Z ha hecho un relato "basado en Out of Mind", a precio de 7 euros. Shaoran y yo lo hemos leído, pero no nos ha gustado mucho. Por eso estuvimos buscando en la Biblioteca Nacional, buscando más literatura de Terror Psicomotriz, y encontramos un manuscrito antiguo del famoso autor Sir Christian Platanito, en el que narra los eventos sucedidos en Out of Mind desde una perspectiva más neutra. La genialidad del autor es tal que hemos decidido publicar la novela traducida por Shaoran y por mí. "Un reflejo muy proximo del pensamiento, reflexión y visión del mundo de PP. Sin lugar a dudas es lo más proximo fenomenologicamente hablando a la cognición única de aquel hombre."
--Azrael
A lo largo de la semana iremos publicando los cinco capítulos de la obra. Disfrutadla.
CAPÍTULO I - Sobre la educación
Creo que nunca me lo había pasado tan bien como aquella noche. La fiesta en el bar fue algo casi onírico, una experiencia extrasensorial cuyos detalles más escabrosos todavía soy incapaz de recordar. Lo que está claro es que tuvo lugar un reiterado uso de drogas duras.
Zeus, el que amontona las nubes, sabe que no hice nada malo. Siempre me he considerado alguien sensible; un humanista. Tal vez el último humanista. A lo mejor es por eso por lo que, en estos tiempos que corren (en los que la moral y el respeto por lo antrópico hace tiempo que fueron olvidados), mucha gente no ha sido capaz de entender los motivos que me llevaron a comportarme de aquel modo aquel día, al volver a casa, y que considerarían razonables los eventos que tuvieron lugar en lo sucesivo.
Desconozco el proceso mental que me llevó a aparcar mi bellísimo Cadillac negro encima de mi árbol frutal favorito, que es donde lo encontré a la mañana siguiente. Sé que de algún modo alcancé la puerta y entré en mi casa. Tendríais que verla. Es una hermosa construcción de época victoriana, con un amplio jardín que cuido personalmente a diario. Yo mismo construí allí, cuando mi mujer se quedó embarazada, un parque de juegos infantil, con columpios y esas cosas que gustan a los niños. Sé les encantaba jugar ahí, porque yo, como ya he dicho, soy un humanista, y me encantan los niños por encima de todo lo demás. Jamás el arte logrará fascinarme tanto como las personas, y jamás un adulto me fascinará tanto como un niño. Piensan de otro modo, ¿sabéis a lo que me refiero?
Los niños son una clara muestra de pragmatismo aplicado. Pregúntale a un niño sobre una cuestión moral. Os lo aseguro, todos piensan que Batman debería haber matado hace tiempo al Joker. ¿La pureza del alma de los niños? ¡Y una mierda! Adolf Hitler tenía mente de niño, os lo aseguro.
El caso es que entré en mi casa a eso de las tres de la mañana, y me preparé algo de comida. Calenté un poco de agua en el fuego, con la intención de preparar una deliciosa salsa de tomate para mis tallarines. Otro de mis talentos es la cocina; es un hecho reconocido por todos los vecinos. Mis barbacoas en el jardín son las más famosas de la comarca, y aún más mis cenas de navidad con la familia.
Creo que mis canciones irlandesas (que me glorio de interpretar bellamente) despertaron a mis hijos. Doy por hecho que mi tono de voz era bastante elevado, porque el perro también se despertó y se puso a ladrar.
-¿Padre? ¿Qué es este escándalo? -Preguntó mi querido hijo mayor- -Oh, mi deliciosa estirpe; mi querido, querido hijo primogénito -Balbuceé mientras lo abrazaba- ¿Qué haces despierto a estas horas, cielo? ¿Quieres tallarines?
El insolente joven se apartó de mí con brusquedad, y tuve que dejar de lamer con amor su apolíneo rostro juvenil. -No, padre: Quiero dormir -Dijo, frunciendo el apolíneo ceño-. ¿Ha bebido? -Mi apolíneo y amado hijo, somos un setenta por ciento pura agua -Dije, con convicción, un tanto irritado por la pregunta-. Claro que he bebido. -Madre siempre dice que el alcohol trastorna a las personas. -Bueno, mi apolíneo cariñín, mi querido agoreta orgulloso y colérico. Tu madre probablemente bebe más que yo.
El pensamiento ilustrado daba la misma importancia que yo a la educación. Y dentro de la familia hay que inculcar valores (como el respeto a los progenitores) que, de no ser respetados, han de ser recalcados por medios más efectivos. Así razonaba yo en mi interior mientras abofeteaba a mi apolíneo vástago.
Muchos coincidirían en que me excedí en mi procedimiento, pero eso sólo lo dirían antes de saber lo que replicó el muy canalla mientras le azotaba con mi Sagrada Fuerza Paternal. -¡Eres una vergüenza para esta familia! ¡Te odio! ¡Muérete de una vez!
Y os aseguro que a mí no me irritaron tanto sus palabras como su exaltado tono. Entonces le dirigí estas aladas palabras: -Deshonras a tu padre y a ti mismo al desobedecerme, ¡oh hijo! ¿Acaso te sublevas? ¿Qué Dios turba tu entendimiento para hablarme así? ¡Mi irritación no conoce límites! ¡Ay de ti, porque vas a pagar por tus imprudentes palabras!
Mi estilo no es tan recargado, en serio. Pero estaba muy, muy drogado esa noche, y no sabía ni qué decía. La mitad de lo que os estoy contando me lo he inventado, de hecho, porque no recuerdo todo con exactitud.
Me gusta pensar que lo que ocurrió después fue accidental; que me apoyé sin quererlo en la olla donde calentaba el agua y la derramé sobre mi hijo. Pero me conozco demasiado bien, y sé que cogí mi potencial salsa de tomate y derramé la hirviente agua sobre el rostro de mi chico, de forma totalmente deliberada y consciente. El grito me dejó pitando los oídos, así que decidí que al día siguiente le castigaría sin salir.
Luego dejé la olla en la pila y le di un beso de buenas noches a mi otro hijo, al pequeño. Estaba un poco asustado porque había estado viendo la discusión desde las escaleras, pero yo sabía que él era un buen chico y que comprendía que su hermanito se había portado mal. -Buenas noches, cielito -Dije mientras lamía su preciosa cabellera.- -Buenas noches, papá. -Dijo él, con los ojos llorosos.
Entonces me quité la gabardina, mi hermosa gabardina de cuero, y lancé contra la pared mis pantalones y mi calzado y mis calzones. Me tumbé sobre el lecho nupcial, y lamí la oreja de mi querida esposa. Probablemente había bebido demasiado como para despertarse con las canciones irlandesas y los gritos, pero esa es otra de las cosas por las que la amo tanto. Recé un “Pater Noster” y un “Ave María” y le di gracias al Señor por otro maravilloso día.
CAPÍTULO II - Bakcheia
Otra noche de excesos, otro crepúsculo de frenesí y exaltación sexual; quiero decir, un día normal. Había vuelto a abusar de esa deliciosa sustancia narcótica llamada sexo, y bueno, también un poco de heroína. Pero esto no me había quitado el apetito de placer: quería sentir el sudor de una mujer resbalando por mi erecto miembro viril. Por ello cogí mi precioso coche, y atravesé las tenebrosas carreteras hasta mi dulce hogar.
Había procurado salir de casa al mediodía para llegar a la hora de la cena lo más ebrio posible. Me bajé de mi Cadillac y contemplé mi casa; las luces del piso inferior estaban encendidas. Mi mujer estaría cenando con nuestros hijos una deliciosa pasta a la puttanesca. La puerta estaba abierta. Entré con decisión, porque sabía que mi llegada les causaría gran felicidad y sorpresa, y así fue. Sólo tuve que mirar la cara de mi hijo menor para ver como unas lágrimas de alegría cubrían sus mejillas.
-¡Ya estoy en casa! -Dije, anunciando mi entrada triunfal-
Y de pronto, todo ocurrió. No sé si fue el suave olor a albahaca que desprendía la pasta recién hecha o simplemente que soy un loco pendenciero, pero en un arrebato de bestia, agarré a mi mujer y le demostré todo mi amor hacia ella. Llené la mesa de penne a la puttanesca y la acosté encima de ésta. Podía ver como lloraba de felicidad. Cerré todas las puertas, para que estuviéramos en un ambiente íntimo y familiar y les dije a mis maravillosos descendientes que se quedaran donde estaban si querían presenciar mi muestra de afecto a su madre; todo comenzó.
Gracias a mi habilidad para desvestirme en escasos segundos, no tardé nada en empezar a demostrar mi cariño, mediante suaves caricias.
Empuja y empuja, afloja y afloja, araña y araña, muerde y muerde, estas fueron las pautas seguidas por mi descontrolado y pecaminoso cuerpo. Diole tan fuerte a esta bella señora, que sus muslos parecían el sol en la madrugada y yo me dije, este debe ser el color del amor, por lo que proseguí con mis arremetidas.
Yo sabía como hacerle disfrutar; por ello llevaba una caja de tachuelas en el abrigo. Pedí amablemente a mi hijo mayor que me las acercara. Él fue con gusto a por el objeto y me lo dio con eficiencia. Por ello, como muestra de afecto introduje mi maravillosa, larga y serpenteante lengua en sus fauces, y disfruté de ese sabor a spaghetti suyo y el saboreó mi gusto a fluidos vaginales y whisky escocés de barrica antigua.
Seguí con lo mio hasta que mi termómetro del amor llegó a niveles incontrolados. Cogí mi cinturón y azotele como a potro indomable a esta sublime mujer, hasta que sus gritos de placer volvían en eco a mis oídos. Así que decidí probar con algo más fuerte y innovador (no sería yo quien le negara este derecho a mi esposa).
Crucificada quedose en la pared del salón ella, con su cara de ángel llena de felicidad y satisfacción. Yo seguía con ganas de repartir amor, ¿y qué amor más bonito hay si no el paternal?.
Cogí a mi vástago mayor y le metí mi cálida lengua por el conducto auditivo. Tal fue su deleite, que me insultó con sucias palabras. Pobre criatura, ¡el amor le hace ser caótico! Clavada la hebilla de mi cinturón en su diminuta tetilla, sólo quedaba bajar sus prendas.
Quité con delicadeza y bondad sus pantalones, solo para ver como estaba el desarrollo hormonal de mi hijo. Él no lo comprendía, e hizo un intento por tapar sus vergüenzas, pero yo ágil como zorro se lo impedí e introduje mi delicado dedo en su virginal ano. Lo saqué y se lo di a probar. Su cara parecía esbozar una sonrisa, así que seguí, como si de ponerse un anillo se tratara.
Mete y mete, saca y saca, huele y huele, degusta y degusta, así proseguí hasta que de sus ojos azabache caían gotas de agradecimiento y exaltación. Como le gustaba, hice lo que suelo hacer: ir un poco más lejos.
Le azoté con los puños, imprimiendo todo mi amor en cada impacto. Yo sabía que lo estaba haciendo bien, que soy un buen padre. Al final, el angelito quedo rendido por tales muestras de calor paternal, así que lo dejé allí tirado, para no despertarlo. Besé a mi hijo pequeño, al cual yo notaba ansioso por recibir también cariño. Pero aún era muy joven.
Subí las escaleras, no sin antes mirar atrás la bonita escena que había recreado en el salón. Era muy afortunado por tener aquella familia, y yo sabía que ellos pensaban lo mismo. Llegué a mi cuarto y me desvestí con sensualidad, no sin antes haber depositado mi gabardina negra en la lavadora. El amor de mi prole había salpicado a ésta con sus olorosos fluidos.
Me recosté encima de la manta. Era una noche calurosa, y, mientras pensaba en las lujuriosas experiencias que me esperaban por la mañana, olí mi axila y me dejé llevar por Morfeo.
CAPÍTULO III - La pérdida de un ser querido
No os voy a engañar; no siempre mi vida fue tan hermosa como lo son las historias que he contado hasta ahora. Trabajé día y noche por hacer de mi hogar un lugar feliz junto a mis hijos y a mi esposa, pero un hombre solo no puede luchar contra los designios del Señor Todopoderoso y contra las Moiras que tejen el destino.
El parque de juegos del jardín era maravilloso, porque lo había construido yo. En cualquier caso, se estaba quedando demasiado pequeño para mi primogénito, por lo que decidí hacer otro más apropiado para un chico de su edad. Me vestí con mi mono de trabajo favorito (es decir, me quité toda la ropa) y entré en mi galería. Mi padre la había mandado hacer medio siglo atrás, para guardar su magnífica colección pictórica y literaria. Igual que él, yo tengo predilección por los autores clásicos (motivo por el cual estudié la lengua griega durante mi juventud), de los cuales la biblioteca está repleta. No obstante, aporté a la colección títulos modernos sobre psicología, que es un tema que me fascina. Estoy particularmente orgulloso de poseer un manuscrito del volumen I de “Out of Mind”, del reputado doctor Christopher Morales, transcrito por él mismo. Era imposible que mi padre hubiera podido obtener esos libros durante su vida, porque la psicología es una ciencia del futuro, y no del pasado.
La galería estaba hermosamente adornada con motivos religiosos: La imagen de Cristo, en la más gloriosa vidriera que pudierase imaginar, artesanalmente forjada por mi abuelo; varios originales barrocos de autores tan destacados como Telemachio Arnolfini o su contemporáneo James Dubron y los frescos rescatados por mi tío de la ilustre Capilla Quintina, en Viena, que se quemó posteriormente en extrañas circunstancias.
Admiraba mi propia fortuna artística mientras bajaba al húmedo sótano de la galería, donde el padre de mi padre pintaba sus obras y donde mi padre se recreaba en la lectura de Edgar Allan Poe. Yo, en un alarde de altruismo, decidí, como ellos, dedicar aquel lóbrego sótano a aquello que más amo. Y así, comencé la construcción de otra sala de juegos para mis hijos.
Cinco noches pasé en vela, montando todo tipo de objetos divertidos y retorcidos, y haciendo mesas e inventando toda clase de instrumentos únicos con los que mis hijos pasasen el rato. Otro de mis talentos es la mecánica, ¿no lo había dicho?
El último día lo pasé haciendo los últimos retoques y hablando con mi obra, diciéndole lo perfecta que era y lo agradecido que le estaba por las horas de alegría que proporcionaría a mi descendencia. Las cadenas, en mi mente, me sonreían, y los punzones cantaban al son de mis villancicos, y las máscaras de hierro me guiñaban el ojo como si quisieran algo conmigo. Y exhibiendo en mi cara la más grande y blanca sonrisa que Helios, desde su carro, ha contemplado desde los albores del universo, salí de la galería, contento como nunca lo había estado.
Pero la Rueda de la Fortuna gira para todos, y cuando ésta está en lo más alto, sólo puede volver a bajar. Y así como el hielo se torna en agua, y como de un sentimiento nace otro, así mi alegría murió para dejar paso a la tristeza cuando entré en mi casa. Tiré las herramientas al suelo y quedé íntegramente desnudo ante el apolíneo hijo de mis entrañas, que yacía muerto en el suelo del salón.
Aparté a mi otro hijo, al que aún vivía, y abracé junto a mi mujer al más bello cuerpo infantil que mis ojos han visto. La soga alrededor de su cuello me hizo entender lo que había pasado, pero nunca, jamás entenderé el por qué de aquel mal, que corroía mi alma. Y abracé a mi mujer, derramando lágrimas. Y a los dos nos tomó el deseo de llorar, y lloramos abundantemente y con grandes gritos, como las águilas o como los buitres de corvas uñas cuando los pastores les arrebatan sus crías antes de que puedan volar. Así caían las lágrimas de nuestros párpados. -¡Oh, infelice! ¡Ay, cuitado de mí! ¡Me achaca el peor de los males! ¡Oh, hijo mío! ¡El amor te hizo ser caótico!
Y lamí sus ojos, besé sus manos, y froté mi desnudo miembro contra el suyo, en símbolo de paternal unión. Y entonces sentí el olor de su pequeño ano, que es lo que primero se huele en los cuerpos muertos, pues éstos defecan tan pronto como lo son. Y recordé los buenos momentos, y parecía que había sido ayer cuando orinó por primera vez sobre mis rodillas.
-Esto es culpa tuya, ¿lo sabes? -Dijo mi mujer entre grandes sollozos- ¡Es culpa tuya! -¡No digas eso, oh, esposa! -Respondí a mi mujer entre grandes bofetadas- ¡Y acompaña mis ayes de dolor con tus gritos! ¡Mis calamidades, innumerables! ¡Mi dolor, indescriptible!
Me aseguré de que mi mujer acompañara mis ayes de dolor con los suyos, tirando de sus cabellos y presionando su vagina con la rodilla, y luego busqué a mi único hijo, al único de mis espermatozoides que había fecundado un ovario para luego no suicidarse, y le dirigí estas aladas palabras: -Sé que no comprendes lo que ha pasado porque eres pequeño y no sabes lo que ha pasado. Yo te lo diré: Tu hermano pasaba por una época mala. La educación que le he dado es sana y es la mejor, pero, a veces, las personas más cuerdas pierden el sentido común y se matan a sí mismas. Quiero que me prometas que no te matarás a ti mismo cuando yo no esté. -Sí, papá -Dijo, llorando-. -Te quiero mucho, cariño. Di que me quieres. -Te quiero, papá.
Me despedí simbólicamente de él besando su pequeña boca. Mis labios, húmedos, acariciaban los suyos, jóvenes y torpes. Fue un beso largo.
Volví al salón y mi mujer me esperaba con un cuchillo en la mano. Yo volví a llorar, porque sabía que en aquel momento no le podía dar el amor de siempre, pues la tristeza empañaba mi corazón y mis genitales. Ella me cortó con el cuchillo, y yo se lo quité mientras le explicaba que no podía darle sexo y placer hasta que hubiera enterrado a mi primogénito. Ella no callaba, ¡tal era su pena! ni dejaba de insultarme, por lo que apreté con suavidad mi frente contra su nariz. Lo hice varias veces, hasta que quedó apaciblemente dormida, su rostro sublime mojado con la sangre que remitía sin pausa.
Y llovió el cielo sobre mi cuerpo desnudo, y mis ojos llovieron sobre el cuerpo de mi hijo, cuando la tierra reclamaba su cuerpo para sí, y yo lo enterraba con gran pesar en mi corazón. Supe que no volvería a verlo. Lo desnudé y lo lavé con el agua de la lluvia, y antes de despedirme de él para siempre, y al meterlo en su sepulcro, entré yo con él y hundí mi rostro, desmaquillado por el agua, en sus pequeños e inocentes genitales, que estaban cubiertos por el suave vello incipiente. Y los besé, los besé cien veces. Luego besé sus pezones pequeños y su imberbe cuello y su inerte boca. El barro mojaba nuestros cuerpos sin ropa.
Seis veces eyaculé sobre su cuerpo, que cubrí de besos y caricias antes de cubrirlo de tierra húmeda para siempre. Escogí cuidadosamente una de las lápidas sin usar, la más grande, y tras recuperar mis herramientas, tallé sobre la piedra el nombre de mi primogénito.
Esa noche no dormí en una cama, sino encima de la tumba de mi hijo.
CAPÍTULO IV - Aflicción por la pérdida
Desperté con el trasero hundido en la tumba de mi difunto hijo, con el rostro cubierto de lágrimas y vello púbico. Aún estaba muy apenado por los terrible incidentes que habían tenido lugar la noche anterior, y, que (y lo digo sin ánimo de acritud) habían fastidiado mis lujuriosas intenciones nocturnas en el bar de carretera.
Seguía apenado, así que decidí una cosa: a partir de ese momento me dedicaría en cuerpo y alma a mi maravilloso y vivo retoño, y haría con él todo lo que hice con su hermano y más. Porque como ya he dicho, me gusta ir un poco más allá.
Oí el chirrido del columpio, y supe que mi hijo jugaba en la parte central de la casa. Decidí empezar en ese mismo momento a exportar todo mi amor a mi hijo, como buen padre que soy. Le vi solitario y con un diario en la mano (en el cual seguro que pone cuánto me ama), le llamé y pareció comprender lo que estaba a punto de ocurrir, porque sus ojos denotaban lagrimas de alegría.
Le agarré con paternal afecto y le llevé dentro de la casa. Al vernos, mi mujer intentó abrazarme con sus delicados puños, pero con una caricia en sus senos propinada por un alicate le hizo comprender que esto era sólo para nuestro hijo y que tendría que esperar para ser amada, aunque me duela dar la espalda a esa vagina. Subimos por las escaleras y le metí en su habitación tocándole con la punta de mi falo en su pantalón. Y es que yo ya estaba desnudo y erecto por el cariño que iba a regalar.
Le acosté en la cama para adjudicarle unas suaves caricias en su ombligo, claro está, con mi húmeda y larga lengua, que estaba deseosa de consolar a mi hijo por la perdida de su hermano y que no paraba quieta, pues ya se había apoderado de los testículos de mi hijo. Siguiole esta lengua viperina en su ano, y yo, al verlo tan feliz de nuevo, no pude evitar meter mi miembro en su ojo. Le pedí que se desvistiera delante de mí, mientras yo me ponía sólo mi gabardina, y me echaba plácidamente en mi cama esperando que viniera a buscar su deleite. Cuando estuvo desnudo, me recordó a una célebre pintura del humanista griego Derfos Espatopoulos. Pero esto no viene al caso; sólo quería que vierais lo intelectual que soy.
Le hice señas con la mano a mi hijo para que se acostara a mi vera y cuando estuvo a mi alcance, empecé el ritual de consolación. Primero cogí sus genitales con mi puño, estrujándolos como si de una naranja se tratase y vi en él lágrimas de agradecimiento. Él sabía que éste era el juego preferido de su hermano. Seguidamente interné mi pie en su recto y le pedí que se ventoseára rápidamente. Seguí moviendo mi pierna como si escachara uva en la Toscana para fabricar ese dulce Moscatel llamado amor.
Cuando terminé, le propiné una paliza de amor. Le corté con mi cuchillo favorito, dibujándole un corazón en su nalga izquierda y poniendo mi nombre, para que siempre se acordara de mi, cuando volara del nido paternal. Luego jugamos a lucha grecorromana. Nos retozamos con nuestros cuerpos desnudos sobre la moqueta de su habitación. Él intentaba escapar de mi llave maestra, que consistía en agarrarle con mi miembro viril por el cuello y meter un dedo en su ano, pero por mucho que se resistió cayó derrotado, y un hilo de sangre bajó por su pierna, proveniente de su recto.
El pobre angelito quedó exhausto de tanto juego y deleite sexual. Lamí las aletas de su nariz y le dí un amoroso beso francés de buenas noches, cerré su cuarto con llave y acudí al mío. Allí estaba mi mujer.
Estaba deseosa de ser consolada por la muerte de nuestro primogénito, pero yo estaba demasiado cansado, así que solo le propiné tres puñetazos certeros en la vagina y le corté el himen. Me dormí viendo la maravillosa imagen de mi mujer tumbada en el suelo. Parecía un ángel bañado en brillante sangre.
A la mañana siguiente, una idea llegó a mi cabeza: una maravillosa ocurrencia que podría aliviar mucho dolor en el mundo. A partir de ahora no dejaría que ningún niño del pueblo fuera triste. Maravillado por mi nuevo objetivo vital, bajé a por mi desayuno.
En el salón estaban mi mujer y mi delicado hijo; la primera preparaba una deliciosa ensalada siciliana con alcaparras. Yo mordí sus senos con afecto y le dije que quería darle mi toque especial, así que eyaculé de forma incontrolada sobre aquella lechuga hoja de roble. Después de este momento culinario, reparé en mi hijo. Estaba sentado en la mesa, escribiendo en su curioso diario. Me acerqué a él y, metiendo mi lengua en su oído, le dije:
-¿Estás escribiendo lo mucho que quieres a tu papá? - Dije con voz aterciopelada-. -Sí -Dijo, temblando de emoción al contemplar a su maravilloso padre-. -Cariño, llévame un poco de ensalada a la sala de juegos. Hoy estaré allí todo el día, ¡Ah!, y prepara dulces, tengo algún pequeño invitado hoy - Dije a mi mujer-.
Salí y respiré el aire puro, enfilé la colina que conducía al pueblo de Rochester, donde seguro encontraría algún niño cuitado. Al llegar, mi atención fue captada por el colegio de la villa, donde acababa de sonar la campana que anunciaba el recreo. Abrí la verja trasera y pasé al patio. Iba un poco lento, ya que llevaba los bolsillos llenos de cuerdas y caramelos.
Vi a un pequeño granuja sentado bajo el árbol central del patio. Se llamaba James, y fue el primer niño al que rehabilité. Le ofrecí caramelos y juguetes, que estaba seguro de que le encantarían y le harían feliz. Me acompañó de regreso a mi casa y entramos en la galería que conducía al salón de juegos. Abrí el portón que conducía al nivel subterráneo.
Una vez en nuestra sala, le amordacé para que disfrutara más de su estancia allí (todos sabemos que los niños no llegan a concentrarse bien si no están quietos, así que sólo lo hice por su propio deleite). Le puse en una mesa y propiné varios cortes con mi maravilloso cuchillo sobre su caucasiano brazo. Le dije que sería la prueba de que seríamos amigos para siempre.
Luego le electrocuté con cuidado en sus poco desarrollados vellos escrotales con una máquina que compré en una de estas tiendas orientales.
Y bueno, ya sabéis mi debilidad por el aparato excretor de la gente, y este niño no podía ser menos querido que otros, así que cogí mis tenazas tenebrosas y se las inserté en su angelical recto. Las abría y cerraba una y otra vez, y nuestra amistad se acrecentaba como mi amor hacia los niños.
Cuando terminé con su ano, limpié los alicates con mi perfecta lengua y le desaté, pero ¡Oh, maldito destino, maldita mala estrella que se cierne sobre mi cabeza! le corté sin querer una de sus angelicales venas. Y en mi fulgor de amistad, se había desangrado. Pobre zagal, ¡ahora que conoció el amor! Pero gracias a él, pude sentir de verdad que esto era lo mio, mi verdadera vocación, y lo mejor que podía hacer por el planeta tierra, así que a partir de ese día me dediqué en cuerpo y alma a ello.
Después de James vinieron muchos más. María, Richard, Carmen, Andrés, Kevin, Arturo, Vicente, son solo un ejemplo de todos los niños a los que introduje de nuevo en la senda del amor y la sensualidad.
Hubo una de estas reinserciones especialmente bonita. Invité a seis niños a mi salón de juegos. Allí les hice lamer mi cuerpo de arriba a abajo, olerlo profundamente y darme pequeños mordiscos en los genitales, como si de pequeños roedores se tratase. Luego les pedí que se descubrieran entre ellos. Me sentía como Hitler ordenando a cientos de Alemanes y Alemanas dentro de un hangar a que copularan para tener una raza perfecta, pero yo lo hacía con cariño y sin animo de hacer daño, sólo para que esbozaran una sonrisa en sus perfectas bocas.
Luego saboreé sus paladares uno a uno, y les coloqué en fila para recibir el culmen del amor, el semen. Fui eyaculando sobre cada uno de ellos, como bendiciéndoles y otorgándoles la sagrada hostia y vino, sangre de Cristo. Al final todos estaban tan felices y llenos de cariño que sentí que estaba haciendo bien mi trabajo. Desgraciadamente, tuve un accidente, ya que se cayeron uno a uno a mi foso de juegos. Pero no me entristecieron sus muertes, porque ya habían alcanzado el cielo en vida conmigo. Después de este periplo, me percaté de que hacía tiempo que no deleitaba a mi mujer con el suave derecho conyugal. Así que acudí raudo a nuestra habitación. - Hoy tengo un regalo para ti, amor mío – Dije, con suave voz de querubín-.
Allí la até y le clavé chinchetas por todo su suculento cuerpo, para luego crucificarla en la pared de la habitación. Luego me retracté en mi propio onanismo, mientras veía como se desangraba ella. De sus cortes salía algo rojo, pero no era sangre: era agradecimiento y amor.
Eyaculé sobre su bello pelo negro, y la miré a los ojos.
-Te amo. -¡Suéltame jodido loco! - Dijo con afecto-. -No digas nada – Le pedí en tono amoroso poniéndole un dedo en los carnosos labios-.
Mordí sus pezones como si yo fuera un recién nacido y encendí una vela para derretírsela en... Bueno, querido lector, ya sabes cual es mi lugar erógeno preferido.
Mientras seguía con mis lujuriosas muestras de cariño hacia mi esposa, oí como se abrían los candados que tenía a la entrada de mi habitación.
La puerta está abierta.
CAPÍTULO V - Una nueva tragedia
/>Entró mi hijo, empuñando un cuchillo de la cocina, el más afilado. Fruncí el ceño, porque todos los padres necesitan momentos a solas con sus esposas, y los niños a menudo estorban. Me planteé castigarle sin su postura favorita, pero luego me di cuenta de que sería muy injusto hacer eso. Al fin y al cabo, llevaba casi un mes sin pasar por casa, pues me había dedicado al placer del cuidado de los niños del vecindario. Decidí dejarle disfrutar de los juegos con su mamá. Apenas di un paso para abrazarlo, cuando me dijo: -¡Déjala en paz, maldito bastardo!
Me frené en seco. Era la primera vez que mi hijo me hablaba así, y me acordé de las impertinencias de su hermano. Está en la edad, pensé. Quise arreglar las cosas mediante el diálogo, porque me daba miedo que el pobrecito, afligido por la pérdida de su hermano, hiciera una tontería. -¿Te estás sublevando, mi niño? -Le dije, en tono amable- ¿No quieres sentir el placer y el sexo conmigo? Sé que te gustó.
Me acerqué de nuevo para abrazarlo, porque era pequeño y había sufrido mucho. No necesitaba la Sagrada Fuerza Paternal, sino mis cariños. -No volverás a dañarnos... Todo se terminó. Todo se terminará en este instante -Dijo, el cuitado, en un evidente estado de shock-. ¡Conocerás el terror!
Al oír esto, me di cuenta de lo que estaba pasando. El pobrecito quería llamar la atención. Es natural, con esas edades, hacer ese tipo de cosas. Se me lanzó encima para clavarme el cuchillo, y yo le abracé con fuerza y besé sus párpados húmedos. Su cuchillo cayó al suelo, haciendo ruido, y él se puso a llorar desconsoladamente. -Eh, coleguilla -Le dije, haciendo uso de todos los libros de psicopedagogía que había leído a lo largo de mi vida-. No tienes que ponerte a llorar por esto. Tampoco tienes que hacer estas cosas para que tu padre te haga caso. Te quiero, y siempre voy a estar aquí para ti.
Y ambos lloramos, como los buitres de corvas uñas que mencioné antes en la narración, y besé su dulce cabellera y acaricié su mejilla. Mi mano se deslizó con suavidad dentro de su pijama, y apreté la nalga donde le dibujé el corazón con mi nombre. Sosteniéndolo aún en mis brazos, me acerqué a su madre querida. -¿Has visto las cosas que hace nuestro hijo? Se está haciendo mayor. -Estás enfermo -Dijo, llorando ella también-. Muérete de una buena vez.
Nos unimos los tres en un cálido abrazo familiar, aunque mi esposa no pudo abrazarnos porque estaba crucificada. Por eso, simplemente nos apretamos contra ella, manchándonos de su dulce sangre. Mi hijo intentó soltarse de mí, así que pisé su pequeño cráneo con mi bota izquierda, justo encima del charco que habían dejado las heridas de su madre. Los Dioses que habitan bajo el ancho Urano extendieron el dulce sueño sobre sus párpados mientras yo los pisaba.
No sé cuánto tiempo estuve extasiado, lamiendo a mi mujer, que me alimentaba como el néctar de los áureos tronos del Olimpo, pues estaba cada vez más mojada. Como las vaginas se mojan cuando se excitan, supuse que mi mujer debía estar muy excitada, porque aquel líquido sabroso inundaba el suelo e inundaba mi ropa y mi lengua al brotar de las heridas. Y mientras, yo seguía corriéndome, sin cesar, encima de mi niño querido, celebrando la felicidad de mi familia, reconstruida tras la tragedia, junta de nuevo a pesar de las desgracias que nos separaban.
Cuando también mi mujer terminó de chillar y el agotamiento se apoderó de ella, yo me dejé caer sobre el suelo, chapoteando, y cerré los ojos. Recuerdo que, antes de dormirme, estuve explorando a ciegas mi propio ano, con una mano, y el de mi hijo con la otra, buscando las diferencias como en los juegos que ponen en algunos periódicos en las páginas del final. Aquello me ayudó a conciliar el sueño mejor que mis drogas habituales.
Cuando apareció la Aurora de rosados dedos, mi hijo seguía con los ojos cerrados, y mi mujer también. Del mismo modo que un enamorado se despierta al día siguiente de culminar por primera vez su amor, así me levanté yo, sin saber lo que me esperaba.
Sé que no es justo escribir sobre una vida plena y maravillosa llena de alegrías y de regocijo para terminar contando la peor de las calamidades, pero tampoco es justo no hacer honor a la verdad y ocultar las partes duras de la historia, como se oculta el búho por el día. Es triste ver cómo a las mejores personas les sucede lo peor.
Me incorporé y me puse los pantalones, y me coloqué bien el cuello de la gabardina. Me desperecé, y abrí las persianas para dejar entrar la luz en la habitación. Un gran bostezo saludó de mi parte al sol, acompañado de una gloriosa erección. Luego me acerqué a mi hijo, tumbado en el suelo, y lamí su pequeña oreja, como siempre hago.
Sólo una cosa fue diferente aquella mañana respecto a las otras. Mi mujer no se despertóc inmediatamente, resacosa y con ojeras. Estuve algunos minutos contemplando sus tetas, que flotaban, etéreas, con la suave brisa de la mañana y se mecían, y su cuerpo clavado en la pared.
Lo que tardé en advertir fue lo que yacía en el suelo, entre sus dos hermosas piernas, junto a la cabeza de mi hijo. Flotando en la sangre.
Sir Christian Platanito publicó también unos agradecimientos al final de su libro, que incluimos aquí:
"Out of Dad está sin duda basado en un videojuego de Azrael llamado Out of Mind, y los personajes que aparecen en la obra son fruto de su genialidad, así como algunos de los diálogos. Las ilustraciones de mi obra son grabados originales del pintor barroco James Dubron."
Y ahora, todo el mundo a jugar a En el silencio del alma.
¡Sublime! Un reflejo muy proximo del pensamiento, reflexión y visión del mundo de PP. Sin lugar a dudas es lo más proximo fenomenologicamente hablando a la cognición única de aquel hombre. Sir Christian Platanito, ha realizado una obra maestra. Mis más sinceras felicitaciones.
Esto escribió Sir Christian el día que terminó el capítulo II:
"Hoy he ido en busca de prostitutas y me he internado en un pequeño local en la calle Fleet. Al salir de descargar mis fluidos, me han obsequiado con un plato de pasta con salsa puttanesca y ahora estoy muy inspirado."
Wow, a pesar de lo horriblemente sexy que es entrar en la mente de este hombre hay que admitir que la narracion del relato es bastante buena, por encima de lo que se suele ver en relatos amateur (mmmh... amateur...) pero claro, Sir Christian es un profesional. Transmitidle mi enhorabuena.
Dios, como quieres que lea eso? Pero si la letra es diminuta!! Joder macho, si tanto te avergüenzas del texto no lo pongas, pero no lo dejes tan diminuto...>_< Dios voy a mirar de ampliar el texto pero igualmente me sangraran los ojos.
Occultae: "fenomenologicamente" como te gusta coger una palabra real y pegarle una santa patada al diccionario...XD Y en el caso que existiera tendrías que poner acento. osea fenomenológicamente.
Me ha gustado la obra completa... Un final inesperado que me ha llevado a una interpretación y reflexión de las ultimas palabras de PP. Creo acercarme a comprender la mente de aquel especial hombre... (espero por mi bien mental, que mis intentos no se cumplan)
Sir Christian escogió el final feliz de Out of Mind, en el que la madre muere y el hijo crece con sus traumas. Justo como al principio del juego, cuando lo explica el niño.
Seroc, un truco: pulsa Ctrl y la rueda del ratón al mismo tiempo. Aumenta el tamaño de toda la página ;-)
De ese modo puedo disfrutarme- erm, disfrutar de la prosa de Sir Christian Platanito en lugares públicos sin temor a ser acosado por leer obras tan maravillosas.
17 comentarios:
Te ha quedado estupendamente escabroso :D
Se lo diré a Sir Christian.
Probablemente me responderá que muchas gracias.
¡Sublime!
Un reflejo muy proximo del pensamiento, reflexión y visión del mundo de PP. Sin lugar a dudas es lo más proximo fenomenologicamente hablando a la cognición única de aquel hombre.
Sir Christian Platanito, ha realizado una obra maestra.
Mis más sinceras felicitaciones.
Aún te queda mucha extensividad relativa por leer del relato, Azrael! Luego se pone mejor aún.
Cada vez más escabroso, pero hay que admitir que la forma de relatarlo y de sumergirse en su mente en fantástica a la vez que horrible xD
Esto escribió Sir Christian el día que terminó el capítulo II:
"Hoy he ido en busca de prostitutas y me he internado en un pequeño local en la calle Fleet.
Al salir de descargar mis fluidos, me han obsequiado con un plato de pasta con salsa puttanesca y ahora estoy muy inspirado."
Wow, a pesar de lo horriblemente sexy que es entrar en la mente de este hombre hay que admitir que la narracion del relato es bastante buena, por encima de lo que se suele ver en relatos amateur (mmmh... amateur...) pero claro, Sir Christian es un profesional. Transmitidle mi enhorabuena.
La narración continua muy bien.
Continuen publicando la obra de
Sir Christian Platanito.
Espero con anhelos los proximos capitulos.
Sir Christian está muy agradecido y dice que le den las gracias al hombre que inventó a tan sublime personaje.
xDDD
eres un genio xD
Dios, como quieres que lea eso? Pero si la letra es diminuta!! Joder macho, si tanto te avergüenzas del texto no lo pongas, pero no lo dejes tan diminuto...>_<
Dios voy a mirar de ampliar el texto pero igualmente me sangraran los ojos.
Occultae: "fenomenologicamente" como te gusta coger una palabra real y pegarle una santa patada al diccionario...XD
Y en el caso que existiera tendrías que poner acento. osea fenomenológicamente.
Me ha gustado la obra completa...
Un final inesperado que me ha llevado a una interpretación y reflexión de las ultimas palabras de PP. Creo acercarme a comprender la mente de aquel especial hombre... (espero por mi bien mental, que mis intentos no se cumplan)
Si le gusta a Azrael, no hay más que hablar.
Sir Christian escogió el final feliz de Out of Mind, en el que la madre muere y el hijo crece con sus traumas. Justo como al principio del juego, cuando lo explica el niño.
Seroc, un truco: pulsa Ctrl y la rueda del ratón al mismo tiempo. Aumenta el tamaño de toda la página ;-)
Deja la letra así.
De ese modo puedo disfrutarme- erm, disfrutar de la prosa de Sir Christian Platanito en lugares públicos sin temor a ser acosado por leer obras tan maravillosas.
Alien gracias, ya lo sabia pero se agradece. por eso dije "Dios voy a mirar de ampliar el texto pero igualmente me sangraran los ojos."
PD: XDDDDDDDDD
Seguro que Sir Christian agradecería tus palabras, Vin.
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