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Roy IV: El ascenso del menos esperado. LIBRO I



Debido al éxito de la publicación de la versión traducida del latín de Out of Dad, de Sir Christian Platanito, hemos regresado a su viejo estudio secreto en El Cairo para recopilar nuevos manuscritos y descifrar las historias que narran. Mientras dure el proceso de traducción, iremos publicando los aproximadamente doce capítulos de otra de las obras más ilustres del maestro.

Este tomo 1 de Roy IV contiene 5 capítulos. Después de la publicación de estos, se volverá a actualizar con normalidad durante una semana. Transcurrido ese tiempo, se publicará el Tomo 2 durante otra semana entera.

LIBRO I: Capítulos 1, 2, 3, 4 y 5



Prólogo

Esta autobiografía se la dedico a Cecilia. Mira a dónde he llegado, puta. También a Don Francisco y Antonio, dos grandes amigos, aunque este último fue víctima de una de mis extrañas transformaciones en cuitado. Por último a Sor María Francisca Angustias del Alma infinita, por guiarme espiritualmente durante los años que pasé en Santa Pola, mi pueblo natal.

Aquí narro los hechos que me ocurrieron antes de convertirme en el máximo responsable de la iglesia y Rey del Vaticano.

Mi vida antes de conocer a cierto personaje fue patética y aburrida, por ello, no la relato aquí, porque sería como leer un cuento que se repite una y otra vez en un bucle infinito.Sí, mi vida fue una mierda y aún lo sigue siendo, pero soy rico.

Jódete.

De verdad.

Capítulo I: La vida de un abyecto ser

Me llamo Roy Rogers Cruz, y soy el Papa. El camino a este cargo tan importante no fue como el de esas zorras que salen en la televisión por acostarse con algún famoso: fue arduo, triste y muy sacrificado. Tanto, que perdí muchas vidas amigas durante el camino, e, incluso, casi me pierdo a mi mismo, aunque nunca he estado muy cuerdo.

Todo empezó una mañana de Septiembre en Santa Pola, un pequeño pueblo pesquero de Valencia, donde yo nací. Me levanté a las 7:40 para ir a la escuela, sitio que yo amaba porque aprendía más sobre mis adoradas matemáticas cada día. Y además veía a mi querida Cecilia. Entraba a las 8:00, pero vivía muy cerca del colegio, así que me podía permitir el lujo de levantarme tan pronto.

Me enfundé en mi deliciosa camiseta naranja (mi color favorito), y bajé a desayunar. En la cocina se encontraba mi madre, preparando el desayuno para mí, de forma que yo no perdiera ni un segundo y se me hiciera tarde.

Mi padre no se hallaba en la casa. Había salido muy temprano, porque era camionero y tenía que llevar un encargo que lo mantendría fuera tres días. Era un hombre muy trabajador y familiar, aunque a veces me preguntaba si era homosexual, y era un poco desconfiado y tradicional.

-Gracias, Mamá – Dije a mi Madre mientras la besaba en la mejilla.
-No te entretengas a la vuelta, Roy – Me dijo ella-. Oh, perdona, que no tienes amigos.
-Soy un chico familiar, ya lo sabes. Como Papá – Me defendí yo-.
-Espero que no seas un putero también – Dijo bromeando mi jocosa progenitora-.

Salí de casa y enfilé el camino empedrado que llevaba al colegio con marcha rápida y sin pausa. Por el camino se podía ver a muchos trabajadores y estudiantes saliendo de sus casas, pero como yo llevaba mi camiseta naranja destacaba sobre el resto, aunque nadie me mirara. También podía oler el pan recién sacado del horno en las panaderías y el aroma del café caliente que salía de las ventanas de los hogares.

Cuando llegué a la verja de la escuela, encontré allí a Cecilia, hablando con un maldito idiota lleno de argollas por todo el cuerpo (el dogma de la belleza en Satan Pola) y parecía muy entretenida, aunque yo sabía que estaba enamorada de mi.

Me armé de valor y la saludé intentando imitar a uno de estos imbéciles.

-¡Eh, zorra, buenos días! - Dije, con aires de superioridad- .
-Dejame, niño raro – Me contestó con ternura-.
-¿Te está molestando, muñeca? - Intervino el estúpido tuercebotas-.

Y entonces me empujó contra el muro escolar y me golpeó el rostro con sus peludos puños. Luego me propinó un puntapié en la canilla y me tiró al suelo.

Y cuando estaba allí, recibiendo las acometidas de este despreciable ser y con la sangre carmesí brotando de mi boca y fosas nasales, oí el grito de mi amada Sor Angustias del Alma, la monja que impartía matemáticas y gran amiga.

-¡Quieto, nazi, deja a el pobre Rogy! - Dijo esta noble monja.
-Está bien, dejaré en paz al anormal de Rogy – Dijo él, y todos rieron.

Sor Angustias me levantó del suelo y se quitó las bragas, para limpiarme la sangre. He olvidado mencionar que se le iba un poco la cabeza a veces.

-¿Estás bien, joven Roy? - Me preguntó – Espero que no te importe lo de mi ropa interior; no tenía nada a mano, chico.
-No pasa nada, hermana, estoy bien – respondí-.
-Vamos a clase, me toca contigo ahora – Me dijo poniéndome en la mano derecha sus bragas ensangrentadas y cogiéndome por el hombro-.

Caminamos por los pasillos hasta la clase de 2ºB (que era la mía) y entramos. Me senté en mi pupitre, que estaba al lado de la ventana y intenté no fijarme en los curiosos que me miraban. Aunque nadie lo hacía.

Pasé el resto de la clase enfrascado en las maravillosas artes numerales. Sor Angustias es una profesora excelente y explica todo de maravilla, aunque, a veces, se le va la cabeza, como ya he dicho.

-Y si elevamos este número al cuadrado obtenemos el pene – Dijo señalando la pizarra –. Perdón, quise decir “resultado”.
-¡Ja, ja, ja, jodida vieja loca! - Vociferó Kevin, el cuitado que se sentaba en la esquina de atrás-.
-¿Qué has dicho? - Preguntó enfadada Angustias y tiró las bragas con las que me había limpiado y que llevaba puestas de nuevo a la cara del maleducado-.

El resto de la clase fue perfectamente normal, aunque Arturo, el amigo de Kevin, también se rió de alguna equivocación de Angustias, por lo que fue castigado con ropa interior sagrada.

Luego hubo algunas clases más, pero no pasó nada interesante, así que simplemente me limité a prestar atención para dar el mayor rendimiento en clase y sacar las mejores notas para impresionar a las chicas del curso con mi inteligencia; yo sé que eso es lo que las vuelve locas.

Sonó el timbre que indicaba el final de las clases. Recogí mis cosas y me dispuse a salir del aula cuando Sor Angustias del Alma me abordó.

-Tengo que decirte una cosa, Roy – Me dijo- ¿Paseamos hasta la salida?
-Está bien, vamos – Respondí-.

Nos dirigimos a las escaleras principales y comenzamos a hablar.

-Te veo un poco triste, Rogy –Afirmó escudriñando mi rostro-.
-No lo estoy, ha sido un día normal de principio a fin– Contesté-.
-Ya, pero te falta algo – Dijo enigmática–. Jesucristo.
-¿Qué? - Pregunté-.
-Necesitas un guía espiritual, que te revele la obra de cristo –dijo– y te he conseguido a alguien-.
-Pero yo no creo en Dios - repliqué –. No estoy interesado.
-Y por eso tienes mala suerte. Si crees en nuestro señor las cosas te irán mejor, lo prometo.
-Bueno, y, ¿a quien tengo que ir a ver? - dije - ¿Un mago longevo?
-No, irás a la parroquia de Don Francisco –dijo Sor Angustias–. Es un cura muy cariñoso y le encantan los niños; los adora.
-Vale, iré esta tarde, pero sólo porque me lo pide usted, hermana.

Y volví a casa para el almuerzo, pensando en quién sería ese tal Don Francisco y en qué me enseñaría esa tarde para que me ayudara en mi vida.

Capítulo II - El padre Francisco

-El amor -Dijo él- que profeso por Dios no es compartido por todas las personas, Roy. No obstante, te puedo asegurar que Dios te ama. Dios me ama a mí, y ama a todas las personas por igual. ¿Tú me quieres, Roy?
-No sé, señor -Contesté, inquieto-.
-Yo te amo.

Don Francisco rodeó mis hombros con su brazo y con la otra mano acarició la mía. Me alegré de que la capilla estuviera vacía, porque me avergonzaba un poco el modo de comportarse del párroco.
-”Amaos los unos a los otros” -Prosiguió-. ¿Te suena?
-Lo dijo Jesucristo, señor.
-¿Crees en Dios, Roy?-Preguntó, con su suave voz aterciopelada-
-No, señor. Lo siento.
-No lo sientas. Tal vez no has oído su llamada aún. Yo la escuché por primera vez con treinta y dos años. Llevaba una vida de pecado, pero Dios me perdonó.

Su tono melancólico me produjo compasión, y escuché atento la historia de cómo se hizo cura. Llevábamos tres horas hablando. Me había dicho que ya había hablado con Sor Angustias sobre mí, y que podía ayudarme a entenderme a mí mismo un poco mejor, y que me mostraría el camino del Señor. La verdad es que me lo estaba pasando bien, porque él era un hombre interesante y amable conmigo.
-Se nos ha hecho tarde, padre. Tengo que volver a casa.
-Es una lástima. Espero que te haya ayudado a comprender un poco mejor el amor de Dios.
-Eso creo... Estoy un poco confuso.
-Es natural.
-Hasta mañana, padre.
-Hasta mañana, Roy. Que Dios sea contigo.

Esa noche hablé también con Sirope, mi mono. Es de peluche, pero siempre me escucha cuando tengo algo que contarle, y es el mono más genial del mundo. A veces me ayuda a hacer mis problemas de matemáticas, y otras veces nos imaginamos que somos dos discípulos de Pitágoras en la antigua Grecia, y que le ayudamos a descubrir el famoso teorema. Cuando le conté que había estado hablando con Don Francisco, se puso un poco celoso, pero luego lo arreglamos. Ambos estábamos agotados después de un día tan largo, así que colgué mi camiseta y me dormí.

Al día siguiente fui, emocionado, al colegio. En el recreo me encontré a Cecilia, que estaba con una amiga haciendo los deberes.
-¿Qué haces, Cecilia?
-Nada que a ti te importe, idiota -Contestó, un poco más arisca de lo normal-.
-Si son matemáticas, te puedo ayudar -Le aseguré, orgulloso y con una sonrisa impresa en la cara-.
-¿Este es el chico del que me hablaste, Ceci? -Interrumpió su amiga, riendo como una puta-
-¡No! Por Dios, claro que no, tía, qué asco. Antes me tiro a Kevin.

Me sentí profundamente herido por el desprecio de mi querida, y me entraron ganas de llorar. Le dije a su amiga que era menos inteligente que yo y que no le iba a permitir reírse de mí, y la insulté e incluso la llamé “cuitada”. Apenas pude decirle a Cecilia que si necesitaba mi ayuda, que me lo pidiera, porque tuve que irme corriendo al baño para que no vieran que estaba llorando. Estuve allí una hora, y eché de menos a Sirope, y a Don Francisco, a quien acababa de conocer pero con quien sentía grandes lazos de afecto. Ellos me querían, porque me lo habían dicho.

Apareció Sor Angustias y me obligó a abrir la puerta tras la que me escondía. Venía tan amable y comprensiva como siempre, tal como es ella, sonriendo con cariño. Le dije, con voz entrecortada, que se había vuelto a poner del revés el hábito, por lo que descubrió su arrugado cuerpo frente a mis ojos, que tapé raudo para no contemplar las colgantes tetas, y se puso los ropajes del derecho. Luego me consoló y estuvimos hablando del padre Francisco y de nuestra conversación.
-Lo que yo no entiendo, hermana, es por qué debo amar a alguien que no me quiere. Como a la amiga de Cecilia, o a mis compañeros de clase.
-Porque debemos imitar a Jesús en nuestros movimientos. Él amó a todos por igual: A sus discípulos, a los que le traicionaron, e incluso a los que le crucificaron. Lo que más ennoblece a una felación termohidráulica es el amor.
-¿Felación, madre?-Pregunté, extrañado-

Ella me abofeteó por decir palabras groseras, y continuó su explicación. A veces no sabe lo que dice, a pesar de la sabiduría de sus palabras. Cuando yo ya me había quedado tranquilo, me llevó de vuelta a clase, donde mis compañeros se burlaron de mí por haber desaparecido. Yo les ignoré e hice matemáticas, que es lo que se me da bien y el motivo por el que me respetan. Y sor Angustias me sonrió.

Por la tarde visité otra vez a mi nuevo amigo, el párroco don Francisco. Subí la cuesta que llevaba a la iglesia en mi bicicleta amarilla, y llevé mis deberes de clase por si tenía que esperar, y a Sirope, para que no se pusiera celoso.

Al entrar me lo encontré hablando con un niño de unos ocho años, en el confesionario. El párroco no estaba detrás de la rejilla, sino que tenía al rapaz sobre sus rodillas y besaba su cabeza con amor y desinterés. Al verme, me instó a que me uniera a él en un abrazo, pero yo me negué porque me resultaba todavía un poco incómodo.
-”Dejad que los niños se acerquen a mí” -Recitó Francisco-. ¿Te suena, Roy?
-Sí me suena, señor. Lo dijo Jesucristo, por supuesto.
-Exactamente. Dime, ¿qué piensas de los adultos?
-¿Disculpe, señor?
-¿Qué piensas de los adultos?-Repitió, como si no le hubiera oído la primera vez- ¿Te gustan? Son altos y más fuertes que los niños, Roy.
-Eso es cierto, padre -Contesté, desconcertado-.
-A los niños les gustaba Jesucristo de un modo especial -Vi un brillo de pasión en sus ojos, mientras hablaba acariciando al niño sobre sus rodillas- Lo amaban. Incondicionalmente. Jamás verás a un hombre tan amoroso con ellos, con los niños, ni a un adulto al que los niños adoraran tanto.
-Ya veo -Dije, fingiendo que le entendía-. Padre, ¿podemos hablar sobre otra cosa?
-Claro, Roy, dime. ¿Qué te preocupa?
-Si una chica bromea sobre que no eres guapo... Eso significa que está haciéndose la difícil, ¿no? Quiero decir, no significa que no le gustes.
-Las hembras son a menudo como pequeños cervatillos -Afirmó don Francisco-. El matrimonio es la institución que contempla el modo de limitar sus excesos, mediante el amor familiar. Lo inventó Jesús, ¿lo sabías?
-No lo sabía, padre.
-Pues ya lo sabes.

Otra tarde más estuvimos charlando de muchos temas, y él me presentó sus ideas de forma comprensible para mí, para alguien obstinado como yo, y aprendí mucho de él aquel día. No sólo ese día sino que el resto de la semana, visité cada tarde al padre Francisco, la única persona a la que podía llamar amigo aparte de a mi mono Sirope.

El viernes, mi madre me preguntó si me había echado novio.


Capítulo III: Un terrible suceso

-¡Claro qué no, Mamá! - repliqué furioso –. Yo estoy enamorado de Cecilia.
-¿Esa pequeña zorra?.
-A mi me parece muy femenina y delicada.
-¡Pero si ha fornicado hasta con tu abuelo! Los encontré el otro día en tu cuarto.
-¡No, no, no! ¡No permitiré que la insultes así! - Contesté furioso

Salí de casa muy enfadado en dirección al colegio. No podía soportar la idea de ver a Cecilia con otros hombres, ella era mía. Yo sabía que me amaba con locura, simplemente era un poco tímida.

Cuando llegué a la puerta de la escuela, lo primero que hice fue buscar a mi amada; no tardé en encontrarla. Estaba con Arturo (el que iba con Kevin a todos lados) muy ruborizada y sonriente, porque este le estaba susurrando cosas al oído.

Pensé que eran muy buenos amigos, así que acudí a saludarla sin darle más importancia al asunto.

-¡Cecilia, soy yo! - dije al llegar a su lado - ¿Qué tal estás?
-¿Otra vez tú, imbécil?
-¡Ja, ja, ja, eres muy graciosa! Dominas la ironía como pocos.
-¡Eh, tú!, ¿no eres el afeminado ese que anda con el pederasta Francisco? - dijo Arturo interponiéndose entre la chica y yo.
-¡Eh, no te permito que insultes al Padre Francisco! - Contesté furioso

De pronto me empujó y me tiró al suelo. Caí con un ruido sordo.

-¿Y qué vas a hacer, niño raro? ¿Crear una formula matemática para matarme? - Dijo Arturo.

Me pateó las costillas fuertemente y me quedé sin aire.

-¿Vas a ir esta tarde a ver a tu novio el pederasta? Seguro que su juego favorito es Out of Mind – Dijo entre el jolgorio popular, dándome otra patada.
-¡Cállate, deja de insultar a mi mejor amigo!
-¿Y qué vas a hacer, escoria?

Me levanté de forma felina y le dí un puñetazo en su cara de Satanás. Aparté mi puño de su cara y contemplé el poder que me había dado Dios: Ninguno.

Me siguió propinando golpes hasta que llegó su amigo Kevin y los dos entraron en el colegio.

A la media hora conseguí levantarme y mantenerme en pie. No quería ir a la escuela, sólo ver a mi amigo Francisco, así que corrí con todas mis fuerzas hasta su parroquia. Al llegar vi a este venerable anciano barriendo las hojas que se amontonaban en sus terrenos. Esta imagen de él me causo tal aflicción que decidí que ese hombre merecía todo mi cariño y respeto.

-Hola, Padre Francisco – dije con voz lastimera-.
-¡Alabado sea el Señor, Roy! - ¿Qué te ha pasado?
-Nada, señor.
-¡Vamos!, somos amigos ¿no?
-Sí, pero...
-Puedes confiar en mí, hijo. Ya sabes que el señor me ha mandado a la tierra para ello.
-Es sobre la chica que le comenté el otro día. Creo que está enamorada de otro. ¿Qué puedo hacer?
-El señor te está poniendo a prueba, chico. Ven, siéntate en mis rodillas – dijo moviendo la mano para que me acercara-.

Me senté en las cálidas piernas del monje y me dispuse a oír los sabios consejos que me quería dar. Él era viejo, tenía más experiencia.

-Cuéntame tus problemas. ¿Te acaricio el lomo? ¿Crees en cristo? -dijo Don Francisco-.
-¿A qué viene eso, padre? - le contesté, mientras apartaba su mano de mi axila.
-Nada, me he dejado llevar. ¿Qué me contabas?, ¡Ah, sí!, lo de la chica. Pues verás, si ella no se ha fijado en ti es que es una puta.
-¿Cómo, padre?
-Una puta. Ya sabes, una zorra, meretriz, guarra, cerda, malvividora.
-Sí, sí, pero...¿Por qué?
-Si no pone su atención en un chico tan interesante como tú no merece la pena. En cambio yo sí me fijo en ti.
-¡Tiene razón, padre, no merece la pena enfadarse, le mostraré mis virtudes! - Dije poniéndome en pie y enfilando hacia la puerta.
-¡Eh, pero espera!, ¿no quieres entrar conmigo a mis aposentos?
-¡Adiós, Padre Francisco, gracias por la ayuda! -grité de lejos-.

Estaba muy animado por la conversación con el sabio padre, así que fui a casa a merendar rápido para salir por el pueblo y ver a Cecilia.

Llegué y cogí un bollo de chocolate de la nevera que estaba en un envase extraño. Me senté en la mesa y lo devoré junto a un vaso de leche. En ese momento entró mi madre y me miró.

-¿Qué haces comiéndote las heces de tu abuelo? - Dijo mi madre – Te podía haber preparado algo.
-¡Heces? - dije mientras esputaba esa caca de sabor edulcorado.
-¿No quieres que te prepare algo, cariño?.
-No, mamá, gracias, pero ya me voy.
-¿Tú? ¿salir?.
-Sí, voy a ver a alguien
-¿De verdad que no tienes novio?.
-No, me gustan las mujeres. Adiós.

Pensé donde podía estar Cecilia por la tarde y me acordé de que, cuando volvía de la parroquia de Francisco por las tardes, la había visto en el parque cercano al colegio, por lo que tomé ese rumbo.

No me llevó más de diez minutos llegar allí. Cecilia estaba sentada en un banco con Arturo. Se estaban besando, pero parecía un beso de amigo en la mejilla. Lo que me preocupó fue la mano que tenía en los senos de ella, pero olvidé el asunto y la saludé.

-¡Amada mía! - grité corriendo hacia su posición - ¡Te tengo que decir algo!

Vi que cuchicheaban algo y antes de que yo llegara Cecilia se levantó y se fue. Qué tímida era. Arturo se quedó mirándome con cara de pocos amigos.

- -¿Qué le pasa a mi chica? - pregunté cuando llegué a su lado - ¿Te ha estado hablando de mi?.
-Tienes un problema, chico. Eres un acosador de mierda, joder.
-¿Qué dices? - contesté, perplejo-.
-Me ha dicho que la sigues a todos lados. Y yo soy su novio.
-¡Su novio soy yo, tuercebotas! ¡No la toques!
-Ven aquí, marginado.

Me empezó a patear el recto sin control, como si estuviera en un frenesí guerrero, y su increíble fuerza física le daba un poder sobrehumano, por lo que yo no podía hacer nada. Cuando estaba al borde de la inconsciencia, recordé las palabras de este abyecto diciendo que él era el novio de Cecilia, y el poder de Cristo penetró en mí.

-¡VICTORIA EN CRISTO! - grité dejándome las cuerdas vocales y dándole un puñetazo en la cara.

Cayó al suelo al instante y seguí golpeándole en la cara, hasta que dejó de respirar. Soy un asesino y un nuevo seguidor de Cristo.


Capítulo IV - Amistad y promesas

Estuve varios segundos eternos contemplando mi pecado. Arturo no se movía, sangraba mucho y, por lo que pude comprobar, no respiraba.
-¡Ay! ¡Ay, Dios! -Grité, horrorizado- ¿Qué he hecho? ¡He matado a Arturo!

Me mareé de nuevo, y vomité la merienda sobre el cuitado. Roté sobre mi eje, como la Tierra, en un loco delirio causado por el espanto y luego me lancé al suelo y rodé como una croqueta, apretando mis lóbulos temporales con ambas manos y chillando, y pringándome con mi propio vómito y de sangre.

En ese momento regresó Cecilia, alarmada por mis gritos, y yo me callé, avergonzado. Para que no viera mi terrible acto, me incorporé de un salto y corrí hacia ella y la besé. Sus labios sonaron al contacto con mi saliva, chof, chof, pero fue un beso breve. La fuerza de mi acometida y el choque de nuestros dientes me quebraron las dos paletas y así se quedaron para el resto de mi vida. Yo saboreé durante ese instante el cielo, porque mi amor por ella era grande y me hacía pecaminoso.

Quise que ella no se levantara, porque tumbada en el suelo estaba hermosa, y porque entonces vería mi terrible acto.
-¡Enano de mierda, te voy a matar! -Bramó Cecilia, incomprensiblemente enfadada-

Salté con las piernas abiertas sobre ella, y clavé los pies a los lados de su cuerpo y posé mi dolorido culo sobre su pecho. Así no se levantaría. Entendí que se sintiera un poco incómoda, pero creo que se excedió cuando me apretó la nuez con las falanges y rompió mis gafas a bofetones. Mi asma comenzó a hacer su efecto, y debido al estrangulamiento yo jadeaba y sollozaba. Forcejeé con ella intentando reducirla como cuando las placas se subducen, pero estaba cansado y muy trastornado por lo que acababa de pasar. Estar ahí encima, con mis piernas rodeándola, me produjo una erección, que espero que no se notara.
-¡Ce... Cecilia! -Pronuncié, jadeando- ¡A qué se debe este... des... desánimo, mi amohhhggg!
-¡Hijo de puta, qué le has hecho?-Gritaba ella-¡Quítate de en medio!

Yo resistí sus empujes, pero cada vez me llegaba menos aire al cerebro, y perdí el equilibrio. Me balanceé torpemente y cuando pensé que iba a caer derribado, un último bofetón confirmó esa sospecha y además me dejó inconsciente.

Soñé con el beso de Cecilia, el único que he dado a una chica. Hasta entonces, sólo había besado a Sirope, pero no era igual para nada. Me dejaba la lengua llena de pelusas y la rugosidad de la tela a menudo me hacía eccemas. No, la suavidad de la boca de Cecilia me recordaba a las hipérbolas.

Cuando desperté, no estaba solo, ni estaba con mi tierna amada entre los brazos, sino que un amable médico me insuflaba oxígeno con una mascarilla. Yo recuperaba el aliento, pero me sentía mareado y me dolía todo el cuerpo. Miré con horror lo que me rodeaba, y vi a varios hombres con uniformes de policía. Sabía que venían a por mí. Unos rodeaban a Arturo, y otros interrogaban a Cecilia. A estas alturas el enigma estaba resuelto, y yo iría a la cárcel. O, aún peor, a un reformatorio. ¡O tal vez multaran a mis pobres padres! Empecé a llorar de forma incontrolable, y un gran pesar invadió mi alma.
-No pasa nada, chico -Dijo el médico que me atendía-.Ya terminó todo.

Intenté hablar, para pedir perdón por lo que había hecho, pues sentí esa urgencia, pero la mascarilla de oxígeno no me lo permitía. Y entonces reparé en los agentes que interrogaban a Cecilia, que ahora estaban en torno a otro hombre, de aspecto triste, y le esposaban. Inmediatamente me quité la mascarilla.
-¡Padre Francisco! ¿Qué sucede? ¿A dónde le llevan?
-¡Roy! ¡Mi querido Roy, hijo! -Gritó él, mientras lo sujetaban-. Debo pagar por mis pecados... Este es el pago por mis faltas.
-¿Qué faltas, padre? -Me levanté raudo y me acerqué a él. Los policías me miraron con mala cara, pero me permitieron hablar con él- ¡Usted no ha hecho nada, soy yo el que ha cometido una gravísima falta contra Cristo!
-Oh, pequeño... -Susurró. Vi en su semblante dolor y pena y compasión- Tienes mucha vida por delante. Sé que Dios te perdonará, pero la muerte de este chico es sólo culpa mía... He confesado todo a la justicia y ya saben que soy el autor de este horrible crimen. Que Dios me perdone.

Lloré entonces, comprendiendo que el padre Francisco se había atribuido la muerte de Arturo para salvarme. La nobleza de sus actos me llegó como una flecha al alma, y me sentí de pronto mucho más sucio que cuando cometí el pecado, porque ahora otro pagaba por mí.
-Me llevarán a la cárcel, y sé que me matarán. La justicia en esta comunidad autónoma es implacable y no dejarán con vida a alguien culpable de un asesinato -Continuó, y lloró también-. Ahora te toca a ti vivir tu vida. Quiero que hagas algo por mí, Roy.
-Padre, no tiene por qué hacer esto... -Susurré a su oído. Él me besó la cabeza-. Confesaré, es culpa mía. Dios tal vez me perdone, pero la justicia debe hacer lo que es justo...
-Roy, escúchame -Dijo, con tono severo-. Soy viejo y he repartido tanto amor como dolor, porque esa es la cualidad del viejo. Sé que sor Angustias cuidará de ti, y tus padres que te quieren, y eso es lo único que me importa. Tú me importas, y esto es lo que hacen los amigos. Y lo que haría Cristo. Lo que hizo Cristo. ¿Entiendes?

Suspiré y le di un abrazo más fuerte que nunca. Los agentes me apartaron con brusquedad. Lo movieron hacia el coche para meterlo dentro y llevárselo a donde no volvería a verlo.
-Sí, padre, lo comprendo -Dije, entre sollozos-. Gracias. Le amo.
-¡Escúchame, antes de irte! -Gritó, forcejeando para que no me lo arrebataran todavía- ¡Vendrá a la ciudad mi sobrino, Antonio! Es un mozo genial, es bello como lo fue Jesucristo. Él te ayudará y será tu amigo ahora que yo no estaré... Pero, escúchame, hay más. No me queda mucho tiempo, y quiero que hagas algo por mí.

Los policías lo metieron en el coche por la fuerza, y entraron ellos también para quitarme a don Francisco para siempre.
-Sí, padre, ¡lo que me pida!
-Cuando muera, llevarás a Roma mis cenizas y las arrojarás por la cúpula de San Pedro... Sobre el baldaquino... Justo encima del baldaquino... Roy...
-¡Lo haré, padre! -Grité, sin saber que le prometía algo imposible para mi edad y situación- ¡Lo haré!
-¡Te quiero, Roy! -Los agentes cerraron la ventanilla- ¡Que Dios te bendiga!

Estas fueron las últimas palabras que don Francisco me dirigió. Mi primer amigo, y mentor. También lo fue sor Angustias, claro, pero no es igual, porque ella era mujer. Y, hablando de mujeres, decidí que mi penitencia por haber matado a Arturo de un modo tan innoble sería esta: No volvería a amar a Cecilia. Cortaría con ella y no volvería a ser mi chica nunca más. Fue una decisión dura, aunque sabia, y sé que don Francisco la aprobaría. Los sucesos de las semanas que siguieron a mi pecado lo evidenciarían.

Jamás olvidaré el beso que la bella Cecilia me entregó, que compensó todos sus excesos y sus faltas y su desprecio hacia mí. Sus puñetazos me dolieron, porque eran una muestra de su ingratitud. La amé y la sigo amando, pero es una zorra.


Capítulo V - Giros de mi destino

Esa noche hablé largo y tendido con mi mono Sirope. Se enfadó un poco conmigo por el beso a Cecilia, pero yo le expliqué que ya no la amaría más y le prometí que él sería mi único amor desde ese momento. También le conté como me había convertido en un asesino y seguidor de Jesucristo, pero no se enfadó; le pareció que estaba siguiendo el camino correcto.

Recordé todo lo que mi amado Francisco me había dicho esa tarde y no pude evitar llorar como un chiquillo. Tenía una promesa que cumplir y el plan ya lo había estado pensando.

Desnudo.

En mi cama.

Buscaría a ese Antonio, que llegaría en los próximos días al pueblo, y le explicaría el último deseo de su pobre tío. Seguro que accedería a ayudarme. Me dormí imaginando cómo sería este mozuelo. Alto, rubio, apuesto, con un acento exótico y sobretodo, muy religioso.

Me levanté a la mañana siguiente, muy dolorido por los acontecimientos que habían tenido lugar la tarde anterior. Mi trasero estaba muy amoratado y mi encías ardían por el breve beso con Cecilia.

Bajé a desayunar y me encontré con mi padre, que había llegado de su reparto. Me miró con mirada severa.

-¿Has estado muy ocupado en mi ausencia, Roy? - Me dijo con sarcasmo-.
-No, ahora no estoy de exámenes.
-Ah, ¿es por eso que has tenido tiempo para ser un insoportable mariposón?
-¿Qué? - dije perplejo-.
-Ya me lo ha contado tu madre, has estado besándote con un asqueroso pederasta. Es por esos horribles videojuegos de terror psicomotriz ¿no?
-¡No soy un invertido, maldito hijo de puta! - le grité, sin entender lo que había hecho.

Me abofeteó con su dura y áspera mano, y me dejó la marca de su gran anillo en la frente, después de un gran gancho de derecha que me tiró al frío suelo.

Me levanté y le miré con desprecio. Sus negras y pobladas cejas cubrían unos ojos de bestia. Su boca era como una pequeña ranura, como en las huchas de cerditos. Tenía una nariz muy egipcia y su piel estaba seca y curtida por el sol. Su camisa abierta hasta el ombligo dejaba ver unos enormes pelos varoniles, unos canosos y otros muy negros, como la ceniza de un cigarro. Llevaba unos pantalones muy ajustados y su enorme falo luchaba por salir de esa terrible prisión. Lamentablemente no había heredado esa virtud de él.

-Deja de mirarme, maricón. Seguro que estás pensando en mí desnudo – me dijo pateando mi cara –. Escucha, estúpido, voy a hacer un reparto durante 3 días.
-¿Y qué? - Dije, furioso-.
-Que cuando vuelva, no te quiero ver aquí.

Cogió su mochila y se fue con un sonoro portazo.

Miré a mi madre, pero me apartó la mirada, así que subí a mi cuarto, a pensar en mi futuro. Me senté en mi cama y contemplé mi cuarto. Medía veinte metros cuadrados, su suelo era de parquet y las paredes estaban pintadas de un color calipso mezclado con índigo. Era azul. Tenía una ventana que daba a un patio comunitario, desde donde podía ver otros niños jugando con amigos; les envidiaba. Mi parte favorita era el escritorio, donde pasaba horas resolviendo los divertidos problemas matemáticos que me daba Sor Angustias y los que encontraba por la red de redes. Sobre el escritorio, en la pared, tenía un poster de mi banda favorita (porque también era un enamorado de la buena música), “Bardos del infierno estratosférico”. Al lado de mi mesa tenía una estantería, llena de libros con problemas y teoría. Tenía una buena colección de volúmenes de Física Cuántica, la cual yo amaba. Como veréis, era un chico muy a la moda.

En mi armario había cinco camisetas naranjas y cinco pantalones vaqueros. Era la ropa con la que más cómodo estaba y no pensaba en cambiar mi estilo.

Entonces vi mi mochila al lado del escritorio y empecé a hacer mi macuto. Metí todas mis camisetas naranjas, todos mis pantalones modernos, mis libros favoritos, una bufanda, unos guantes, mi moderno reproductor de música, una estampa de Santa Pola que me había regalado Don Francisco. No metí a Sirope porque no me iría hasta que viniera Antonio.

Eran las 10:43 aún, así que me decidí a ir a ver a Sor Angustias para hablar con ella de lo ocurrido. Salí de casa y bajé por la calle Marchena hasta el convento en el que vivía Sor Angustias del Alma. Era un edificio viejo y gótico, del 1150, con la fachada muy sucia y alguna ventana rota. Allí vivían doce monjas desesperadas por conseguir placer, por lo que toqué el timbre.

-¿Sí? - dijo una voz por el telefonillo-.
-Perdone, ¿está Sor Angustias?
-Sí, ahora baja. ¿No quieres subir a mi habitación mientras se prepara?
-No, gracias. No me encuentro muy bien.
Esperé 10 minutos hasta que la puerta se abrió, y por ella salió Angustias con un top y una minifalda.

-Sor Angustias, ¿Qué hace así vestida? -dije, perplejo-.
-Es la ropa que se lleva ahora ¿no? Pensé que así te sentirías más cómodo.
-Pero... es la ropa entre los jóvenes.
-¿Nos vamos? - dijo cogiéndome de la mano y arrastrándome por las calle de Santa Pola.

Todos nos miraban, ya que los flácidos pechos de Sor Angustias salían por debajo de su apretada camisa y sus peludas y arrugadas piernas estaban a la vista de todos, pero no importaba porque estábamos allí para hablar.

-Una pena lo de Don Francisco, he rezado por él toda la noche – Me dijo acariciándome la cabeza –. Antes de que me cuentes nada, tengo algo para ti.

Se levantó la falda y sacó una urna pequeñita. Eran las cenizas de Francisco.

-¡Ya lo han ejecutado? - exclamé, anonadado, mientras abundantes lágrimas cubrían mi rostro de niño– Pero... pero...
-Tranquilo, tranquilo –Dijo apretándome contra sus tetas– . Tienes que aprender a vivir con ello, ahora está con el todopoderoso en un lugar mejor.

Me aparté de ella y le propuse que nos sentáramos en un banco del parque. Ella accedió. Caminamos un rato y al llegar allí, casi me muero de la sorpresa. Cecilia estaba allí, sola, leyendo una revista de esas de chicas donde salen hombres musculosos y que yo alguna vez también había ojeado. Era el momento de decirle mi decisión.

-¡Cecilia! - le dije y vi que en sus ojos había felicidad por ver que estaba bien. Estaba llorando-.
-¡Aléjate maldito loco! ¿También me vas a matar? -dijo levantándose del banco cuando llegué a ella-.
-Solo quería comentarte una decisión que he tomado –Tomé fuerzas– Lo dejamos.
-¿Qué? - me respondió sin poder creérselo-.
-Te amo, Cecilia, pero debo cumplir la penitencia de Cristo –Y la intente abrazar, aunque se apartó-.
-Eres un enfermo.
-Entiendo que estés enfadada, pero es mi decisión. Nunca te olvidaré, vete.
Muérete –Me dijo con lágrimas en los ojos. Era una metáfora preciosa la que acababa de decir-.

Entonces la vi alejarse subiendo la colina que estaba junto al parque, y lloré, lloré como nunca había llorado. Y entonces me giré, todo cuitado y le dije a Sor Angustias:

-Déjeme solo, Angustias. Necesito la soledad para reflexionar.
-Vale, Roy. Mañana nos veremos, hijo mío.

Y me quedé allí toda la tarde, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida, siempre a peor. Y cuando la hora del crepúsculo llegó, apareció el ángel que giró la ruleta de la fortuna de este idiota.

Desde la colina, un chico que parecía un poco mayor que yo, cargado con una gran mochila se dirigía hacia a mi. Y cuando llegó una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

Era Antonio.

Tuve una erección.

Libro II: Coming soon (09/08/2010)

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Las haventuras de Pene (II) - Un nuevo amiJo

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Las haventuras de Pene (II)
- Un nuevo amiJo -




Por: Shaoran

#163 - Metemáticas

Por: Alien
Nº: 163
Nombre: Metemáticas

                                                                Alien me dijo esto:

(Pulsa aquí para meterla)
---------------------------------------------------------------------------------------------------------

Yo, desconcertado, busqué en google el significado de esta palabra, y esto encontré:
(Pulsa aquí para ver el significado)

PD: Yo veo el precio muy asequible

#162 - A Nikola le hizo gracia / Premios Blogs

Por: Alien y Firenz
Nº: 162
Nombre: A Nikola le hizo gracia

Firenz, la propietaria de su nuevo blog The sides of Alice nos ha dado un premio por ser guays.

Las condiciones del premio son muy arbitrarias y exigen que otorguemos una mención al blog que nos da el premio, así como otros cinco premios para otros blogs.



Gracias por tus visitas y por tu compañía ;-)

Su blog es relativamente nuevo pero el enfoque es bastante chulo. Y bipolar.

Y aquí van los cinco premios.











Lo siento, astroloco.

Out of Dad

Z ha hecho un relato "basado en Out of Mind", a precio de 7 euros. Shaoran y yo lo hemos leído, pero no nos ha gustado mucho. Por eso estuvimos buscando en la Biblioteca Nacional, buscando más literatura de Terror Psicomotriz, y encontramos un manuscrito antiguo del famoso autor Sir Christian Platanito, en el que narra los eventos sucedidos en Out of Mind desde una perspectiva más neutra. La genialidad del autor es tal que hemos decidido publicar la novela traducida por Shaoran y por mí.

"Un reflejo muy proximo del pensamiento, reflexión y visión del mundo de PP. Sin lugar a dudas es lo más proximo fenomenologicamente hablando a la cognición única de aquel hombre."

--Azrael

A lo largo de la semana iremos publicando los cinco capítulos de la obra. Disfrutadla.



CAPÍTULO I - Sobre la educación

Creo que nunca me lo había pasado tan bien como aquella noche. La fiesta en el bar fue algo casi onírico, una experiencia extrasensorial cuyos detalles más escabrosos todavía soy incapaz de recordar. Lo que está claro es que tuvo lugar un reiterado uso de drogas duras.

Zeus, el que amontona las nubes, sabe que no hice nada malo. Siempre me he considerado alguien sensible; un humanista. Tal vez el último humanista. A lo mejor es por eso por lo que, en estos tiempos que corren (en los que la moral y el respeto por lo antrópico hace tiempo que fueron olvidados), mucha gente no ha sido capaz de entender los motivos que me llevaron a comportarme de aquel modo aquel día, al volver a casa, y que considerarían razonables los eventos que tuvieron lugar en lo sucesivo.

Desconozco el proceso mental que me llevó a aparcar mi bellísimo Cadillac negro encima de mi árbol frutal favorito, que es donde lo encontré a la mañana siguiente. Sé que de algún modo alcancé la puerta y entré en mi casa. Tendríais que verla. Es una hermosa construcción de época victoriana, con un amplio jardín que cuido personalmente a diario. Yo mismo construí allí, cuando mi mujer se quedó embarazada, un parque de juegos infantil, con columpios y esas cosas que gustan a los niños. Sé les encantaba jugar ahí, porque yo, como ya he dicho, soy un humanista, y me encantan los niños por encima de todo lo demás. Jamás el arte logrará fascinarme tanto como las personas, y jamás un adulto me fascinará tanto como un niño. Piensan de otro modo, ¿sabéis a lo que me refiero?

Los niños son una clara muestra de pragmatismo aplicado. Pregúntale a un niño sobre una cuestión moral. Os lo aseguro, todos piensan que Batman debería haber matado hace tiempo al Joker. ¿La pureza del alma de los niños? ¡Y una mierda! Adolf Hitler tenía mente de niño, os lo aseguro.

El caso es que entré en mi casa a eso de las tres de la mañana, y me preparé algo de comida. Calenté un poco de agua en el fuego, con la intención de preparar una deliciosa salsa de tomate para mis tallarines. Otro de mis talentos es la cocina; es un hecho reconocido por todos los vecinos. Mis barbacoas en el jardín son las más famosas de la comarca, y aún más mis cenas de navidad con la familia.

Creo que mis canciones irlandesas (que me glorio de interpretar bellamente) despertaron a mis hijos. Doy por hecho que mi tono de voz era bastante elevado, porque el perro también se despertó y se puso a ladrar.

-¿Padre? ¿Qué es este escándalo? -Preguntó mi querido hijo mayor-
-Oh, mi deliciosa estirpe; mi querido, querido hijo primogénito -Balbuceé mientras lo abrazaba- ¿Qué haces despierto a estas horas, cielo? ¿Quieres tallarines?

El insolente joven se apartó de mí con brusquedad, y tuve que dejar de lamer con amor su apolíneo rostro juvenil.
-No, padre: Quiero dormir -Dijo, frunciendo el apolíneo ceño-. ¿Ha bebido?
-Mi apolíneo y amado hijo, somos un setenta por ciento pura agua -Dije, con convicción, un tanto irritado por la pregunta-. Claro que he bebido.
-Madre siempre dice que el alcohol trastorna a las personas.
-Bueno, mi apolíneo cariñín, mi querido agoreta orgulloso y colérico. Tu madre probablemente bebe más que yo.

El pensamiento ilustrado daba la misma importancia que yo a la educación. Y dentro de la familia hay que inculcar valores (como el respeto a los progenitores) que, de no ser respetados, han de ser recalcados por medios más efectivos. Así razonaba yo en mi interior mientras abofeteaba a mi apolíneo vástago.

Muchos coincidirían en que me excedí en mi procedimiento, pero eso sólo lo dirían antes de saber lo que replicó el muy canalla mientras le azotaba con mi Sagrada Fuerza Paternal.
-¡Eres una vergüenza para esta familia! ¡Te odio! ¡Muérete de una vez!

Y os aseguro que a mí no me irritaron tanto sus palabras como su exaltado tono. Entonces le dirigí estas aladas palabras:
-Deshonras a tu padre y a ti mismo al desobedecerme, ¡oh hijo! ¿Acaso te sublevas? ¿Qué Dios turba tu entendimiento para hablarme así? ¡Mi irritación no conoce límites! ¡Ay de ti, porque vas a pagar por tus imprudentes palabras!

Mi estilo no es tan recargado, en serio. Pero estaba muy, muy drogado esa noche, y no sabía ni qué decía. La mitad de lo que os estoy contando me lo he inventado, de hecho, porque no recuerdo todo con exactitud.

Me gusta pensar que lo que ocurrió después fue accidental; que me apoyé sin quererlo en la olla donde calentaba el agua y la derramé sobre mi hijo. Pero me conozco demasiado bien, y sé que cogí mi potencial salsa de tomate y derramé la hirviente agua sobre el rostro de mi chico, de forma totalmente deliberada y consciente. El grito me dejó pitando los oídos, así que decidí que al día siguiente le castigaría sin salir.

Luego dejé la olla en la pila y le di un beso de buenas noches a mi otro hijo, al pequeño. Estaba un poco asustado porque había estado viendo la discusión desde las escaleras, pero yo sabía que él era un buen chico y que comprendía que su hermanito se había portado mal.
-Buenas noches, cielito -Dije mientras lamía su preciosa cabellera.-
-Buenas noches, papá. -Dijo él, con los ojos llorosos.

Entonces me quité la gabardina, mi hermosa gabardina de cuero, y lancé contra la pared mis pantalones y mi calzado y mis calzones. Me tumbé sobre el lecho nupcial, y lamí la oreja de mi querida esposa. Probablemente había bebido demasiado como para despertarse con las canciones irlandesas y los gritos, pero esa es otra de las cosas por las que la amo tanto. Recé un “Pater Noster” y un “Ave María” y le di gracias al Señor por otro maravilloso día.


CAPÍTULO II - Bakcheia

Otra noche de excesos, otro crepúsculo de frenesí y exaltación sexual; quiero decir, un día normal. Había vuelto a abusar de esa deliciosa sustancia narcótica llamada sexo, y bueno, también un poco de heroína. Pero esto no me había quitado el apetito de placer: quería sentir el sudor de una mujer resbalando por mi erecto miembro viril. Por ello cogí mi precioso coche, y atravesé las tenebrosas carreteras hasta mi dulce hogar.

Había procurado salir de casa al mediodía para llegar a la hora de la cena lo más ebrio posible. Me bajé de mi Cadillac y contemplé mi casa; las luces del piso inferior estaban encendidas. Mi mujer estaría cenando con nuestros hijos una deliciosa pasta a la puttanesca. La puerta estaba abierta. Entré con decisión, porque sabía que mi llegada les causaría gran felicidad y sorpresa, y así fue. Sólo tuve que mirar la cara de mi hijo menor para ver como unas lágrimas de alegría cubrían sus mejillas.

-¡Ya estoy en casa! -Dije, anunciando mi entrada triunfal-

Y de pronto, todo ocurrió. No sé si fue el suave olor a albahaca que desprendía la pasta recién hecha o simplemente que soy un loco pendenciero, pero en un arrebato de bestia, agarré a mi mujer y le demostré todo mi amor hacia ella. Llené la mesa de penne a la puttanesca y la acosté encima de ésta. Podía ver como lloraba de felicidad. Cerré todas las puertas, para que estuviéramos en un ambiente íntimo y familiar y les dije a mis maravillosos descendientes que se quedaran donde estaban si querían presenciar mi muestra de afecto a su madre; todo comenzó.

Gracias a mi habilidad para desvestirme en escasos segundos, no tardé nada en empezar a demostrar mi cariño, mediante suaves caricias.

Empuja y empuja, afloja y afloja, araña y araña, muerde y muerde, estas fueron las pautas seguidas por mi descontrolado y pecaminoso cuerpo. Diole tan fuerte a esta bella señora, que sus muslos parecían el sol en la madrugada y yo me dije, este debe ser el color del amor, por lo que proseguí con mis arremetidas.

Yo sabía como hacerle disfrutar; por ello llevaba una caja de tachuelas en el abrigo. Pedí amablemente a mi hijo mayor que me las acercara. Él fue con gusto a por el objeto y me lo dio con eficiencia. Por ello, como muestra de afecto introduje mi maravillosa, larga y serpenteante lengua en sus fauces, y disfruté de ese sabor a spaghetti suyo y el saboreó mi gusto a fluidos vaginales y whisky escocés de barrica antigua.

Seguí con lo mio hasta que mi termómetro del amor llegó a niveles incontrolados. Cogí mi cinturón y azotele como a potro indomable a esta sublime mujer, hasta que sus gritos de placer volvían en eco a mis oídos. Así que decidí probar con algo más fuerte y innovador (no sería yo quien le negara este derecho a mi esposa).

Crucificada quedose en la pared del salón ella, con su cara de ángel llena de felicidad y satisfacción. Yo seguía con ganas de repartir amor, ¿y qué amor más bonito hay si no el paternal?.

Cogí a mi vástago mayor y le metí mi cálida lengua por el conducto auditivo. Tal fue su deleite, que me insultó con sucias palabras. Pobre criatura, ¡el amor le hace ser caótico! Clavada la hebilla de mi cinturón en su diminuta tetilla, sólo quedaba bajar sus prendas.

Quité con delicadeza y bondad sus pantalones, solo para ver como estaba el desarrollo hormonal de mi hijo. Él no lo comprendía, e hizo un intento por tapar sus vergüenzas, pero yo ágil como zorro se lo impedí e introduje mi delicado dedo en su virginal ano. Lo saqué y se lo di a probar. Su cara parecía esbozar una sonrisa, así que seguí, como si de ponerse un anillo se tratara.

Mete y mete, saca y saca, huele y huele, degusta y degusta, así proseguí hasta que de sus ojos azabache caían gotas de agradecimiento y exaltación. Como le gustaba, hice lo que suelo hacer: ir un poco más lejos.

Le azoté con los puños, imprimiendo todo mi amor en cada impacto. Yo sabía que lo estaba haciendo bien, que soy un buen padre. Al final, el angelito quedo rendido por tales muestras de calor paternal, así que lo dejé allí tirado, para no despertarlo. Besé a mi hijo pequeño, al cual yo notaba ansioso por recibir también cariño. Pero aún era muy joven.

Subí las escaleras, no sin antes mirar atrás la bonita escena que había recreado en el salón. Era muy afortunado por tener aquella familia, y yo sabía que ellos pensaban lo mismo. Llegué a mi cuarto y me desvestí con sensualidad, no sin antes haber depositado mi gabardina negra en la lavadora. El amor de mi prole había salpicado a ésta con sus olorosos fluidos.

Me recosté encima de la manta. Era una noche calurosa, y, mientras pensaba en las lujuriosas experiencias que me esperaban por la mañana, olí mi axila y me dejé llevar por Morfeo.


CAPÍTULO III - La pérdida de un ser querido


No os voy a engañar; no siempre mi vida fue tan hermosa como lo son las historias que he contado hasta ahora. Trabajé día y noche por hacer de mi hogar un lugar feliz junto a mis hijos y a mi esposa, pero un hombre solo no puede luchar contra los designios del Señor Todopoderoso y contra las Moiras que tejen el destino.

El parque de juegos del jardín era maravilloso, porque lo había construido yo. En cualquier caso, se estaba quedando demasiado pequeño para mi primogénito, por lo que decidí hacer otro más apropiado para un chico de su edad. Me vestí con mi mono de trabajo favorito (es decir, me quité toda la ropa) y entré en mi galería. Mi padre la había mandado hacer medio siglo atrás, para guardar su magnífica colección pictórica y literaria. Igual que él, yo tengo predilección por los autores clásicos (motivo por el cual estudié la lengua griega durante mi juventud), de los cuales la biblioteca está repleta. No obstante, aporté a la colección títulos modernos sobre psicología, que es un tema que me fascina. Estoy particularmente orgulloso de poseer un manuscrito del volumen I de “Out of Mind”, del reputado doctor Christopher Morales, transcrito por él mismo. Era imposible que mi padre hubiera podido obtener esos libros durante su vida, porque la psicología es una ciencia del futuro, y no del pasado.

La galería estaba hermosamente adornada con motivos religiosos: La imagen de Cristo, en la más gloriosa vidriera que pudierase imaginar, artesanalmente forjada por mi abuelo; varios originales barrocos de autores tan destacados como Telemachio Arnolfini o su contemporáneo James Dubron y los frescos rescatados por mi tío de la ilustre Capilla Quintina, en Viena, que se quemó posteriormente en extrañas circunstancias.

Admiraba mi propia fortuna artística mientras bajaba al húmedo sótano de la galería, donde el padre de mi padre pintaba sus obras y donde mi padre se recreaba en la lectura de Edgar Allan Poe. Yo, en un alarde de altruismo, decidí, como ellos, dedicar aquel lóbrego sótano a aquello que más amo. Y así, comencé la construcción de otra sala de juegos para mis hijos.

Cinco noches pasé en vela, montando todo tipo de objetos divertidos y retorcidos, y haciendo mesas e inventando toda clase de instrumentos únicos con los que mis hijos pasasen el rato. Otro de mis talentos es la mecánica, ¿no lo había dicho?

El último día lo pasé haciendo los últimos retoques y hablando con mi obra, diciéndole lo perfecta que era y lo agradecido que le estaba por las horas de alegría que proporcionaría a mi descendencia. Las cadenas, en mi mente, me sonreían, y los punzones cantaban al son de mis villancicos, y las máscaras de hierro me guiñaban el ojo como si quisieran algo conmigo. Y exhibiendo en mi cara la más grande y blanca sonrisa que Helios, desde su carro, ha contemplado desde los albores del universo, salí de la galería, contento como nunca lo había estado.

Pero la Rueda de la Fortuna gira para todos, y cuando ésta está en lo más alto, sólo puede volver a bajar. Y así como el hielo se torna en agua, y como de un sentimiento nace otro, así mi alegría murió para dejar paso a la tristeza cuando entré en mi casa. Tiré las herramientas al suelo y quedé íntegramente desnudo ante el apolíneo hijo de mis entrañas, que yacía muerto en el suelo del salón.

Aparté a mi otro hijo, al que aún vivía, y abracé junto a mi mujer al más bello cuerpo infantil que mis ojos han visto. La soga alrededor de su cuello me hizo entender lo que había pasado, pero nunca, jamás entenderé el por qué de aquel mal, que corroía mi alma. Y abracé a mi mujer, derramando lágrimas. Y a los dos nos tomó el deseo de llorar, y lloramos abundantemente y con grandes gritos, como las águilas o como los buitres de corvas uñas cuando los pastores les arrebatan sus crías antes de que puedan volar. Así caían las lágrimas de nuestros párpados.
-¡Oh, infelice! ¡Ay, cuitado de mí! ¡Me achaca el peor de los males! ¡Oh, hijo mío! ¡El amor te hizo ser caótico!

Y lamí sus ojos, besé sus manos, y froté mi desnudo miembro contra el suyo, en símbolo de paternal unión. Y entonces sentí el olor de su pequeño ano, que es lo que primero se huele en los cuerpos muertos, pues éstos defecan tan pronto como lo son. Y recordé los buenos momentos, y parecía que había sido ayer cuando orinó por primera vez sobre mis rodillas.

-Esto es culpa tuya, ¿lo sabes? -Dijo mi mujer entre grandes sollozos- ¡Es culpa tuya!
-¡No digas eso, oh, esposa! -Respondí a mi mujer entre grandes bofetadas- ¡Y acompaña mis ayes de dolor con tus gritos! ¡Mis calamidades, innumerables! ¡Mi dolor, indescriptible!

Me aseguré de que mi mujer acompañara mis ayes de dolor con los suyos, tirando de sus cabellos y presionando su vagina con la rodilla, y luego busqué a mi único hijo, al único de mis espermatozoides que había fecundado un ovario para luego no suicidarse, y le dirigí estas aladas palabras:
-Sé que no comprendes lo que ha pasado porque eres pequeño y no sabes lo que ha pasado. Yo te lo diré: Tu hermano pasaba por una época mala. La educación que le he dado es sana y es la mejor, pero, a veces, las personas más cuerdas pierden el sentido común y se matan a sí mismas. Quiero que me prometas que no te matarás a ti mismo cuando yo no esté.
-Sí, papá -Dijo, llorando-.
-Te quiero mucho, cariño. Di que me quieres.
-Te quiero, papá.

Me despedí simbólicamente de él besando su pequeña boca. Mis labios, húmedos, acariciaban los suyos, jóvenes y torpes. Fue un beso largo.

Volví al salón y mi mujer me esperaba con un cuchillo en la mano. Yo volví a llorar, porque sabía que en aquel momento no le podía dar el amor de siempre, pues la tristeza empañaba mi corazón y mis genitales. Ella me cortó con el cuchillo, y yo se lo quité mientras le explicaba que no podía darle sexo y placer hasta que hubiera enterrado a mi primogénito. Ella no callaba, ¡tal era su pena! ni dejaba de insultarme, por lo que apreté con suavidad mi frente contra su nariz. Lo hice varias veces, hasta que quedó apaciblemente dormida, su rostro sublime mojado con la sangre que remitía sin pausa.

Y llovió el cielo sobre mi cuerpo desnudo, y mis ojos llovieron sobre el cuerpo de mi hijo, cuando la tierra reclamaba su cuerpo para sí, y yo lo enterraba con gran pesar en mi corazón. Supe que no volvería a verlo. Lo desnudé y lo lavé con el agua de la lluvia, y antes de despedirme de él para siempre, y al meterlo en su sepulcro, entré yo con él y hundí mi rostro, desmaquillado por el agua, en sus pequeños e inocentes genitales, que estaban cubiertos por el suave vello incipiente. Y los besé, los besé cien veces. Luego besé sus pezones pequeños y su imberbe cuello y su inerte boca. El barro mojaba nuestros cuerpos sin ropa.

Seis veces eyaculé sobre su cuerpo, que cubrí de besos y caricias antes de cubrirlo de tierra húmeda para siempre. Escogí cuidadosamente una de las lápidas sin usar, la más grande, y tras recuperar mis herramientas, tallé sobre la piedra el nombre de mi primogénito.

Esa noche no dormí en una cama, sino encima de la tumba de mi hijo.


CAPÍTULO IV - Aflicción por la pérdida


Desperté con el trasero hundido en la tumba de mi difunto hijo, con el rostro cubierto de lágrimas y vello púbico. Aún estaba muy apenado por los terrible incidentes que habían tenido lugar la noche anterior, y, que (y lo digo sin ánimo de acritud) habían fastidiado mis lujuriosas intenciones nocturnas en el bar de carretera.

Seguía apenado, así que decidí una cosa: a partir de ese momento me dedicaría en cuerpo y alma a mi maravilloso y vivo retoño, y haría con él todo lo que hice con su hermano y más. Porque como ya he dicho, me gusta ir un poco más allá.

Oí el chirrido del columpio, y supe que mi hijo jugaba en la parte central de la casa. Decidí empezar en ese mismo momento a exportar todo mi amor a mi hijo, como buen padre que soy. Le vi solitario y con un diario en la mano (en el cual seguro que pone cuánto me ama), le llamé y pareció comprender lo que estaba a punto de ocurrir, porque sus ojos denotaban lagrimas de alegría.

Le agarré con paternal afecto y le llevé dentro de la casa. Al vernos, mi mujer intentó abrazarme con sus delicados puños, pero con una caricia en sus senos propinada por un alicate le hizo comprender que esto era sólo para nuestro hijo y que tendría que esperar para ser amada, aunque me duela dar la espalda a esa vagina. Subimos por las escaleras y le metí en su habitación tocándole con la punta de mi falo en su pantalón. Y es que yo ya estaba desnudo y erecto por el cariño que iba a regalar.

Le acosté en la cama para adjudicarle unas suaves caricias en su ombligo, claro está, con mi húmeda y larga lengua, que estaba deseosa de consolar a mi hijo por la perdida de su hermano y que no paraba quieta, pues ya se había apoderado de los testículos de mi hijo. Siguiole esta lengua viperina en su ano, y yo, al verlo tan feliz de nuevo, no pude evitar meter mi miembro en su ojo. Le pedí que se desvistiera delante de mí, mientras yo me ponía sólo mi gabardina, y me echaba plácidamente en mi cama esperando que viniera a buscar su deleite. Cuando estuvo desnudo, me recordó a una célebre pintura del humanista griego Derfos Espatopoulos. Pero esto no viene al caso; sólo quería que vierais lo intelectual que soy.

Le hice señas con la mano a mi hijo para que se acostara a mi vera y cuando estuvo a mi alcance, empecé el ritual de consolación. Primero cogí sus genitales con mi puño, estrujándolos como si de una naranja se tratase y vi en él lágrimas de agradecimiento. Él sabía que éste era el juego preferido de su hermano. Seguidamente interné mi pie en su recto y le pedí que se ventoseára rápidamente. Seguí moviendo mi pierna como si escachara uva en la Toscana para fabricar ese dulce Moscatel llamado amor.

Cuando terminé, le propiné una paliza de amor. Le corté con mi cuchillo favorito, dibujándole un corazón en su nalga izquierda y poniendo mi nombre, para que siempre se acordara de mi, cuando volara del nido paternal. Luego jugamos a lucha grecorromana. Nos retozamos con nuestros cuerpos desnudos sobre la moqueta de su habitación. Él intentaba escapar de mi llave maestra, que consistía en agarrarle con mi miembro viril por el cuello y meter un dedo en su ano, pero por mucho que se resistió cayó derrotado, y un hilo de sangre bajó por su pierna, proveniente de su recto.

El pobre angelito quedó exhausto de tanto juego y deleite sexual. Lamí las aletas de su nariz y le dí un amoroso beso francés de buenas noches, cerré su cuarto con llave y acudí al mío. Allí estaba mi mujer.

Estaba deseosa de ser consolada por la muerte de nuestro primogénito, pero yo estaba demasiado cansado, así que solo le propiné tres puñetazos certeros en la vagina y le corté el himen. Me dormí viendo la maravillosa imagen de mi mujer tumbada en el suelo. Parecía un ángel bañado en brillante sangre.

A la mañana siguiente, una idea llegó a mi cabeza: una maravillosa ocurrencia que podría aliviar mucho dolor en el mundo. A partir de ahora no dejaría que ningún niño del pueblo fuera triste. Maravillado por mi nuevo objetivo vital, bajé a por mi desayuno.

En el salón estaban mi mujer y mi delicado hijo; la primera preparaba una deliciosa ensalada siciliana con alcaparras. Yo mordí sus senos con afecto y le dije que quería darle mi toque especial, así que eyaculé de forma incontrolada sobre aquella lechuga hoja de roble. Después de este momento culinario, reparé en mi hijo. Estaba sentado en la mesa, escribiendo en su curioso diario. Me acerqué a él y, metiendo mi lengua en su oído, le dije:

-¿Estás escribiendo lo mucho que quieres a tu papá? - Dije con voz aterciopelada-.
-Sí -Dijo, temblando de emoción al contemplar a su maravilloso padre-.
-Cariño, llévame un poco de ensalada a la sala de juegos. Hoy estaré allí todo el día, ¡Ah!, y prepara dulces, tengo algún pequeño invitado hoy - Dije a mi mujer-.

Salí y respiré el aire puro, enfilé la colina que conducía al pueblo de Rochester, donde seguro encontraría algún niño cuitado. Al llegar, mi atención fue captada por el colegio de la villa, donde acababa de sonar la campana que anunciaba el recreo. Abrí la verja trasera y pasé al patio. Iba un poco lento, ya que llevaba los bolsillos llenos de cuerdas y caramelos.

Vi a un pequeño granuja sentado bajo el árbol central del patio. Se llamaba James, y fue el primer niño al que rehabilité. Le ofrecí caramelos y juguetes, que estaba seguro de que le encantarían y le harían feliz. Me acompañó de regreso a mi casa y entramos en la galería que conducía al salón de juegos. Abrí el portón que conducía al nivel subterráneo.

Una vez en nuestra sala, le amordacé para que disfrutara más de su estancia allí (todos sabemos que los niños no llegan a concentrarse bien si no están quietos, así que sólo lo hice por su propio deleite). Le puse en una mesa y propiné varios cortes con mi maravilloso cuchillo sobre su caucasiano brazo. Le dije que sería la prueba de que seríamos amigos para siempre.

Luego le electrocuté con cuidado en sus poco desarrollados vellos escrotales con una máquina que compré en una de estas tiendas orientales.

Y bueno, ya sabéis mi debilidad por el aparato excretor de la gente, y este niño no podía ser menos querido que otros, así que cogí mis tenazas tenebrosas y se las inserté en su angelical recto. Las abría y cerraba una y otra vez, y nuestra amistad se acrecentaba como mi amor hacia los niños.

Cuando terminé con su ano, limpié los alicates con mi perfecta lengua y le desaté, pero ¡Oh, maldito destino, maldita mala estrella que se cierne sobre mi cabeza! le corté sin querer una de sus angelicales venas. Y en mi fulgor de amistad, se había desangrado. Pobre zagal, ¡ahora que conoció el amor! Pero gracias a él, pude sentir de verdad que esto era lo mio, mi verdadera vocación, y lo mejor que podía hacer por el planeta tierra, así que a partir de ese día me dediqué en cuerpo y alma a ello.

Después de James vinieron muchos más. María, Richard, Carmen, Andrés, Kevin, Arturo, Vicente, son solo un ejemplo de todos los niños a los que introduje de nuevo en la senda del amor y la sensualidad.

Hubo una de estas reinserciones especialmente bonita. Invité a seis niños a mi salón de juegos. Allí les hice lamer mi cuerpo de arriba a abajo, olerlo profundamente y darme pequeños mordiscos en los genitales, como si de pequeños roedores se tratase. Luego les pedí que se descubrieran entre ellos. Me sentía como Hitler ordenando a cientos de Alemanes y Alemanas dentro de un hangar a que copularan para tener una raza perfecta, pero yo lo hacía con cariño y sin animo de hacer daño, sólo para que esbozaran una sonrisa en sus perfectas bocas.

Luego saboreé sus paladares uno a uno, y les coloqué en fila para recibir el culmen del amor, el semen. Fui eyaculando sobre cada uno de ellos, como bendiciéndoles y otorgándoles la sagrada hostia y vino, sangre de Cristo. Al final todos estaban tan felices y llenos de cariño que sentí que estaba haciendo bien mi trabajo. Desgraciadamente, tuve un accidente, ya que se cayeron uno a uno a mi foso de juegos. Pero no me entristecieron sus muertes, porque ya habían alcanzado el cielo en vida conmigo. Después de este periplo, me percaté de que hacía tiempo que no deleitaba a mi mujer con el suave derecho conyugal. Así que acudí raudo a nuestra habitación.
- Hoy tengo un regalo para ti, amor mío – Dije, con suave voz de querubín-.

Allí la até y le clavé chinchetas por todo su suculento cuerpo, para luego crucificarla en la pared de la habitación. Luego me retracté en mi propio onanismo, mientras veía como se desangraba ella. De sus cortes salía algo rojo, pero no era sangre: era agradecimiento y amor.

Eyaculé sobre su bello pelo negro, y la miré a los ojos.

-Te amo.
-¡Suéltame jodido loco! - Dijo con afecto-.
-No digas nada – Le pedí en tono amoroso poniéndole un dedo en los carnosos labios-.

Mordí sus pezones como si yo fuera un recién nacido y encendí una vela para derretírsela en... Bueno, querido lector, ya sabes cual es mi lugar erógeno preferido.

Mientras seguía con mis lujuriosas muestras de cariño hacia mi esposa, oí como se abrían los candados que tenía a la entrada de mi habitación.

La puerta está abierta.


CAPÍTULO V - Una nueva tragedia
/>Entró mi hijo, empuñando un cuchillo de la cocina, el más afilado. Fruncí el ceño, porque todos los padres necesitan momentos a solas con sus esposas, y los niños a menudo estorban. Me planteé castigarle sin su postura favorita, pero luego me di cuenta de que sería muy injusto hacer eso. Al fin y al cabo, llevaba casi un mes sin pasar por casa, pues me había dedicado al placer del cuidado de los niños del vecindario. Decidí dejarle disfrutar de los juegos con su mamá. Apenas di un paso para abrazarlo, cuando me dijo:
-¡Déjala en paz, maldito bastardo!

Me frené en seco. Era la primera vez que mi hijo me hablaba así, y me acordé de las impertinencias de su hermano. Está en la edad, pensé. Quise arreglar las cosas mediante el diálogo, porque me daba miedo que el pobrecito, afligido por la pérdida de su hermano, hiciera una tontería.
-¿Te estás sublevando, mi niño? -Le dije, en tono amable- ¿No quieres sentir el placer y el sexo conmigo? Sé que te gustó.

Me acerqué de nuevo para abrazarlo, porque era pequeño y había sufrido mucho. No necesitaba la Sagrada Fuerza Paternal, sino mis cariños.
-No volverás a dañarnos... Todo se terminó. Todo se terminará en este instante -Dijo, el cuitado, en un evidente estado de shock-. ¡Conocerás el terror!

Al oír esto, me di cuenta de lo que estaba pasando. El pobrecito quería llamar la atención. Es natural, con esas edades, hacer ese tipo de cosas. Se me lanzó encima para clavarme el cuchillo, y yo le abracé con fuerza y besé sus párpados húmedos. Su cuchillo cayó al suelo, haciendo ruido, y él se puso a llorar desconsoladamente.
-Eh, coleguilla -Le dije, haciendo uso de todos los libros de psicopedagogía que había leído a lo largo de mi vida-. No tienes que ponerte a llorar por esto. Tampoco tienes que hacer estas cosas para que tu padre te haga caso. Te quiero, y siempre voy a estar aquí para ti.

Y ambos lloramos, como los buitres de corvas uñas que mencioné antes en la narración, y besé su dulce cabellera y acaricié su mejilla. Mi mano se deslizó con suavidad dentro de su pijama, y apreté la nalga donde le dibujé el corazón con mi nombre. Sosteniéndolo aún en mis brazos, me acerqué a su madre querida.
-¿Has visto las cosas que hace nuestro hijo? Se está haciendo mayor.
-Estás enfermo -Dijo, llorando ella también-. Muérete de una buena vez.

Nos unimos los tres en un cálido abrazo familiar, aunque mi esposa no pudo abrazarnos porque estaba crucificada. Por eso, simplemente nos apretamos contra ella, manchándonos de su dulce sangre. Mi hijo intentó soltarse de mí, así que pisé su pequeño cráneo con mi bota izquierda, justo encima del charco que habían dejado las heridas de su madre. Los Dioses que habitan bajo el ancho Urano extendieron el dulce sueño sobre sus párpados mientras yo los pisaba.

No sé cuánto tiempo estuve extasiado, lamiendo a mi mujer, que me alimentaba como el néctar de los áureos tronos del Olimpo, pues estaba cada vez más mojada. Como las vaginas se mojan cuando se excitan, supuse que mi mujer debía estar muy excitada, porque aquel líquido sabroso inundaba el suelo e inundaba mi ropa y mi lengua al brotar de las heridas. Y mientras, yo seguía corriéndome, sin cesar, encima de mi niño querido, celebrando la felicidad de mi familia, reconstruida tras la tragedia, junta de nuevo a pesar de las desgracias que nos separaban.

Cuando también mi mujer terminó de chillar y el agotamiento se apoderó de ella, yo me dejé caer sobre el suelo, chapoteando, y cerré los ojos. Recuerdo que, antes de dormirme, estuve explorando a ciegas mi propio ano, con una mano, y el de mi hijo con la otra, buscando las diferencias como en los juegos que ponen en algunos periódicos en las páginas del final. Aquello me ayudó a conciliar el sueño mejor que mis drogas habituales.

Cuando apareció la Aurora de rosados dedos, mi hijo seguía con los ojos cerrados, y mi mujer también. Del mismo modo que un enamorado se despierta al día siguiente de culminar por primera vez su amor, así me levanté yo, sin saber lo que me esperaba.

Sé que no es justo escribir sobre una vida plena y maravillosa llena de alegrías y de regocijo para terminar contando la peor de las calamidades, pero tampoco es justo no hacer honor a la verdad y ocultar las partes duras de la historia, como se oculta el búho por el día. Es triste ver cómo a las mejores personas les sucede lo peor.

Me incorporé y me puse los pantalones, y me coloqué bien el cuello de la gabardina. Me desperecé, y abrí las persianas para dejar entrar la luz en la habitación. Un gran bostezo saludó de mi parte al sol, acompañado de una gloriosa erección. Luego me acerqué a mi hijo, tumbado en el suelo, y lamí su pequeña oreja, como siempre hago.

Sólo una cosa fue diferente aquella mañana respecto a las otras. Mi mujer no se despertóc inmediatamente, resacosa y con ojeras. Estuve algunos minutos contemplando sus tetas, que flotaban, etéreas, con la suave brisa de la mañana y se mecían, y su cuerpo clavado en la pared.

Lo que tardé en advertir fue lo que yacía en el suelo, entre sus dos hermosas piernas, junto a la cabeza de mi hijo. Flotando en la sangre.

Grande como una piedra.

Marrón.

Blandito.

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Sir Christian Platanito publicó también unos agradecimientos al final de su libro, que incluimos aquí:
"Out of Dad está sin duda basado en un videojuego de Azrael llamado Out of Mind, y los personajes que aparecen en la obra son fruto de su genialidad, así como algunos de los diálogos. Las ilustraciones de mi obra son grabados originales del pintor barroco James Dubron."

Y ahora, todo el mundo a jugar a En el silencio del alma.

#161 - High Five (II)

Por: Alien y Shaoran
Nº: 161
Nombre: High Five (II)

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