Abrimos esta nueva sección con la colaboración de nuestro maestro PP. En ella, podréis enviarle todas vuestras preguntas sórdidas y de extensidad relativa.
Tenéis dos opciones:
Adelante, buscad el sentido de la vida en sus respuestas.
PD: Cada dos semanas postearemos los mejores mails con su respuesta. Podéis enviar todas las preguntas que queráis.
Seguimos con la publicación de ROY IV. En este maravilloso segundo libro, nuestro querido protagonista se vuelve más complejo, así como sus aventuras. Nuevos personajes, nuevas aventuras, nuevos chistes de penes, más amor, menos pederastia, más amor homosexual...
LIBRO II:Capítulos 6, 7, 8, 9, 10 y 11
Capítulo VI: Antonio
-Deus te abençoe! -Me dijo. Nuestra primera conversación- -¿Disculpa? -¡Ja, ja! -Rió, jovial-. Te tomaba el pelo. No sabes portugués, ¿no? -No... -Me llamo Antonio. Tú eres Roy, ¿verdad? Es una casualidad que nos hayamos encontrado. -¡Antonio! -Exclamé- ¿El sobrino de mi amigo Francisco? -No, no. El Antonio de “El mercader de Venecia” -Replicó-. No te jode. -Eres muy divertido -Dije, riendo-. -Gracias -Su hermosa sonrisa iluminó mi alma. Antonio tenía la gracia de Dios-. Acabo de llegar del avión, y no sé dónde está la parroquia de mi tío. ¿Me puedes echar una mano? -¡Te puedo echar dos! -Respondí, haciéndome el gracioso también- ¡Ja, ja, ja!
Hubo una pausa muy larga, en la que el admirable Antonio intentaba discernir si aquello era una broma o lo decía en serio. -¿Me llevas a la parroquia? -Concluyó- -Sí, por supuesto.
Al principio me costó charlar con él, porque soy especialmente tímido con los chicos de mi edad, pero era muy fácil hablar con Antonio y en seguida te hacía reír o te contaba una anécdota divertida, y así charlábamos mientras le conducía a la parroquia. No me atreví a contarle aún la muerte de don Francisco, y no sabía si relatarle la verdad. No podía manchar yo mismo la imagen del cura mintiendo respecto al asesinato de Arturo. -...Y entonces va y me dice: “¡Vaya, Antonio, realmente sabes mucho sobre percebes!” ¡Ja, ja, ja, ja! -¡Ja, ja, ja, ja! Ay... -¡La Virgen! Jamás me sentí tan incómodo como ese día, te lo aseguro. ¡Ja, ja! -¿De dónde sacas estas historias, Antonio? Has viajado mucho, ¿verdad? -He visto todos los países de Europa sin excepción, y he estado en muchos otros de América. Una vez, en el Amazonas, convertí a la fe cristiana a cinco tribus indígenas distintas. ¡En una de ellas, los hombres iban desnudos y llevaban el rabo atado con un cinturón, así, hacia arriba, para que no se les cayera el glande sobre un hormiguero, o algo! -¡Qué hilarante! -Yo les arrebaté esa antinatural costumbre y les expliqué que el cuerpo era algo vergonzoso que debía ser ocultado a las mujeres. Su visión induce al pecado, les dije. -Vaya, no sabía eso -Dije, sorprendido-. -¡Yo tampoco, ja, ja! ¡Me lo inventé para que sólo las chicas fueran destapadas! -¡Qué inteligente, Antonio!
Poco después llegamos a la iglesia, y para entonces yo ya sentía un vínculo de afecto muy fuerte hacia el joven sobrino de mi querido Francisco. Su apariencia de mochilero cristiano me embrujaba y me empujaba a ser más como él. -Es ésta, ¿verdad? Es grande y recia, como ha de ser -Me miró y me guiñó un ojo-. Y la iglesia, también.
Las risas continuaron hasta que nos sentamos para rezar, y admiramos la figura de Jesús en la cruz, y las imágenes de los santos. Mientras supuestamente esperábamos al padre Francisco cantábamos canciones hermosas, en honor a Dios:
El amor del Señor, es tan maravilloso el amor del Señor. Es tan maravilloso el amor del Señor. Es tan maravilloso. Maravilloso amor. Y es que es tan alto que se sale por arriba y es tan hondo que se sale por abajo y es tan ancho que se sale por los lados. Maravilloso amor.
No pude empezar a cantar el estribillo de “Heme aquí, envíame” antes de derrumbarme y llorar amargamente ante el recuerdo de don Francisco. Antonio, con la sensibilidad como estandarte y la amabilidad como premisa, me preguntó por qué lloraba. Intenté mentirle diciéndole que había sido incapaz de resolver un problema de tiros parabólicos, pero no fui suficientemente convincente. Finalmente le revelé la verdad respecto a su tío, con pelos y señales, incluyendo mi beso con Cecilia y mi consumación como cristiano, y el último deseo de Francisco. -Y esta es la urna, de la que me hizo entrega sor Angustias del Alma -Dije, extrayendo de mi mochila las cenizas de mi amigo-. Prometí a don Francisco que las arrojaría sobre el baldaquino. -Esa será tu penitencia y tu redención, Roy -Dijo con tono solemne Antonio-. Francisco murió por tus pecados, como Jesucristo, y tú serás como San Pedro. Será redundante, que San Pedro vaya a San Pedro. Como me alegro de que sus padres le pusieran de nombre Francisco y no Pedro. -Gracias por tu comprensión, Antonio. Me habría gustado pasar más tiempo contigo, pero tengo una misión. -Mañana podríamos quedar también, Roy -Propuso con afecto-. No hay tanta prisa y quiero conocerte mejor. -Oh, no, hoy no puedo dormir en mi casa. He reñido con mis padres. -¿Y eso? -Creen que soy maricón. -¡Ah! ¿No eres maricón? -No, Antonio.
Entonces Antonio me ofreció coger mi maleta y venir a vivir a la iglesia hasta que partiera a Roma. Él también se hospedaría aquí, y podríamos dormir en el aposento de don Francisco. Acepté la propuesta, y regresé a mi casa para coger mi maleta y a Sirope. -Madre -Dije a mi madre-. Me voy. -Adiós, hijo, no vuelvas tarde. -No, mamá -Me quejé-. Digo que me voy. Para siempre. -¿En serio! -Exclamó, con tono esperanzador. En seguida recuperó la compostura- Tú no te vas a ningún lado. -Lo ha dicho papá, que no me quiere ver cuando vuelva. -Tu padre chochea. En fin... Vale, lo que tú digas -Dijo, en tono resignado-. Esta noche hay salchichas, si se te enfrían no es culpa mía. -¡No voy a volver! -Grité- ¡Tengo que ir a Roma a cumplir la promesa que le hice al padre Francisco! -Cierra la puerta cuando salgas.
Solté un bramido de impotencia y frustración ante la condescendencia de mi madre, y salí raudo en dirección a la iglesia, con Sirope al hombro y con la maleta. Mi madre se arrepentiría de sus palabras, ¡y tanto que lo haría! Le demostraría que tengo amigos y que hago cosas por ellos. Y que no soy gay. ¡Y que me iría a Roma, tal como dije! -¡Vaticano, allá voy! -Grité, en mitad de la calle- ¡SAN PEDRO! ¡SAN PEDRO!
Capítulo VII: Amaos los unos a los otros
Llegué a la parroquia con todas mis pertenencias, deseoso de charlar toda la noche con Antonio.
Me estaba esperando en el altar con un pollo asado que había comprado en la tienda de la esquina. Tenía una pinta fabulosa. Era un chico estupendo.
-La cena está servida – Dijo canturreando el mozo – Espero que te guste el pollo, y su hembra también, ¡ja, ja, ja!-. -Sí, gracias, tengo mucha hambre – le contesté sentándome en una de las sillas para monaguillos-.
Deposité mis cosas en el suelo con cuidado y puse a Sirope en la mesa, junto a una copa de vino.
-Vaya, que peludito y blando – me dijo Antonio – Y el mono también, ¡ja, ja, ja!-. -Eres muy gracioso, Antonio – Me lo paso genial contigo-. -Eres un buen tipo, Roy – Ya entiendo por qué le gustabas a mi tío-. -¡No soy maricón! - dije furioso, aunque comprendí que no lo había hecho con ninguna maldad – Perdona, estoy un poco nervioso, quiero caerte bien-. -“Amaos los unos a los otros”, ¿te suena, Roy?-. -Sí, lo dijo Jesucristo-. -Exacto, era la cita preferida de mi tío Francisco – Comamos, amigo-.
Pensé que iba a llorar de la emoción, al fin tenía un amigo de mi edad, alguien de carne y hueso, alguien con boca, manos, piernas, pene, en definitiva, un hijo de Adán.
Cenamos hasta la opulencia de nuestros estómagos, entre chistes fálicos y risas incontroladas. Eramos dos incipientes adolescentes con pelillos en el escroto y no había nada mejor para nosotros que estar en compañía del otro.
Durante los días siguientes hicimos muchas cosas en la parroquia.
Intenté ayudar al máximo a Antonio a reformarla ahora que él se iba a ocupar de ella. Limpiamos el campanario de orines y excrementos de pájaros y humanos, incluso encontramos un negro y a su familia viviendo dentro de la campana. Eran simpáticos.
Entramos a la habitación de Don Francisco para ponerla a gusto de mi nuevo amigo. Encontramos cosas muy divertidas y fascinantes allí. Un monje de juguete que se activaba al pulsar su cabeza y que accionaba un mecanismo que hacía que la sotana de este se levantara a causa de un pene erecto escondido en las ropas del hombre. Estuvimos 1 hora entera dándole al botón.
También vimos numerosos baberos de niños, pero no sabíamos por qué estaban allí, así que los quemamos.
Sobre su escritorio vimos unos manuscritos con el título “En el Silencio del Alma” de el escritor Polaco Azael. Estuvimos leyéndolos un buen rato y deleitándonos con su magnífico vocabulario y sus escabrosas historietas, que me pusieron bastante erecto en algunas partes. A Antonio también, pero cortó la tensión imitando al juguete del monje.
Cuando colgamos un poster de “Bardos del infierno estratosférico” encima de la cama, decidimos que el cuarto estaba acabado y nos fuimos a comprar algo para comer después de ese duro día de trabajo.
Conseguimos una ensalada de pasta y unas albóndigas con tomate en “Casa Pepe”, además de dos refrescos que sacamos en la máquina de la plaza.
Los dos pensamos que sería una buena idea ir a comer junto a la playa, para luego darnos un chapuzón y refrescar nuestros sudados cuerpos, así que bajamos hasta la costa.
Nos sentamos en la arena y disfrutamos de la comida. Antonio me hizo el truco el plátano en la ensalada de frutas; metió su pene por debajo del recipiente y se lo toqué sin darme cuenta. Los dos reímos.
Cuando terminamos nos pusimos a hablar un rato, mientras veíamos las flácidas tetas de las viejas que hacían topless en la playa y una patera a lo lejos, que se hundía.
-Roy, tengo algo que decirte – dijo Antonio cogiéndome de la mano-. -Pero, nos conocemos hace poco y yo creo que me gustan las mujeres – pero puedo probar-. -No, no, te quería proponer una cosa-. -Dime-. -¿Puedo ir contigo a realizar la última voluntad de mi tío? - me dijo mirándome a los ojos-. -Pensé que no me lo pedirías nunca – si no vienes conmigo, probablemente muera sodomizado-. -¡Entonces genial! - Dijo levantándose – celebremos esta alianza con un baño, como si fuera nuestro bautizo como hermanos-. -¡Pero no he hecho la digestión!-. -Eres un maricón gilipollas – dijo sonriendo-.
Nos bañamos un buen rato y volvimos por la noche a la parroquia, donde pasamos horas hablando y bebiendo mosto hasta la madrugada.
A la mañana siguiente empezamos a trazar nuestra ruta de viaje para llegar a El Vaticano.
Estábamos en la habitación de Francisco acostado en el suelo y con un gran mapa delante nuestro. Yo tenía una libreta donde apuntaba todo.
-Yo creo que deberíamos parar en Venecia – le dije a Antonio – Después entramos a la Toscana y nos quedamos en Florencia. Y por último nos preparamos en Roma para acabar la misión-. -Me parece bien, amigo – Podríamos ir a visitar a mi amigo Marco en Venecia. Es un tipo singular, seguro que nos recibe desnudo y rodeado de negros sodomitas-.
Al verme un poco preocupado añadió:
-Pero tranquilo, no haría daño a una mosca-.
Antonio tenía bastante dinero ahorrado, pero necesitaríamos un poco más para completar todo el viaje con comodidad, así que fui a pedirle a mi Madre el dinero.
El día antes de partir, fui con mi camiseta más naranja y toqué la puerta de mi casa.
Mi madre abrió y se la veía visiblemente preocupada, parecía que acababa de terminar de llorar.
-¿Qué coño quieres?, estoy ocupada-. -Necesito dinero, mamá – le dije con voz suplicante-. -Ahora estoy ocupada, márchate-. -Yo ya me voy, ya me he corrido – Dijo una tercera voz perteneciente a un mulato de 2 metros que salía sin camisa por la puerta de mi hogar – Ya vendré otro día-.
Mi madre me hizo pasar y empezó a rebuscar en la cartera de mi padre, que ya había llegado del reparto y estaba en el bar.
-Toma, 554 euros, todo lo que tiene el hijo de puta en la cartera. - dijo tendiéndome el dinero-. -Ah, vale, muchas gracias – Dije mirándola, esperando un beso maternal o un “Te echaré de menos”-.
Me dio una patada y cerró de un portazo.
Fui corriendo a enseñarle a Antonio el magnífico botín que había recaudado, lo encontré en el parque, alimentando a las palomas.
-¡Antonio, mira todo el dinero que tengo! - dije agitando los billetes como un proxeneta neoyorkino-. -¡Eh, genial! - ¿Tu madre es prostituta?-. -¿Qué?, no-. -Bueno da igual, ¡mañana partimos! - dijo elevando los brazos al cielo-.
Esa noche hablé con Sirope. Estaba muy excitado por el viaje; nunca habíamos salido de Santa Pola. Hablamos de matemáticas hasta que me dormí con él entre los brazos.
A la mañana siguiente, Antonio vino desnudo y mojado a despertarme, se acababa de duchar.
-¡Vamos dormilón! - dijo mientras su inquietante falo se balanceaba de un lado a otro – ¡Es hora de partir!.
Me vestí y bajé a la puerta de la parroquia con todo listo y con Sirope a las espaldas.
Allí encontré a Antonio, ya vestido, esperándome con una gran sonrisa y con su gran mochila al hombro. Era hora de marcharse.
Estábamos muy animados y dicharacheros y el camino hasta la salida de Santa Pola nos pareció muy placentero. Era demasiado perfecto. Y aunque todo, desde un péndulo hasta los pechos de una mujer, tal como sube, baja, ese era el momento de disfrutar.
Capítulo VIII: De cómo Roy y Antonio comenzaron su viaje
Las llanuras de Santa Pola eran tan silenciosas como amarillentas. La tierra era un tanto seca, y los escasos árboles que circundaban el camino se parecían más a los de la sabana africana que a los de un bosque de encinas. En el horizonte se veían las carreteras comarcales a un lado y el océano al otro. Detrás de nosotros, y cada vez más pequeña, insignificante y pretérita, Santa Pola. -Roy -Dijo mi amigo- ¿sabes por qué empezamos de este modo el viaje? -Porque lo has dicho tú, Antonio -Respondí-. -¡Exacto! -Exclamó- ¡Roy, bájate los pantalones y haz la hélice! -¿Qué? -Pregunté, perplejo- -Es broma, te estoy tomando el pelo. -Ah, lo siento, no entendí la broma -Dije, subiéndome de nuevo los pantalones-. -No tienes que hacer todo lo que te digo que hagas, ¿sabes? Eres un hijo de Dios, y como tal, tienes libre albedrío. Sigue los dictados de tu corazón, y por encima de ellos, los de la Biblia y los de Dios. No la voluntad del ajeno. -Pero tú eres mi amigo, Antonio. -Eso no me da derecho a controlarte. Mi autoridad sobre ti, no lo negaré, es grande, pero no absoluta. Recuerda esto, siempre. -Vale, Antonio, lo recordaré -Dije, sin entender ni una palabra de lo que había dicho-. -Esto que acabo de explicarte está relacionado con la pregunta que te he hecho hace un rato. ¿Sabes por qué comenzamos de este modo el viaje? -No tengo ni idea... -En seguida lo sabrás.
Antonio me guió hasta las orillas del río Henares, que discurría cercano al camino, para morir en el océano. La vegetación era más abundante en aquel lugar, y me pareció perfecto para crear la sede de un clan secreto de matemáticos. Las intenciones de Antonio iban por otros senderos, pues se acercó a un grupo de dos pescadores que trabajaban en el río sin descanso, echando las redes. Y les dijo con voz autoritaria: -Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.
Para mi sorpresa, al instante soltaron sus redes y siguieron a Antonio. Nos dijeron que sus nombres eran Patroclo de Sevilla y Romeo el cazador de ballenas, y nosotros nos presentamos a ellos. Llevaban el torso desnudo y sucio, así que Antonio y yo tuvimos que quitarnos también la camiseta para abrazarlos en común unión. Como hacía calor, decidimos que no la llevaríamos puesta hasta que llegáramos a Venecia. -A esto me refería, Roy -Dijo-. Esta gente no me ha obedecido a mí, ¿sabes? -Pues juraría que es exactamente lo que han hecho. -No, te aseguro que no son unos mequetrefes autistas en una crisis de personalidad, a diferencia de otros. -¿Qué? -Lo que yo digo es que me han seguido -Prosiguió- porque vieron a Cristo en mis brazos y mi lengua y en mis atributos varoniles, que se intuyen por la silueta de sus abultadas dimensiones. Han visto la luz, como la vio Pablo de Tarso. Él era un cazador de cristianos, en la época en que los césares bebían vino y comían sandía en grandes banquetes. Pero un día, cuando iba de camino a hacer una de sus fechorías, una luz lo cegó y la voz de Cristo le habló. Pablo cumplió su penitencia y la vista le fue devuelta, y usó su sabiduría y su influencia para dar a conocer la palabra del Señor en todo el mundo. Luego lo mataron. -¿Qué relación tiene todo esto con nuestra misión? -Que seguramente Patroclo y Romeo tengan una barca y nos puedan llevar a Venecia. Esa es la relación.
Antonio y yo chocamos las palmas de nuestras manos en símbolo de amistad, y volvimos a abrazar a Patroclo y a Romeo antes de pedirles que nos llevaran a Venecia. -Pero, pisha, ¡nozotro zolo tenemoh una barquisuela de ná! -Se quejó Patroclo- ¿Cómo ó vamoh a shevá a Venesia, que vete tú a zabé dónde eztá? -¡Yarr! ¿es que no crees en la fuerza del Señor? -Le regañó Romeo- Con su voluntad completaremos cualquier tarea que nos sea encomendada. Además podremos pescar tanto ballenas como hombres en el viaje, de los cuales el Mediterráneo es sabido lleno. -Así se habla, Romeo -Confirmó Antonio-. Con vuestra ayuda y con la de Dios llegaremos a Venecia.
Y nos llevaron al embarcadero, a un par de kilómetros de distancia. Por el camino nos contaron sus historias. Patroclo era un famoso diseñador de ropa, pero se enfrentó al dueño de la cadena Zara, el infame John Zara, quien hundió para siempre su carrera con malas artes. Nos prometió que nos cosería durante el viaje unas gabardinas hechas de red de pescar, ahora que no volvería a pescar otra cosa que hombres. Dijo que en la siguiente temporada estaríamos a la última. Romeo no tenía un pasado oscuro, pero sí muy largo, pues actualmente rondaba los ochenta años de edad. En su juventud luchó en la Guerra Civil Española, y en la Guerra del Golfo. Luego luchó en Iraq e inmediatamente después dirigió varias películas basadas en obras de Marlowe, que tuvieron tan escaso éxito que lo catapultaron al mundo de la pesca de ballenas. Pasó en Japón varios años cazando narvales, cuyos cuernos conserva ahora en la casa de su madre, y luego se exilió a Santa Pola, lejos del mundanal ruido, para pescar junto a su nuevo amigo Patroclo.
Yo escuché, extasiado, los relatos de nuestros nuevos amigos. Antonio intercalaba bromas durante el transcurso de las narraciones, y los tres reíamos al son de sus jocosos comentarios. Cuando llegamos al pequeño embarcadero, Antonio sugirió que comulgásemos antes de partir. Dijo que no necesitarían a un sacerdote, ya que estaban en medio de una peregrinación y eso permite comulgar sin sacerdote. Supuse que era cierto. Después de comer la carne de Cristo y beber su sangre, me sentí lleno de energías para el viaje.
La barca de Patroclo y Romeo era muy pequeña, y apenas cabíamos todos junto a los remos, por lo que no pudimos introducir comida. Metimos nueve botellas de zumo de frutas y nuestras maletas, y ya íbamos bastante apretados. Teníamos la esperanza de poder superar el primer tramo del viaje, cuyo destino sería la Isla Secreta de Tritonia, un santuario sólo conocido por los pescadores y los peregrinos errantes, y por Google, desierta en apariencia, pero repleta de misterio. Con un poco de suerte, allí podríamos resguardarnos de la tormenta que vendría dos días más tarde, según los pronósticos de Romeo. Cuando se calmara el tiempo y hubiéramos repuesto nuestras reservas de comida con las frutas exóticas de Tritonia, el camino hasta Venecia resultaría un paseo por el parque.
Y así, a las doce, tras rezar el Angelus, comenzaron Patroclo y Romeo a remar. Harían todo el trayecto remando, con las fuerzas que les diera el Señor, pues carecíamos de velas. Comprensible, teniendo en cuenta que eran pescadores de agua dulce. -¡Me siento como un pirata! -Dije, entusiasmado, cuando las orillas de Valencia se alejaban de mí- -Yo fui en mi juventud capturado por piratas, niño -Dijo Romeo con tono melancólico, y me sentí muy mal por haber hecho aquel comentario-. En las Indias Orientales, cuando trabajaba de almirante para Isabel II, un viejo capitán español llegado a menos y que se dedicaba al comercio ilegal de panceta ahumada (lo que podríamos llamar un baconero) abordó mi barco y eliminó a mis camaradas... Sólo me dejó vivo a mí, pues me encontró realmente atractivo. Cuando me llevó a su camarote para pervertirme, y se despojó de sus ropas, descubrí su secreto: No era un viejo capitán español llegado a menos. Era de Holanda, tenía veinte años, se había enamorado de mí y se llamaba Mary Augusta. Fue mi primera mujer. La quise como nunca he querido a ninguna mujer... Sólo amo ahora a una mujer, y es a la Virgen María. Gracias a ti, Antonio. -El chiste del baconero -Le respondió- ¿te importa si lo uso yo? -¿Qué chiste?
Y los dos nuevos pescadores de hombres remaron y remaron, mientras el cielo seguía oscureciéndose. El cielo era tan hermoso que Antonio y yo nos dedicamos a hacernos fotos para subirlas a alguna red social de Internet. Aún estábamos sin camiseta, y como yo soy muy pálido, le pedí a Antonio que me echara crema por la espalda y los hombros. Cuando lo hizo me ruboricé, porque su contacto me seguía abrumando por su suavidad. Patroclo se rió al ver mi erección, y pronto la contagiosa risa inundó la embarcación.
Cayó finalmente la noche, y Romeo nos dijo que faltaban todavía algunas horas para alcanzar Tritonia. De noche resultaría difícil alcanzarla, así que decidimos detener la embarcación hasta que amaneciera. Dedicamos la noche a beber zumo de frutas y a contar historias de miedo. Las más tenebrosas eran las de Romeo, aunque lo habrían sido las de Antonio, si hubiera resistido las ganas de soltar chistes en cada escena, por lo que no nos dio mucho miedo ninguna de las suyas. Yo cuando intentaba contarlas me liaba y las explicaba mal, y en las partes más oscuras yo me daba miedo a mí mismo y gritaba como un niño. Llegué a orinarme encima, aunque me dio tiempo a levantarme y soltar parte de la carga en el mar. Cuando vieron mi aparato reproductor, rieron por su tamaño y compararon los suyos, siendo Antonio el ganador. Patroclo me explicó que entre los marineros es muy habitual tener roces más allá de la amistad, por la falta de mujeres. -Zabeh, eh mu típico que loh marineroh ze den por culoh.
Luego cantamos canciones a la luz de las estrellas, antes de que el dulce sueño se apoderara de nosotros.
Capítulo IX: Tritonia
A la mañana siguiente experimenté mi primera resaca.
Sí, ya sé que era zumo, pero es que yo solo había bebido agua hasta ahora. Los refrescos y bebidas edulcoradas me parecían para gente sin intelecto y sin higiene bucal.
Debí haber bebido mucho esa noche, porque cuando me desperté, tenía el dedo corazón de Patroclo dentro del recto.
-¿Ké paza, pisha? ¿te gustó lo de anoshe? - dijo con su voz ronca de marinero-. -No le contemos esto a los demás, ¿vale? -contesté avergonzado-. -Zi no pashó nada, mi armah. No me gustan loh vírgeneh. -Mejor así.
Cuando los demás estuvieron en pie, volvieron a comparar sus penes, aprovechando la erección matutina. Antonio ganó otra vez. Desayunamos zumo para quitar la resaca y continuamos la travesía.
Me ofrecí a izar las velas, pero luego me dí cuenta de que nuestra barca era una mierda, así que Romeo se puso a remar muy animado, diciendo que Tritonia estaba muy cerca y que nos llevaría a un prostíbulo donde le hacían descuento y ponían unas tortillas de ajetes exquisitas.
Yo estaba intrigado por ese paraíso que ellos describían como Tritonia, así que le hice un par de preguntas a Romeo, mientras Antonio y Patroclo, en la popa, luchaban con sus falos como si fueran piratas, como en su día hizo Barbarrisueña.
-Oye, Romeo -le dije sentándome delante de él-. -Dime, mariconcete –me contestó con una sonrisa en la cara-. -¿Qué idioma hablan en Tritonia? -pregunté-. -El tritoniés. -¿Tritoniés? -Es como el andaluz, pero se sustituye la palabra “comida” por “pene”. -He oído que necesitáis un pene por aquí -dijo Antonio mientras hacía un ademán de bajarse la cremallera de la bragueta-. -No, no, solo hablábamos de Tritonia –contesté tapándome los ojos-. -¡Ah!, me han hablado muy bien de Tritonia en mis viajes. Por lo visto fue fundada por un tal Paco Platanito en 1989, según dicen, después de perder a su mujer en un terrible accidente.
Y continuamos viajando hasta mediodía, hasta que Patroclo dijo:
-¡Tierra a lah vihtah, jrumeteh! –gritó-.
Todos miramos a donde la vista de Patroclo apuntaba, y vimos una pequeña isla, con mucha vegetación. Una gran montaña comida por un lado que formaba como un círculo guardaba el pueblo de Tritonia, tierra de aventura.
Desembarcamos en la playa y nos dirigimos al pueblo, que estaba apenas a cien metros de esta. Llegamos a la plaza y decidimos separarnos hasta la mañana siguiente, cuando continuaría el viaje a Venecia.
Antonio y yo fuimos antes que nada a por alojamiento. Encontramos un burdel-hotel muy acogedor, con sus farolillos, encajes y luces rojas; y putas, claro. Pensamos que compartir habitación sería más barato y divertido, así que pedimos una con dos camas. También elegimos nuestra puta favorita para la noche, ya que venía en un pack con la habitación.
Buscamos un buen lugar para almorzar como bucaneros, y nos decidimos por un lugar llamado “La langosta con glande”. Allí el champín fue servido sin control y a mi me entró la risa tonta, aunque no tuviera nada de alcohol. Estaba bebiendo champín, soy un chico malo.
Antonio pidió una langosta glandeada y yo unos McGlandes de pollo, aunque al final acabamos compartiendo y volví a caer en el truco del plátano.
-Este viaje es maravilloso –dije dando un sorbo de champín-. -Y lo que queda, Roy. Esta noche follamos.
Le escupí el champín encima sin querer.
-¡¿Qué?! Pero, pero, yo no estoy preparado, aún no sé meter mi “peno” en una “vagine”. -Estás muy anticuado, maricón. Esta noche descubrirás lo que es el placer – Aquí hizo una pausa–. Con una mujer –Y nos reímos, aunque yo con cierto nerviosismo-.
Después del almuerzo fuimos al museo de Paco Platanito, el fundador del pueblo, que estaba situado dentro de la gran montaña de Tritonia. Vimos allí fascinantes instrumentos y conocimos la vida de este sublime hombre. Era legendario. Desde cuchillos hasta maquinas extrañas con un dildo que se movía en una bicicleta fue lo que vimos en este curioso museo. Este hombre era un genio.
En cuanto a su historia, leímos que este pobre hombre había perdido a su mujer y a su hijo pequeño, además de estar su primogénito mayor en paradero desconocido. Era terrible el sufrimiento que este amado hombre de familia había soportado, y por ello creó Tritonia, para que todos disfrutaran del “sexo y placer”, como lo llamaba él.
Después de esta interesante visita, nos dirigimos a un pub cercano a la playa. Era un sitio rústico, como estos en los que se reúnen los protagonistas de esas estúpidas series americanas. En realidad, Antonio me había engañado: era un bar de striptease.
Mientras a Antonio le ponían una vagine en la cara, yo disfrutaba de mi zumito, mientras hablaba con un hombre con gabardina.
-Hola –dijo con voz profunda y grave-. ¿Estás solito? -No, he venido con mi amiguito Antonio -le contesté tendiéndole la mano para que la estrechara, pero en vez de esto la lamió-. -Eres jugoso, ¡ju, ju, ju, sluurrppp! - me dijo salivando sobre la barra-. -¡Ja, ja, ja, qué gracioso! ¿Quieres que seamos amigos? -Claro, vamos a mi habitación, tengo un banana split para ti. -¡Es mi copa de helado favorita! -Y le seguí hasta las escaleras-.
Pero Antonio vino y le abofeteó la cara. Me dijo que por qué no le había avisado y que era un insoportable maricón.
-¿Volvemos al burdel-hotel? -le dije-. -Sí, vámonos, ya no aguanto esta erección – me dijo mientras salía de lado por la entrada del pub, chocando su falo en el marco de la puerta-.
Cuando llegamos a la plaza, vi algo terrorífico.
Mi antiguo compañero de clase, Kevin, estaba delante de nosotros, con una barra de acero en la mano derecha, ojos de loco y mirada amenazante. Recordé sus jocosos comentarios en mitad de las clases de Sor Angustias.
-Hola, Roy, ¡ja, ja, ja, juuuuu! -dijo con furia – Es la hora de morir por lo que le hiciste a Arturo, sí, ¡ju, ju, jaaaaa!-. -¡Espera, yo estoy cumpliendo mi penitencia! - contesté asustado-. -¿Y esa es tu penitencia? - me replicó señalando el bulto de Antonio en sus pantalones -. -No, espera, esto es por las zorras de las bailarinas, no soy maricón como él –dijo Antonio enfadado-. ¡No le harás daño a mi amigo!
Entonces mi apuesto escudero se abalanzó sobre Kevin, y empezó una lucha a muerte. Primero Antonio propinó un golpe en el rostro a Kevin, pero éste respondió dándole con la barra de acero en el recto. A Antonio no pareció afectarle.
-He viajado con marineros, estúpido –dijo, y acto seguido le quitó la barra de las manos, la tiró al suelo y le clavó su “peno” erecto en el corazón-.
Y allí, en la plaza de Tritonia, falleció Kevin, un hijo de puta.
-Ahora tú también tienes que cumplir una penitencia, Antonio – Dije abrazándolo-. -No, claro que no. Yo soy un ángel. Puedo matar cuando quiera. Lo pone en mi contrato. -¿Qué contrato?-. -Vámonos, gilipollas – dijo con una gran sonrisa-.
Al llegar a nuestras habitaciones nos encontramos a Britney y Pamela, nuestras prostitutas. Antonio entró rápido en faena con su asesino falo. Empezó a lamer a Britney en sitios que yo desconocía mientras se sacaba pelos rizados de la boca. Pamela se quitó las bragas y me dijo:
-Fóllame, hijo de puta.
Como yo no sabía que era eso, le hice un cisne con mis conocimientos de Origami, aunque no le debió gustar mucho porque se flatuló y se abrió de piernas. Quería que metiera mi tortuguita en su cueva. Y entonces me acordé de mi penitencia y le di una patada en su hediondo “vagine” y le pedí que se fuera de la habitación. Me dio una paliza. Yo vi cosas aquella noche que nunca olvidaré.
A la mañana siguiente, Antonio estaba desnudo, rodeado de gomitas de colores y terriblemente cansado. Preparamos nuestras mochilas y cuando salíamos, encontramos en el suelo las gabardinas que Romeo nos había tejido. Nos enfundamos en ellas y bajamos a desayunar.
Al salir del burdel-hotel encontramos a nuestros amigos los marineros, Romeo el ballenero y Protoclo el gaditano.
-¿Liztoz parah partih, bujarrillahz? Yah jemoh dezcargao nuestroh zemen hen lah muhereh –Dijo Protoclo, muy bromista-. -Sí, estamos listos para partir – le respondí con decisión-. -Poh vamoz, mi armah.
Nos montamos en nuestra barca y despedimos a Tritonia, un magnífico lugar para la peregrinación y la penitencia.
Nadie habló mucho durante el viaje por la mañana. Todos estaban cansados de descargar fluidos, menos yo. Por la tarde todo se animó y cantamos canciones sobre Venecia y bebimos mucho zumo e incluso propuse que bebiéramos una botella de champín de Tritonia, pero Romeo me la quitó y orinó dentro.
Ya cuando estábamos entrando en la noche la divisé y puedo deciros que es el continente más hermoso que he visto nunca.
-Tierra ha lah viztah – Gritó Protoclo-. -¡VENECIA, ALLÁ VAMOS! - Respondí con efusividad-. -Dispuestos a saborear tus prostitutas – dijo Antonio entre risas-.
Y allí estaba, toda iluminada, Venecia.
Capítulo X: Góndolas, Marco y Cinquecento
La ciudad descansaba, y apenas se oía otra cosa que el crujido de las góndolas y el suave mecer de los remos en el Gran Canal. En cada góndola había un hombre sujetando el remo, con un horrible sombrero de paja, un pañuelo rojo y una camiseta de rayas, y una pareja de enamorados dándose el lote a la luz de las estrellas.
Antonio, Sirope y yo contemplábamos extasiados la arquitectura veneciana, mientras Patroclo y Romeo remaban. A pesar de la oscuridad, nos dimos todos cuenta de que Patroclo se estaba masturbando, y nos reímos, acompañando su júbilo. Una pena que el remo, que había soltado el marinero para meneársela a dos manos, cayera fuera de la balsa y no pudiéramos recuperarlo. Tuvimos que desplazar la barca agitando los brazos en el agua. -La primera vez que fui a Venecia fue con mi segunda esposa -Dijo Romeo, melancólico-. Yo fui uno de esos enamorados besándose en las góndolas, y en aquel entonces no me sentía ni viejo, ni cansado ni solo. Y metía mucho más.
Después de un rato alcanzamos el Rialto, donde la concentración de góndolas y gondoleros era mucho mayor. Nos chocamos con varios de ellos, hundiendo algunas de las embarcaciones, y girando a la deriva durante algunos minutos, pero en seguida cogimos de nuevo el rumbo. -Roy, te veo cansado -Dijo Antonio-. Vamos a casa de Marco, que nos acogerá como un padre. -¿De qué conoces a Marco? -Lo conocí en la prisión -Confesó-. Nos dábamos por culo. -¿Qué? -Es broma; es mi amigo judío. Te caerá bien.
Cuando bajamos de la barca y pisamos tierra, Antonio y yo avanzamos para internarnos en las estrechas calles de la ciudad, llevando nuestras maletas y a mi querido mono Sirope, al hombro. Pero nos dimos cuenta de que Patroclo y Romeo no nos seguían. -Antonio, quillo. Nozotroh noh vamoh ya. -¿A dónde? -Pregunté, alarmado- ¿Al hotel? -A pescar hombres, pequeño Roy -Dijo Romeo-. A partir de ahora viajaremos en esta barca por los siete mares difundiendo el Evangelio y experimentando el placer con prostitutas de todos los continentes. No llenarán mi alma como mi cuarta esposa, pero soy un hombre, y a pesar de mi edad tengo mis necesidades. Soy afortunado por poder seguir empalmándome, así que debo aprovechar cada momento que me queda. -Romeo, Patroclo -Dijo Antonio-. Sois los hombres más grandes y altruistas que he conocido, y sé que iréis al Cielo. Dadme vuestras manos, nos despediremos para siempre.
Cuando se acercaron para abrazarse, Antonio se apartó rápidamente y les puso la zancadilla. Romeo tropezó y se golpeó la cabeza contra un bordillo, sangrando como un cerdo degollado, y Patroclo logró mantener el equilibrio unos segundos antes de que Antonio lo empujase al río. El marinero se agarró a su gabardina de red de pescar y cayeron ambos, con un gran chapoteo. Acabaron empapados. Cuando los tres fueron conscientes de lo que acababa de ocurrir, y la sorpresa abandonaba sus corazones, comenzaron a reír como niños. Luego empecé a reír yo, disfrutando de la travesura de Antonio.
Como no me habían hecho partícipe de la broma, quise unirme a su regocijo, y me lancé contra Romeo, que limpiaba su propia sangre. Le di una patada en la cara, saltándole algunos de los dientes que le quedaban, y lo arrastré hasta el borde. Con un pequeño esfuerzo salté al agua, cogiéndole del cuello, y caímos los dos junto a Patroclo y Antonio, que ya no se reían. -Pero, ¡mi armah, qué aseh! -Gritó Patroclo, perplejo- -¡Es una broma, como las de Antonio! -Me justifiqué, sin entender lo que había hecho mal- ¡Ja, ja, ja!
Romeo gritaba, dolorido, y sangraba mucho. Se agarró como pudo a su barca y comenzó a insultarme. -Creo que será mejor que nos vayamos -Dijo Antonio, saliendo del agua y sacándome fuera a la fuerza-. Perdonad las molestias, chicos. Ha sido un placer.
Cogimos de nuevo las maletas y a Sirope y nos fuimos sin decir una palabra. Yo no entendía por qué les había hecho gracia la broma de Antonio y la mía no, y estaba triste por haber hecho enfadar a los marineros que tan bien nos habían tratado. Después de un rato de silencio, Antonio estalló en carcajadas, y luego reí yo, y rodamos por el suelo como dos tontos viendo una comedia de Cary Grant. -¡Ay...! ¡Ja, ja! En fin, Roy, será mejor que sigamos. La casa de mi amigo Marco está aquí al lado; no tardaremos mucho. -¿Tanta gracia te ha hecho mi broma? -Le pregunté, orgulloso- -No; me reía porque eres un tipo patético -Respondió Antonio-. Supongo que es parte de tu encanto.
Entonces llegamos ante la casa de Marco. Cruzamos por un arco a través de la vieja cortina que lo cubría y entramos en un patio rectangular que circundaba un hermoso pozo de piedra. Me di cuenta de que las proporciones del lugar eran las de Fi, el número áureo.
Antonio llamó a un portón de madera, con un llamador metálico en forma de pene erecto. Lo hizo varias veces, pero no apareció nadie para recibirnos. -Maldita sea, Marco -Maldijo Antonio-. Siempre igual. ¡MARCO, PUTO JUDÍO DE MIERDA! ¡ABRE DE UNA VEZ!
El grito me dejó pitando los oídos, pero fue francamente efectivo. Casi al instante, sonaron los muchos cerrojos de la enorme puerta y se asomó un tipo bajito, moreno, barbudo y con una bata roja. -¡Qué improbable sorpresa! -Dijo- ¡Mi querido Antonio y su pequeño erómenos! -Joder, Marco, cada día más ácido -Le respondió Antonio-. Debería exprimirte y venderte como zumo de limón. -O podrías venir aquí, bribón, y abrazar a tu viejo amigo.
Me sentí otra vez un poco ajeno al regocijo de Antonio cuando se unieron en un abrazo. Esta vez no hubo zancadilla. Juraría que Antonio susurró algo al oído de Marcos. -¿Aún no lo sabe? -Dijo el judío, sonriente- Qué inocente. En fin, pasad. Sentíos como en casa. -Gracias, Marco -Le correspondió Antonio-. Que Dios te bendiga. -Que os jodan a ti y a tu falso Mesías, Antonio.
Pasé detrás de ellos, y cruzamos los estrechos pasillos de aquella anticuada construcción, hasta llegar al salón. Colgamos las gabardinas de Patroclo y dejamos en una esquina el equipaje, y nos sentamos en las mullidas butacas.
Estaba todo un poco desordenado y decorado como una mansión, con libros editados antes de 1950, maquetas de la Tierra, minibares, alfombras antiguas y esas cosas que uno espera encontrarse en una mansión. Lo único que desentonaba un poco era una estatua de dos metros de un sátiro, erecto y como bailando. -Veo que te fijas en mi amigo Phil -Me dijo Marco-. -Es muy hermoso, señor. -Es un original del escultor y pintor griego Derfos Espatopoulos -Explicó Marco, orgulloso-. Menudo cachondo, ese Derfos. Le dije que me hiciera un busto con mi rostro, y me viene con esto. Menudo cachondo.
Nos sirvió unas copas de vino, y me dijo que no tenía champín. Me entristecí, pero al menos tenía zumo de piña. No me atreví a tomarme más de dos copas, por si se me subía, pues quería causar una buena impresión a tan buen amigo de Antonio. Mientras tanto, ellos hablaban de sus historias de cuando eran niños, y sobre filosofía, y sobre todo lo que habían hecho en el tiempo en el que no se habían visto. -Al entrar me sorprendió mucho no verte rodeado de tus amigos -Decía Antonio-. -¿Qué amigos, Antonio? -Dijo, evasivo, Marco- Tú eres mi único amigo. -Ya sabes a qué me refiero -Insistió Antonio, sonriente-. Tus amigos africanos. -¡Oh, los negros! ¿Los que me daban por culo? -Sí, joder, esos. -¡Por el rebaño de Abrahán, Antonio! -Exclamó Marco- Tanto tiempo por esa rural España te ha oxidado. -¿Oxidado? -Repitió él- Lo siento si me falta lubricación, pedazo de capullo. -Estás totalmente desfasado -Continuó-. Los negros se pasaron de moda hace ya medio año. Los he vendido todos. -Espera, espera. ¿Va por modas? -Evidentemente. ¿Tú crees que de verdad dejaría a esos putos africanos taladrar mi ano por gusto? Ahora lo que se lleva son las niñas. -Niñas...-Procesó Antonio, inescrutable su rostro- Puto judío degenerado. -Sigues siendo un paleto. Mira, ven, te enseñaré todas las que tengo ya. Roy, seguro que hay alguna de tu edad; ven también.
Antonio suspiró, y yo seguí a ambos hacia el interior de la vivienda. Marco nos llevó al baño, donde había dos niñas rubias de unos ocho años vestidas a la moda decimonónica. Otras tres eran orientales, un poco más mayores, y otra niña, pelirroja y con unos hermosos ojos verdes, estaba desnuda y sentada en el inodoro. Era de las seis la de más edad, aparentemente.
Cuando vi a la que estaba desnuda me tapé los ojos, porque no me gustaba la visión de su vagine. -Justo cuando apareciste estaba a punto de depilar la vagina de Roxana -Dijo Marco-. Tiene ya once años, y el otro día le vino la primera menstruación... Le está empezando a salir vello. Ahora mismo está en las últimas, porque a los doce la gente las suele revender. Lo que pasa es que ya no hay tanta demanda.
Antonio miró a Marco, incapaz de pronunciar una sola palabra. Intervine yo: -¿Saben español? -¿Y yo qué sé? Yo sólo las limpio y les doy de comer. En otras palabras, me las cepillo y me la chupan. -Eso último no lo he entendido. ¿De dónde es Roxana? -Es irlandesa, pero lleva en el mercado desde los dos años. Probablemente no sepa hablar. -Vaya.
Yo no entendía muy bien de qué iba todo eso, pero ni Marco ni Antonio me lo esclarecían, pues el uno se había puesto a charlar sobre las variedades geográficas de la forma de la planta del pie de las niñas, y sobre la edad media de los cambios hormonales, y el otro seguía sin decir nada, como pensando. -En fin, Antonio -Dijo Marco-. Si quieres puedes quedarte con ella. -¿Qué? -Dijo, por fin, Antonio- -El beneficio que voy a sacar de su venta es casi nulo a estas alturas. Se rumorea que en la próxima temporada se llevarán los robots. Son bastante más caros, y vendiendo a Roxana no pago ni media placa base.
Antonio frunció el ceño por primera vez desde que lo conozco. Miró con severidad a Marco y luego a la pequeña Roxana, que seguía esperando, desnuda, a que alguien la atendiera. Luego me miró a mí y suspiró. -Me la llevo.
Capítulo XI: Roxana
-¡Maravilloso! -dijo Marco– el funcionamiento es muy sencillo.
Cogió a Roxana por el brazo y la puso delante de nosotros. -Para que se desnude, la palabra clave es “comer”, para que se abra de piernas “cepillar”. -Gracias, nos será muy útil en nuestras noches de escrotos llenos –dijo Antonio cogiendo de la mano a Roxana– Por cierto, ¿podemos pasar dos días aquí?. -¿Me ves cara de gilipollas?, porque si la tengo dímelo – contestó Marco-. -Sí, tienes cara de obeso maricón y gilipollas –dijo Antonio con una sonrisa, y los dos rieron-. -Claro, claro que podéis pasar la noche. Pero nada de mariconadas ni de intentar cristianizarme, ¿entendido? -Absolutamente, ¿ y tú, Roy? -Yo no meteré mi peno en la vagine de sus esclavas –dije con vergüenza-.
Marco nos llevó a nuestra habitación en el segundo piso. Estaba decorada de forma sublime, como toda la casa. Tenía dos camas con biseles, dos escritorios y un baño para nosotros solos. Además tenía un típico balcón veneciano que daba al mar y por el que se podía ver el Ca' d'Oro.
Depositamos nuestro equipaje encima de nuestras respectivas camas. Saqué a Sirope y lo puse en el balcón, para que disfrutara de la vista mientras nosotros visitábamos la ciudad. También puse allí mis cinco camisetas naranjas y mis cinco pantalones vaqueros, porque olían a burdel-hotel. -¿Qué hacemos, Antonio? -pregunté mientras ordenábamos todo-. -No sé tú, pero yo me voy de putas. -¿Pero eso no es pecado? -Yo soy un ángel, ya te lo he dicho. Tú duerme y mañana llévate a Roxana a dar una vuelta por Venecia , y cómprale algo bonito –y dicho esto, depositó doscientos euros en mi mano–. Invito yo; no me esperes despierto.
Se perfumó la bragueta y se fue. A la hora de la partida de Antonio, Roxana me trajo la cena y se sentó conmigo para servirme. Me trajo unos suculentos spaghetti vongole y un tiramisú de postre. Los devoré muy rápido porque no habíamos comido nada desde Tritonia y porque quería hacerme el hombre heterosexual y velludo delante de Roxana. Cuando terminé le dije: -¡Muchas gracias!, realmente tenía muchas ganas de comer.
Entonces empezó a desnudarse y me colocó mi mano en su “teti”. -¡Qué haces? -dije apartándome de ella– Eh...eh, mejor dime dónde me puedo cepillar los dientes.
Entonces, como si fuera una autómata, me bajó los pantalones y los calzones y se acostó en el suelo con las piernas abiertas, esperando que introdujera mi “peno”. -¡No puedo, tengo una penitencia! -le grité- ¡No intentes hacerme pecar!
Y antes de que le diera mi infame puntapié en la vagine, se levantó y se marchó con lágrimas en los ojos. -¡Oh, dios! ¿Por qué me has dado este rostro tan hermoso e irresistible?
Bajé al salón a charlar un rato con Marco, y lo encontré sentado en un sillón, gritando y agitando su copa de Spritz al aire mientras sus esclavas peleaban en su cara alfombra persa. -¡Vamos, arráncale sus sucios pechos, guarra! -¡Eh, Marco! - dije interrumpiendo su diversión - ¿Te apetece charlar? -Claro, soy un hombre de tertulias y debates. ¡Zorras, a limpiar la cocina! -y las esclavas se metieron por una pequeña puerta que debía ser la cocina– Dime hijo, ¿de qué quieres hablar? -¿Qué puedo hacer en Venecia? - pregunté-. -Ir de putas. -Sí, eso me dijo Antonio, pero, ¿qué más? -Ir de putos. -¿Algo que no sea pecado? -¡Aaah! Sí, claro, lo que pasa es que pensé que querías divertirte. Puedes visitar el mercado Rialto, el Puente de los suspiros; por supuesto, debes ir a La plaza San Marcos, que fue construida en mi nombre y... -¡Eso es imposible, usted no estaría vivo! -le repliqué-. -...también Santa María Gloriosa dei Frairi, El ponte delgli Scalzi... -Creo que es suficiente, ¿de qué conoces a Antonio? -De la cárcel. -¡Estuvisteis en la cárcel? - pregunté, asombrado-. -Sí, nos peleamos en un bar para defender nuestras creencias religiosas y sexuales, y luego nos pusimos a hablar entre rejas. Fue muy divertido compartir secretos de sexo anal. Luego viajamos un tiempo juntos, hasta que nos separamos en Versalles, donde viví algún tiempo. Allí compre a esos jodidos negros sodomizadores. -Es usted un hombre de mundo, como Antonio –le dije-. -Somos dos personas con el ano muy dilatado. Eh, te ves cansado, vete a dormir. -Sí, será mejor. Gracias, Marco.
Y subí la escalera, mientras oía a Marco gritar “¡Puta!” y “Muérdele el pezón”. Me recosté en la cama sin quitar la manta y me abracé a Sirope, mientras contemplaba el sublime manto de estrellas encima de Venecia.
Me desperté alrededor de las once, y noté algo duro en mi boca. Era un pene de plástico. Lo esputé y se lo tiré a Antonio, que ya se estaba vistiendo. -¡Ja, ja, ja, si supieras por donde metí eso anoche! -me dijo Antonio-.
Me metí al baño y me lavé los dientes muy rápido. Estaba orinando cuando Antonio me llamó: -Roy, voy de negocios con Marco. nos veremos por la noche para preparar todo para el día siguiente. Cuida de Roxana.
Se oyó el cerrar de una puerta. Me había quedado solo con Roxana. Decidí buscar algo de desayunar en la cocina, y cuando llegué a ella, encontré solo a Roxana sentada en la mesa de roble, con un delicioso desayuno delante. No había más esclavas; Marco había ido a venderlas. Me puse a comer unas tostadas y noté que Roxana no dejaba de mirarme, por lo que mi cosita se puso muy dura. -Hoy voy a dar un paseo. ¿Vienes? -le dije, muy nervioso-.
No sabía si me había entendido, pero asintió. Salimos a la calle media hora más tarde. Era un día maravilloso. El cielo estaba totalmente despejado y una suave brisa con olor a mar nos daba en la cara. Además, era sábado y toda la gente estaba en la calle. -Bueno, entonces, ¿Qué te apetece hacer? –le dije a Roxana– Podemos ir de compras o a comer.
Entonces se desnudó como una centella delante de todos los viandantes, que, con mucho interés, hicieron un círculo a su alrededor. Algunos se bajaron la bragueta. -¡No, no, no! -dije poniéndole su vestido de flores y llevándomela de allí a una calle típica de Venecia. Estrecha y alta-.
La puse contra la pared y le dije: -Escucha, no puedes ir haciéndote la puta y enseñando tu vagine por ahí, no es cristiano –le dije-.
Ella asintió. -¿Qué comemos entonces?
Se volvió a desnudar.
Almorzamos en un pequeño restaurante con terraza. Pedí dos platos de Risotto de verduras y una botella de Champín, y me imaginé a mi mismo como Richard Gere, dándole de comer a una prostituta. Después de esto la llevé a comprarse unos vestidos bonitos. Entramos en una tienda muy antigua, de un viejo señor obeso, que era muy cariñoso. -Ropita para ti, ¿chiquito? -me dijo, acariciándome el pelo-. -No, es para ella –dije con una sonrisa-.
Entonces metió a Roxana en el probador y me dijo que no entrara. Oí un par de gemidos. Seguro que los vestidos eran preciosos. Salió Roxana exquisitamente vestida y mi peno volvió a endurecerse. Seguimos paseando hasta que llegó el atardecer y le propuse tomar un helado. -¿De qué quieres comerte tu Helado, preciosa? -dijo el heladero, y Roxana se desnudó y se untó helado en las tetis. Todos reímos-
Después de tan agotador paseo, llegamos por fin a la casa de Marco. Cuando entramos, encontramos a Marco y a Antonio fumando unos grandes puros y contemplando la última adquisición del anfitrión. Un viejo filipino con un gran piercing en el escroto.
-¡Eh, los chicos! -dijo Marco, contento al vernos- ¿Qué te parece mi nueva compra? Dicen que están de moda estos jodidos chinos. -Es sublime, señor. Me voy a acostar. -¿Es maricón, Antonio? -preguntó Marco- -Absolutamente.
Antes de subir a mi habitación, Roxana me cogió de la mano y me llevó a una esquina. Empezó a acercar sus labios a los míos, y yo tuve muchas ganas de concederle un beso, pero me acordé de mi penitencia. -Mira, Roxana, eres maravillosa, pero yo solo puedo enamorarme de Dios –le dije mientras sacaba algo de mi bolsillo trasero–. Toma, es la sagrada Biblia. Leela esta noche. Deberás conocerla si quieres venir con nosotros.
Y subí muy apenado por no poder corresponder el amor de Roxana, aunque la muy zorra me quitó dinero del bolsillo. Dormí muy bien esa noche y a la mañana siguiente me desperté con un pene de goma en dos agujeros diferentes. -¡Antonio, no tiene gracia! -le grité-. -¡Claro que la tiene, ja, ja, ja! -me dijo desde el baño-
Bajamos los dos con todas nuestras cosas al salón para despedirnos de Marco. Estaba con Roxana en la puerta, y llevaban una mochila. -Bueno, jodido judío –dijo Antonio abrazando a Marco- ¿Seguro que no quieres cambiarte de religión? -No, quiero seguir disfrutando del sexo sin confesarle todo a un jodido cura que se masturbe tras una cortina –le contestó riendo y me miró–. Adiós, chico, eres muy hermoso. Si se ponen de moda de nuevo los niños, te llamaré. -Gracias, señor –le respondí-. -Y tú, Roxana...¡tu vagina es genial! -y la abrazó también– te echaré de menos.
Y todos salimos de casa de Marco camino a la carretera que nos llevaría a Florencia.
Señoras y señores, les presento a nuestro nuevo meme:
PACO PICO
Ya tiene imagen, pero no una historia. Osproponemos que escribáis la historia de Paco Pico en los comentarios.
El primero que comente empezará desde que nació Paco Pico y los demás continuarán la historia en los siguientes comentarios hasta que nosotros los cerremos.
¡Adelante!
PD: Nada de cosas pederastas, PP se puede enfadar.
CERRADO
LA HISTORIA DE PACO PICO (Por PsY, reallydrunk, Zodiaco, erickn e Ito)
---Paco Pico nació en una granja al sol de la Toscana. Era hijo de un pobre granjero fracasado que se afanaba en ser el nuevo Boticcelli cuando era incapaz de colorear sin salirse del dibujo. El pintamonas -como era conocido el padre de Paco Pico- repudiaba a su retoño, pues le culpaba de la muerte de su mujer durante el parto de esa aberración que ahora tenía que llamar hijo. Durante años su padre lo tuvo escondido de la gente por el “qué dirán”, es decir, joder, mirad a Paco Pico…
---Paco Pico sufrió la peor de las enfermedades, el Virus Naranja. Su piel empezó a amarillear, sus extremidades se fueron comprimiendo, como si se metieran para adentro, empezó a perder cuello, pelo y piernas y se fue redondeando poco a poco. Hoy, buscado todavía por el gobierno, sobrevive como soldado de fortuna. Si tiene usted algún problema y se lo encuentra, quizá pueda contratarlo. EL EQUIPO A.
---El caso es que, cuando llegó a la edad de quince años, su papuchi, el granjero fracasado que se afanaba en ser el nuevo Boticelli cuando era incapaz de colorear sin salirse del dibujo, el Pintamonas, guiado por los cánones de la Sociedad de aquella época, decidió llevar a cabo una "presentación en comunidad" para que ese fracasado consiguiera marido, y sacara así de la miseria a la familia Pico. En efecto, no os engañan los ojos. He puesto "marido". ¿Por qué? Porque, evidentemente, por culpa del Virus Naranja, el descomunal pene de Paco había desaparecido, y se había convertido en una suculenta vagina naranja, miam, miam... Aunque prefería ocultar su cambio de sexo, porque seguía teniendo un aspecto tierno y varonil... Esto presagiaba la victoria de Paco. Era evidente que en solo una noche, se llenaría de pretendientes; ya que, es de sobras conocido, en la Toscana hay homosexuales a patadas. ¿Qué cara se le quedaría a su futuro marido asquerosamente rico cuando fuera a encular a Paco, y se diera cuenta de que, en realidad, tenía vagina?
Después de una ceremonia vudú, paco pico consiguió encontrar un pretendiente. Su nuevo marido era alto, tenia el pelo negro y vestia una larga gabardina del mismo color que el pelo. No vestía camisa, así que se podía ver su suculento y peludo pectoral. Podría seguir describiéndolo, pero todos sabéis ya quien es. El nuevo marido de Paco lo invitó a una cena privada en su casa. Paco estaba entusiasmado. Esperaba ser penetrado por sus dos agujeros esa noche, y no mostró vergüenza al confesarle sus expectativas a su nuevo esposo. Este le pregunto si se estaba sublevando, y luego admitió que quería realizar sexo salvaje esa misma noche. Paco estaba emocionado, pero aún no conocía el nombre de su marido...
-Tengo muchos nombres... Aunque tu puedes llamarme Pepe.
---Pepe, el flamante marido de Paco, no podía dejar de mirar su última adquisición. La cena de esponsales había sido exquisita, pero ya estaba ansioso por degustar el soberbio postre que el destino le había puesto en bandeja de marmol del pentélico. Aquel ser redondito de diminutos miembros despertaba la líbido en él de una manera sobrecogedora. Tal vez fuera por su escasa estatura; por lo sonrosado de sus mejillas, o por lo pueril del rostro, que Pepe no podía si no arder en deseos de tomar su cuerpo. -Procederé a poseerte, mi fiel esposa Paco Pico, pero antes... déjame hacerte ver cual es el mejor preámbulo para el sexo y el placer conmigo...
Y cogio dos cucharas, le sacó los ojos, y le penetró las cuencas con su micropene. Terminada la hazaña, delineó sus ahora guardianes del vacío párpados con maquillaje femenino, y acto seguido albergó su afilada lengua viperina en el cálido conducto auditivo. La imagen mental que se os vendrá a la mente será la de la lengua atravesando la cabeza de Paco, de oreja a oreja. Pues no, amigos, porque el yunque y el martillo, incluido su hipotálamo, constituían una férrea defensa natural que impediría el paso inclusive de un regimiento de hunos comandados por el mismisimo Atila.
Y hele ahí a nuestro héroe, despojado de sus "oftalmoi" y con esa incómoda y húmeda presencia en su órgano del equilibrio.
¿Placer? ¿Dolor? Ah, queridos lectores, un remolino de frenesí mezclaba ambos sentimientos y la propia esencia de la subconsciencia relativamente extensa. Paco pico cerró los ojos, y cuando los abrió, se sintió solo.
¿Amado Pepe? ¿Dónde estais, cuitado?
El cadaver de Pepe le devolvió la mirada. Bueno, al menos conservaba sus cuencas, se consoló Paco. Su recien estrenado esposo yacía muerto en el suelo, esperando la puntual llegada de Caronte el barquero del Estigia.
¿QUIEN? ¿QUIEN HA PODIDO COMETER SEMEJANTE ATROCIDAD? ¿QUÉ ENEMIGO DE LOS NIÑOS HA PODIDO PRIVAR AL MUNDO DE LA MÁS DULCE MANIFESTACIÓN DEL AMOR Y LA CARIDAD?
Y su rostro derrepente irrumpió. La faz del asesino, impregnando con su hedor, de italiano campesino, pero también trabajador. Ataviado con un mono, de tonos verdes y azules, se presentaba con una gorra, del agrestre color de los abedules.
Una L enmarcaba un hermoso pero felino rostro, rematado por una gran narizota rosa, a la que circundaba un frondoso mostacho.
Un acento italiano le delató. ¡¡Luigi, tu eres el traidor!!