido la noche anterior. Y mis rodillas golpearon su escroto. Y él gritó, y yo grité, y antes de que pudiera defenderse lo empujé contra la barandilla, y él se agarró a ella en un acto reflejo. La brusquedad del movimiento sacó las cenizas de la urna de don Francisco, que todavía sostenía Antonio, y golpearon su rostro, cegándolo momentáneamente.

Perdió el equilibrio. Volví a empujarlo. Antonio rodó por encima de la barandilla. Ya no sonreía.

Adiós, Antonio.

Capítulo XX: El menos esperado


Mi mejor y último amigo yacía clavado en la cruz que estaba sobre el baldaquino. Allí, con el aspecto de un ángel, murió Antonio, el mejor Papa de la historia. O el que más relaciones sexuales ha tenido. Me quedé durante unos minutos contemplando la escena y tardé en darme cuenta de qué acababa de hacer. Este chico, al que yo tanto admiraba y al que yo tanto quería parecerme, había sido asesinado por mí: Su mejor amigo, su compañero de viaje.

Desperté de mi ensimismamiento y sólo pude llorar; llorar como nunca lo había hecho. De hecho, fue la última vez que lloré. Grité como un loco desde lo alto de la cúpula, como hacen en esas películas americanas cuando matan a la zorra del protagonista. Golpeé las paredes, di patadas a la fatídica barandilla e incluso defequé en mi calzones. Estaba tan furioso conmigo mismo y tan confuso que me mareé y acto seguido vomité sobre los turistas que estaban debajo, provocando sus insultos. No tuve más remedio que sentarme y calmarme.

Recordé todos los momentos que yo y Antonio habíamos compartido: cuando nos conocimos en Santa Pola, la broma del plátano, nuestro bautizo como hermanos en la playa, la travesía homosexual con Patroclo y Romeo, la lucha contra Kevin en Tritonia, nuestras bromas a los marineros, los chistes matutinos de penes en agujeros de mi cuerpo, nuestros viajes al aire libre, las acampadas, las visitas culturales, cuando Antonio nos protegía, el tiroteo con Genaro, la lucha a espada en el Coliseo. Ya no tendría más experiencias ni más amigos. Ni más hélices.
-Roxana –pensé– ¿Qué le voy a decir?

Bajé por la escalera hasta la puerta de hierro (que fue posteriormente renombrada a “Puerta de Antonio I”) y me encontré allí a mi amada, a la amada de Antonio, pero no tuve valor para hablarle. Pasé a su lado con la cabeza baja y ella me siguió. Llegamos al baldaquino y Roxana se detuvo en seco, nada más ver mi pecado. Se llevó una mano a la boca y el horror se dibujó en su rostro. Cayó de rodillas

Todos los turistas señalaban el cuerpo de Antonio, del que brotaba mucha sangre que chorreaba por los lados del dosel. También los curas estaban allí, pero a ellos no parecía impresionarles. Más bien estaban ansiosos por bajar el cuerpo y probar su virginal ano, porque, por lo visto, Antonio había sido el único Papa heterosexual. Escalé por las columnas, no sin antes caerme varias veces y llegué junto a Antonio. En su cara se dibujaba una sonrisa que solo podía corresponderle a él, y su paquete estaba erecto por el rigor mortis, aunque parecía lo único que estaba duro.
-Sólo tú podrías sonreír a tu asesino -susurré junto al inerte Antonio-. Te quiero... Eres
hermoso como el primer día.

Entonces posé mi cabeza sobre su pecho, agarrando con fuerza su ropa, y volví a gritar. Mi último pecado no tenía arreglo. Mi mejor amigo estaba muerto.

Con la fuerza de Cristo cogí el cuerpo en mis brazos y salte del baldaquino sobre los curas sodomizadores, que amortiguaron mi caída quedando algunos inconscientes. Enfilé a la salida de la basílica con la intención de llegar a las tumbas de los Papas, donde Antonio debía descansar eternamente. Al menos en cuerpo. Todos los turistas se apartaban cuando yo pasaba, formando una fila a cada lado y me miraban aterrados, aunque nadie sabía que yo era el terrible asesino. Solo miraba hacia delante y no me planteaba que haría después de enterrar Antonio. La idea del suicidio pasó por mi cabeza. Sí, la condenación eterna era una buena penitencia.

Cuando estaba frente a las tumbas de los Papas decidí meter en Antonio en la más impresionante de todas ellas.
-Juan Pablo II –leí–. No lo conozco, seguro que nadie lo echa de menos.

Puse a Antonio con cuidado en el frío pavimento y empujé un poco el mármol que estaba encima, para poder sacar el otro cuerpo y meter el de mi amigo. Tiré los huesos de Juan Pable IX, o como se llamara, al suelo y deposité a Antonio dentro de la tumba.
-Antonio, mi mejor amigo, me despido de ti de la manera más horrible –dije en alto, recitando mi discurso de despedida-. Sé que siempre quisiste mi bien y que el amor que yo profeso por ti fue correspondido. Fui yo el que no supo cuidar de ti.

Besé a Antonio en sus suaves labios y me excite mucho, pero eso era parte del plan, porque haría una última hélice para él. Giré mi pene por encima de su cuerpo a una velocidad descomunal, como él hacía en vida y di por terminado el funeral improvisado cerrando la tumba con la piedra de mármol. Saqué un bolígrafo de mi bolsillo y taché el nombre del otro Papa, poniendo el de Antonio encima y dibujando un enorme Heracles haciendo la hélice en la tapa.
-Eh, señor –dijo una voz masculina–. Tenemos que hablar con su santidad.
-¿Por qué me llamas así? -pregunté a los curas sobre los que había saltado unos minutos antes, que se acercaban a mí.
-Usted es oficialmente el nuevo Papa, Su Máxima Pederastia –dijo uno que llevaba gafas–. Yo era el ayudante de Antonio I, el Virginal Anal.
-Pero ¿por qué yo?
-Al matar al antiguo Papa sus poderes son transferidos al asesino, convirtiéndose en el nuevo; lo dice en las reglas.
-¿Qué reglas? -dije- ¿dónde están?

El ayudante pareció dudar durante unos segundos y se quedó callado. Finalmente resopló y dijo:
-Bueno, no hay ninguna regla, la acabamos de inventar –y añadió- ¿Sabes lo jodido que es hacer el sorteo para nuevo Papa?

Me aparté de los sacerdotes, ofendido por su insensibilidad. Si fuera tres veces más macho les habría golpeado, pero había dejado algo sin hacer que urgía más: Roxana. Estaba apoyada en una columna, en la basílica, distorsionadas sus preciosas facciones por las lágrimas y totalmente destrozada por la muerte del único que la había sabido amar. Me sentí peor que nunca. Quería morirme por causarle tanto dolor a un ángel como aquel. Me quedé mirándola. Acercarme fue infinitamente más duro que ver a Antonio muerto a mis manos. Demasiado. No me acerqué. Me quedé mirándola. Notaba como si un gigante estuviera estrujando mi corazón en su puño, y tenía un nudo en la garganta. Pero no lloré, pues me encontré totalmente incapaz de hacerlo.

Me imaginé que me acercaba. Que nos mirábamos, y la besaba, y ella dejaba de llorar y se consolaba en mis brazos. Y que me perdonaba, y odiaba a Antonio por sus bromas, y por morirse nada más reconocer su amor por ella. Y nos olvidábamos del clero y los curas y del reinado del Vaticano, y huíamos juntos para querernos más que nunca.

Mi cerebro buscaba una pizca de valor en mi alma para ir allí y hacerlo. No ocurrió. Nada de aquello ocurrió nunca, y yo asimilaba este hecho poco a poco mientras la contemplaba alejándose. Por la plaza de San Pedro. Su lejana silueta por la Via della Conciliazione. Su recuerdo. Adiós a ti también, mi amor. Mi pequeña Roxana.
-¿Entonces aceptas? -me preguntó el cura de las gafas, apareciendo a mi espalda.

Cerré los ojos y apreté los puños, y pronuncié las palabras más difíciles que he dicho en toda mi vida.
-Sí. seré Roy IV, el Santísimo Papa.
-¡Perfecto! -dijo– Procedamos a un pequeño tour para que te sientas como en casa.

Me llevó por todo el Vaticano enseñándome cada rincón y entregándome muchas llaves.
-Y esta es para la sala mágica –me dijo dándome una llave azul.
-¿Sala mágica?
-Es donde llevamos a los niños que usamos durante las fiestas –explicó– la llamamos así para que sea más acogedora para ellos.

Seguimos por un pasillo muy largo con varias puertas y me explicó algunas de sus funciones.
-Ésta es para guardar las cantidades descomunales de dinero que robamos.
-Querrá decir que les donan –le corregí.
-Sí, lo que nos donan –me contestó–. A eso me refería.

Nos paramos frente a una puerta con un cartel que ponía: Cocina.
-Aquí Su Santidad podrá comer todo lo que quiera a todas las horas del día –dijo abriendo la puerta-. Pase, conocerá al personal.

Estaba lleno de cubanas totalmente desnutridas que iban de una lado para otro con calderos y utensilios culinarios.
-Tienen que hacer la comida de muchos hermanos.
-¿Cuánto se les paga?
-¡Qué sentido del humor, señor! -dijo, entre carcajadas– Nos llevaremos bien.
-Hablaba en serio.
-Y esta otra... -dijo cogiéndome del brazo y arrastrándome por el pasillo.

La última sala era una bastante oscura, con un taburete en el centro y unas cadenas, además de uno de esos instrumentos que Antonio me había metido tantas veces por la boca, de broma.
-Aquí será su coronación, Su Santidad.
-¿Qué coronación?
-Oh, nada –dijo, sonriendo– Sólo vamos a perforarle el ano con nuestros penes, cada uno.
-Lo acepto, es mi penitencia –dije, imbuido con la fuerza del Señor–. Seré el Papa hasta mi muerte, y no conoceré el calor de una mujer nunca.

Aquella tarde sufrí mucho dolor, aunque al final acabé disfrutando bastante. Los “penos” tenían su punto. Después de lavarme bien el recto y de poner un par de tiritas en cortes sin importancia, me enfundé la sotana de Santo Padre. También se la puse a Sirope.
-Es hora de que salga al balcón, señor –me dijo mi ayudante con gafas.

Y ahí estaba yo. Roy Rogers Cruz, un niño tonto de Santa Pola, bajito, escuálido y con gafas, coronándome como Papa, Rey del universo. Me dirigí al balcón recordando todo lo que pasé para llegar allí. Los momentos divertidos, los momentos tristes, los momentos de penes, los momentos de pederastas. La mejor experiencia de mi vida.

Salí al balcón. La plaza de San Pedro resplandecía bajo el sol, y una multitud impresionante de fieles abarrotaba la plaza, coreando mi nombre. Algunas mujeres me tiraron sus bragas y sujetadores.
-Soy Roy IV, sucesor de Antonio I –dije, elevando los brazos–. ¡El nuevo Papa, siervo de los siervos de Dios!
-¡Maricón! –dijeron algunos entre la muchedumbre.

Epílogo


¿Y ahora qué?

De Roxana supe que ahora era monja y estaba en un convento de clausura, leyendo la biblia día y noche. Esta vez de verdad.

Marco vino a visitar la tumba de Antonio con su filipino con el escroto perforado, así que mantuvimos una charla muy agradable. Luego, golpeó con su pene el lecho de mi amigo para honrarle. Murió dos años después, en su palazzo.

El mafioso que nos persiguió, Genaro Tanatori, murió de una hemorragia rectal a manos de unos turistas homosexuales griegos en el Coliseo Romano. Poco después, su banda se disolvió y Florencia quedó libre de su red de prostitución.

Mis padres siguen vivos en Santa Pola. Me han mandado varias cartas para pedirme que vuelva; con dinero. Que les follen.

Cecilia se casó con otro idiota lleno de argollas y se quedó embarazada con quince años. Murió de sobredosis a los diecisiete. Su esposo también. Y su hijo.

Sor Angustias siguió impartiendo clases hasta que murió hace cinco años. Sus tetas estuvieron tan flácidas que se tropezó con ellas en un puente y cayó al vacío.

Patroclo el sevillano fue famoso por sus grande conquistas amorosas con hombres y escribió dos libros sobre ellas. Creo que se llamaban “Histoire de ma vie” por Patroclo Cazahombres. Romeo, su compañero, fue una de estas conquistas, aunque luego murió de sida. Fue enterrado en Tritonia.

Los Bardos del Infierno Estratosférico se separaron, y la publicación de los discos en solitario de sus componentes tuvo tan poco éxito que todos ellos abandonaron el mundo de la música. Tres años más tarde fueron encontrados muertos en una vieja mansión de las afueras de Murcia, la misma noche de la vuelta del grupo a los escenarios.

Yo, Roy, he pasado todos los años de mi vida desde la muerte de Antonio dedicándome a ser Papa y mejorando la iglesia. No lo he conseguido. Han pasado 30 años desde la muerte de mi mejor amigo. Mi ano está increíblemente dilatado por los gajes de oficio y todo sigue igual, prácticamente. He seguido estudiando matemáticas y metemáticas; ahora soy mucho más sabio gracias a la gran biblioteca papal. En cuanto a Sirope, también tiene el ano más dilatado y está un poco descolorido, pero sigue siendo mi único compañero.

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