Escribí este soneto durante mi estancia en Roma, inmediatamente después de traspasar la capilla Sixtina, pues recordé una historia que me contaron durante mi estancia en Praga, que le ocurrió a un judío ortodoxo durante su estancia en Liverpool. Durante mi estancia en Túnez, supe que aquella historia, transmitida oralmente durante generaciones, estaba equivocada, pues el suceso le ocurrió a un judío ortodoxo durante su estancia en la Bretaña Francesa. Dice así:
Lo mejor de los monos es el pelo
porque es suave y los hace graciosetes,
y el modo en el que cubre sus ojetes
como cubre la pluma al mochuelo.
Así mismo, y de un modo paralelo,
¡qué divertidos son, y qué pilletes!
Recuerdo haber probado unos filetes
de gibón, siendo aún jovenzüelo.
¡Oh, dios, se me olvidó sacar al perro!
Seguro que cagó ya en la cocina,
debo limpiarlo para que no endurezca.
Estos despistes míos, este yerro,
el suelo de baldosa hecho letrina,
hará que mi mamá se enfurezca.






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