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Roy IV: El ascenso del menos esperado. LIBRO I



Debido al éxito de la publicación de la versión traducida del latín de Out of Dad, de Sir Christian Platanito, hemos regresado a su viejo estudio secreto en El Cairo para recopilar nuevos manuscritos y descifrar las historias que narran. Mientras dure el proceso de traducción, iremos publicando los aproximadamente doce capítulos de otra de las obras más ilustres del maestro.

Este tomo 1 de Roy IV contiene 5 capítulos. Después de la publicación de estos, se volverá a actualizar con normalidad durante una semana. Transcurrido ese tiempo, se publicará el Tomo 2 durante otra semana entera.

LIBRO I: Capítulos 1, 2, 3, 4 y 5



Prólogo

Esta autobiografía se la dedico a Cecilia. Mira a dónde he llegado, puta. También a Don Francisco y Antonio, dos grandes amigos, aunque este último fue víctima de una de mis extrañas transformaciones en cuitado. Por último a Sor María Francisca Angustias del Alma infinita, por guiarme espiritualmente durante los años que pasé en Santa Pola, mi pueblo natal.

Aquí narro los hechos que me ocurrieron antes de convertirme en el máximo responsable de la iglesia y Rey del Vaticano.

Mi vida antes de conocer a cierto personaje fue patética y aburrida, por ello, no la relato aquí, porque sería como leer un cuento que se repite una y otra vez en un bucle infinito.Sí, mi vida fue una mierda y aún lo sigue siendo, pero soy rico.

Jódete.

De verdad.

Capítulo I: La vida de un abyecto ser

Me llamo Roy Rogers Cruz, y soy el Papa. El camino a este cargo tan importante no fue como el de esas zorras que salen en la televisión por acostarse con algún famoso: fue arduo, triste y muy sacrificado. Tanto, que perdí muchas vidas amigas durante el camino, e, incluso, casi me pierdo a mi mismo, aunque nunca he estado muy cuerdo.

Todo empezó una mañana de Septiembre en Santa Pola, un pequeño pueblo pesquero de Valencia, donde yo nací. Me levanté a las 7:40 para ir a la escuela, sitio que yo amaba porque aprendía más sobre mis adoradas matemáticas cada día. Y además veía a mi querida Cecilia. Entraba a las 8:00, pero vivía muy cerca del colegio, así que me podía permitir el lujo de levantarme tan pronto.

Me enfundé en mi deliciosa camiseta naranja (mi color favorito), y bajé a desayunar. En la cocina se encontraba mi madre, preparando el desayuno para mí, de forma que yo no perdiera ni un segundo y se me hiciera tarde.

Mi padre no se hallaba en la casa. Había salido muy temprano, porque era camionero y tenía que llevar un encargo que lo mantendría fuera tres días. Era un hombre muy trabajador y familiar, aunque a veces me preguntaba si era homosexual, y era un poco desconfiado y tradicional.

-Gracias, Mamá – Dije a mi Madre mientras la besaba en la mejilla.
-No te entretengas a la vuelta, Roy – Me dijo ella-. Oh, perdona, que no tienes amigos.
-Soy un chico familiar, ya lo sabes. Como Papá – Me defendí yo-.
-Espero que no seas un putero también – Dijo bromeando mi jocosa progenitora-.

Salí de casa y enfilé el camino empedrado que llevaba al colegio con marcha rápida y sin pausa. Por el camino se podía ver a muchos trabajadores y estudiantes saliendo de sus casas, pero como yo llevaba mi camiseta naranja destacaba sobre el resto, aunque nadie me mirara. También podía oler el pan recién sacado del horno en las panaderías y el aroma del café caliente que salía de las ventanas de los hogares.

Cuando llegué a la verja de la escuela, encontré allí a Cecilia, hablando con un maldito idiota lleno de argollas por todo el cuerpo (el dogma de la belleza en Satan Pola) y parecía muy entretenida, aunque yo sabía que estaba enamorada de mi.

Me armé de valor y la saludé intentando imitar a uno de estos imbéciles.

-¡Eh, zorra, buenos días! - Dije, con aires de superioridad- .
-Dejame, niño raro – Me contestó con ternura-.
-¿Te está molestando, muñeca? - Intervino el estúpido tuercebotas-.

Y entonces me empujó contra el muro escolar y me golpeó el rostro con sus peludos puños. Luego me propinó un puntapié en la canilla y me tiró al suelo.

Y cuando estaba allí, recibiendo las acometidas de este despreciable ser y con la sangre carmesí brotando de mi boca y fosas nasales, oí el grito de mi amada Sor Angustias del Alma, la monja que impartía matemáticas y gran amiga.

-¡Quieto, nazi, deja a el pobre Rogy! - Dijo esta noble monja.
-Está bien, dejaré en paz al anormal de Rogy – Dijo él, y todos rieron.

Sor Angustias me levantó del suelo y se quitó las bragas, para limpiarme la sangre. He olvidado mencionar que se le iba un poco la cabeza a veces.

-¿Estás bien, joven Roy? - Me preguntó – Espero que no te importe lo de mi ropa interior; no tenía nada a mano, chico.
-No pasa nada, hermana, estoy bien – respondí-.
-Vamos a clase, me toca contigo ahora – Me dijo poniéndome en la mano derecha sus bragas ensangrentadas y cogiéndome por el hombro-.

Caminamos por los pasillos hasta la clase de 2ºB (que era la mía) y entramos. Me senté en mi pupitre, que estaba al lado de la ventana y intenté no fijarme en los curiosos que me miraban. Aunque nadie lo hacía.

Pasé el resto de la clase enfrascado en las maravillosas artes numerales. Sor Angustias es una profesora excelente y explica todo de maravilla, aunque, a veces, se le va la cabeza, como ya he dicho.

-Y si elevamos este número al cuadrado obtenemos el pene – Dijo señalando la pizarra –. Perdón, quise decir “resultado”.
-¡Ja, ja, ja, jodida vieja loca! - Vociferó Kevin, el cuitado que se sentaba en la esquina de atrás-.
-¿Qué has dicho? - Preguntó enfadada Angustias y tiró las bragas con las que me había limpiado y que llevaba puestas de nuevo a la cara del maleducado-.

El resto de la clase fue perfectamente normal, aunque Arturo, el amigo de Kevin, también se rió de alguna equivocación de Angustias, por lo que fue castigado con ropa interior sagrada.

Luego hubo algunas clases más, pero no pasó nada interesante, así que simplemente me limité a prestar atención para dar el mayor rendimiento en clase y sacar las mejores notas para impresionar a las chicas del curso con mi inteligencia; yo sé que eso es lo que las vuelve locas.

Sonó el timbre que indicaba el final de las clases. Recogí mis cosas y me dispuse a salir del aula cuando Sor Angustias del Alma me abordó.

-Tengo que decirte una cosa, Roy – Me dijo- ¿Paseamos hasta la salida?
-Está bien, vamos – Respondí-.

Nos dirigimos a las escaleras principales y comenzamos a hablar.

-Te veo un poco triste, Rogy –Afirmó escudriñando mi rostro-.
-No lo estoy, ha sido un día normal de principio a fin– Contesté-.
-Ya, pero te falta algo – Dijo enigmática–. Jesucristo.
-¿Qué? - Pregunté-.
-Necesitas un guía espiritual, que te revele la obra de cristo –dijo– y te he conseguido a alguien-.
-Pero yo no creo en Dios - repliqué –. No estoy interesado.
-Y por eso tienes mala suerte. Si crees en nuestro señor las cosas te irán mejor, lo prometo.
-Bueno, y, ¿a quien tengo que ir a ver? - dije - ¿Un mago longevo?
-No, irás a la parroquia de Don Francisco –dijo Sor Angustias–. Es un cura muy cariñoso y le encantan los niños; los adora.
-Vale, iré esta tarde, pero sólo porque me lo pide usted, hermana.

Y volví a casa para el almuerzo, pensando en quién sería ese tal Don Francisco y en qué me enseñaría esa tarde para que me ayudara en mi vida.

Capítulo II - El padre Francisco

-El amor -Dijo él- que profeso por Dios no es compartido por todas las personas, Roy. No obstante, te puedo asegurar que Dios te ama. Dios me ama a mí, y ama a todas las personas por igual. ¿Tú me quieres, Roy?
-No sé, señor -Contesté, inquieto-.
-Yo te amo.

Don Francisco rodeó mis hombros con su brazo y con la otra mano acarició la mía. Me alegré de que la capilla estuviera vacía, porque me avergonzaba un poco el modo de comportarse del párroco.
-”Amaos los unos a los otros” -Prosiguió-. ¿Te suena?
-Lo dijo Jesucristo, señor.
-¿Crees en Dios, Roy?-Preguntó, con su suave voz aterciopelada-
-No, señor. Lo siento.
-No lo sientas. Tal vez no has oído su llamada aún. Yo la escuché por primera vez con treinta y dos años. Llevaba una vida de pecado, pero Dios me perdonó.

Su tono melancólico me produjo compasión, y escuché atento la historia de cómo se hizo cura. Llevábamos tres horas hablando. Me había dicho que ya había hablado con Sor Angustias sobre mí, y que podía ayudarme a entenderme a mí mismo un poco mejor, y que me mostraría el camino del Señor. La verdad es que me lo estaba pasando bien, porque él era un hombre interesante y amable conmigo.
-Se nos ha hecho tarde, padre. Tengo que volver a casa.
-Es una lástima. Espero que te haya ayudado a comprender un poco mejor el amor de Dios.
-Eso creo... Estoy un poco confuso.
-Es natural.
-Hasta mañana, padre.
-Hasta mañana, Roy. Que Dios sea contigo.

Esa noche hablé también con Sirope, mi mono. Es de peluche, pero siempre me escucha cuando tengo algo que contarle, y es el mono más genial del mundo. A veces me ayuda a hacer mis problemas de matemáticas, y otras veces nos imaginamos que somos dos discípulos de Pitágoras en la antigua Grecia, y que le ayudamos a descubrir el famoso teorema. Cuando le conté que había estado hablando con Don Francisco, se puso un poco celoso, pero luego lo arreglamos. Ambos estábamos agotados después de un día tan largo, así que colgué mi camiseta y me dormí.

Al día siguiente fui, emocionado, al colegio. En el recreo me encontré a Cecilia, que estaba con una amiga haciendo los deberes.
-¿Qué haces, Cecilia?
-Nada que a ti te importe, idiota -Contestó, un poco más arisca de lo normal-.
-Si son matemáticas, te puedo ayudar -Le aseguré, orgulloso y con una sonrisa impresa en la cara-.
-¿Este es el chico del que me hablaste, Ceci? -Interrumpió su amiga, riendo como una puta-
-¡No! Por Dios, claro que no, tía, qué asco. Antes me tiro a Kevin.

Me sentí profundamente herido por el desprecio de mi querida, y me entraron ganas de llorar. Le dije a su amiga que era menos inteligente que yo y que no le iba a permitir reírse de mí, y la insulté e incluso la llamé “cuitada”. Apenas pude decirle a Cecilia que si necesitaba mi ayuda, que me lo pidiera, porque tuve que irme corriendo al baño para que no vieran que estaba llorando. Estuve allí una hora, y eché de menos a Sirope, y a Don Francisco, a quien acababa de conocer pero con quien sentía grandes lazos de afecto. Ellos me querían, porque me lo habían dicho.

Apareció Sor Angustias y me obligó a abrir la puerta tras la que me escondía. Venía tan amable y comprensiva como siempre, tal como es ella, sonriendo con cariño. Le dije, con voz entrecortada, que se había vuelto a poner del revés el hábito, por lo que descubrió su arrugado cuerpo frente a mis ojos, que tapé raudo para no contemplar las colgantes tetas, y se puso los ropajes del derecho. Luego me consoló y estuvimos hablando del padre Francisco y de nuestra conversación.
-Lo que yo no entiendo, hermana, es por qué debo amar a alguien que no me quiere. Como a la amiga de Cecilia, o a mis compañeros de clase.
-Porque debemos imitar a Jesús en nuestros movimientos. Él amó a todos por igual: A sus discípulos, a los que le traicionaron, e incluso a los que le crucificaron. Lo que más ennoblece a una felación termohidráulica es el amor.
-¿Felación, madre?-Pregunté, extrañado-

Ella me abofeteó por decir palabras groseras, y continuó su explicación. A veces no sabe lo que dice, a pesar de la sabiduría de sus palabras. Cuando yo ya me había quedado tranquilo, me llevó de vuelta a clase, donde mis compañeros se burlaron de mí por haber desaparecido. Yo les ignoré e hice matemáticas, que es lo que se me da bien y el motivo por el que me respetan. Y sor Angustias me sonrió.

Por la tarde visité otra vez a mi nuevo amigo, el párroco don Francisco. Subí la cuesta que llevaba a la iglesia en mi bicicleta amarilla, y llevé mis deberes de clase por si tenía que esperar, y a Sirope, para que no se pusiera celoso.

Al entrar me lo encontré hablando con un niño de unos ocho años, en el confesionario. El párroco no estaba detrás de la rejilla, sino que tenía al rapaz sobre sus rodillas y besaba su cabeza con amor y desinterés. Al verme, me instó a que me uniera a él en un abrazo, pero yo me negué porque me resultaba todavía un poco incómodo.
-”Dejad que los niños se acerquen a mí” -Recitó Francisco-. ¿Te suena, Roy?
-Sí me suena, señor. Lo dijo Jesucristo, por supuesto.
-Exactamente. Dime, ¿qué piensas de los adultos?
-¿Disculpe, señor?
-¿Qué piensas de los adultos?-Repitió, como si no le hubiera oído la primera vez- ¿Te gustan? Son altos y más fuertes que los niños, Roy.
-Eso es cierto, padre -Contesté, desconcertado-.
-A los niños les gustaba Jesucristo de un modo especial -Vi un brillo de pasión en sus ojos, mientras hablaba acariciando al niño sobre sus rodillas- Lo amaban. Incondicionalmente. Jamás verás a un hombre tan amoroso con ellos, con los niños, ni a un adulto al que los niños adoraran tanto.
-Ya veo -Dije, fingiendo que le entendía-. Padre, ¿podemos hablar sobre otra cosa?
-Claro, Roy, dime. ¿Qué te preocupa?
-Si una chica bromea sobre que no eres guapo... Eso significa que está haciéndose la difícil, ¿no? Quiero decir, no significa que no le gustes.
-Las hembras son a menudo como pequeños cervatillos -Afirmó don Francisco-. El matrimonio es la institución que contempla el modo de limitar sus excesos, mediante el amor familiar. Lo inventó Jesús, ¿lo sabías?
-No lo sabía, padre.
-Pues ya lo sabes.

Otra tarde más estuvimos charlando de muchos temas, y él me presentó sus ideas de forma comprensible para mí, para alguien obstinado como yo, y aprendí mucho de él aquel día. No sólo ese día sino que el resto de la semana, visité cada tarde al padre Francisco, la única persona a la que podía llamar amigo aparte de a mi mono Sirope.

El viernes, mi madre me preguntó si me había echado novio.


Capítulo III: Un terrible suceso

-¡Claro qué no, Mamá! - repliqué furioso –. Yo estoy enamorado de Cecilia.
-¿Esa pequeña zorra?.
-A mi me parece muy femenina y delicada.
-¡Pero si ha fornicado hasta con tu abuelo! Los encontré el otro día en tu cuarto.
-¡No, no, no! ¡No permitiré que la insultes así! - Contesté furioso

Salí de casa muy enfadado en dirección al colegio. No podía soportar la idea de ver a Cecilia con otros hombres, ella era mía. Yo sabía que me amaba con locura, simplemente era un poco tímida.

Cuando llegué a la puerta de la escuela, lo primero que hice fue buscar a mi amada; no tardé en encontrarla. Estaba con Arturo (el que iba con Kevin a todos lados) muy ruborizada y sonriente, porque este le estaba susurrando cosas al oído.

Pensé que eran muy buenos amigos, así que acudí a saludarla sin darle más importancia al asunto.

-¡Cecilia, soy yo! - dije al llegar a su lado - ¿Qué tal estás?
-¿Otra vez tú, imbécil?
-¡Ja, ja, ja, eres muy graciosa! Dominas la ironía como pocos.
-¡Eh, tú!, ¿no eres el afeminado ese que anda con el pederasta Francisco? - dijo Arturo interponiéndose entre la chica y yo.
-¡Eh, no te permito que insultes al Padre Francisco! - Contesté furioso

De pronto me empujó y me tiró al suelo. Caí con un ruido sordo.

-¿Y qué vas a hacer, niño raro? ¿Crear una formula matemática para matarme? - Dijo Arturo.

Me pateó las costillas fuertemente y me quedé sin aire.

-¿Vas a ir esta tarde a ver a tu novio el pederasta? Seguro que su juego favorito es Out of Mind – Dijo entre el jolgorio popular, dándome otra patada.
-¡Cállate, deja de insultar a mi mejor amigo!
-¿Y qué vas a hacer, escoria?

Me levanté de forma felina y le dí un puñetazo en su cara de Satanás. Aparté mi puño de su cara y contemplé el poder que me había dado Dios: Ninguno.

Me siguió propinando golpes hasta que llegó su amigo Kevin y los dos entraron en el colegio.

A la media hora conseguí levantarme y mantenerme en pie. No quería ir a la escuela, sólo ver a mi amigo Francisco, así que corrí con todas mis fuerzas hasta su parroquia. Al llegar vi a este venerable anciano barriendo las hojas que se amontonaban en sus terrenos. Esta imagen de él me causo tal aflicción que decidí que ese hombre merecía todo mi cariño y respeto.

-Hola, Padre Francisco – dije con voz lastimera-.
-¡Alabado sea el Señor, Roy! - ¿Qué te ha pasado?
-Nada, señor.
-¡Vamos!, somos amigos ¿no?
-Sí, pero...
-Puedes confiar en mí, hijo. Ya sabes que el señor me ha mandado a la tierra para ello.
-Es sobre la chica que le comenté el otro día. Creo que está enamorada de otro. ¿Qué puedo hacer?
-El señor te está poniendo a prueba, chico. Ven, siéntate en mis rodillas – dijo moviendo la mano para que me acercara-.

Me senté en las cálidas piernas del monje y me dispuse a oír los sabios consejos que me quería dar. Él era viejo, tenía más experiencia.

-Cuéntame tus problemas. ¿Te acaricio el lomo? ¿Crees en cristo? -dijo Don Francisco-.
-¿A qué viene eso, padre? - le contesté, mientras apartaba su mano de mi axila.
-Nada, me he dejado llevar. ¿Qué me contabas?, ¡Ah, sí!, lo de la chica. Pues verás, si ella no se ha fijado en ti es que es una puta.
-¿Cómo, padre?
-Una puta. Ya sabes, una zorra, meretriz, guarra, cerda, malvividora.
-Sí, sí, pero...¿Por qué?
-Si no pone su atención en un chico tan interesante como tú no merece la pena. En cambio yo sí me fijo en ti.
-¡Tiene razón, padre, no merece la pena enfadarse, le mostraré mis virtudes! - Dije poniéndome en pie y enfilando hacia la puerta.
-¡Eh, pero espera!, ¿no quieres entrar conmigo a mis aposentos?
-¡Adiós, Padre Francisco, gracias por la ayuda! -grité de lejos-.

Estaba muy animado por la conversación con el sabio padre, así que fui a casa a merendar rápido para salir por el pueblo y ver a Cecilia.

Llegué y cogí un bollo de chocolate de la nevera que estaba en un envase extraño. Me senté en la mesa y lo devoré junto a un vaso de leche. En ese momento entró mi madre y me miró.

-¿Qué haces comiéndote las heces de tu abuelo? - Dijo mi madre – Te podía haber preparado algo.
-¡Heces? - dije mientras esputaba esa caca de sabor edulcorado.
-¿No quieres que te prepare algo, cariño?.
-No, mamá, gracias, pero ya me voy.
-¿Tú? ¿salir?.
-Sí, voy a ver a alguien
-¿De verdad que no tienes novio?.
-No, me gustan las mujeres. Adiós.

Pensé donde podía estar Cecilia por la tarde y me acordé de que, cuando volvía de la parroquia de Francisco por las tardes, la había visto en el parque cercano al colegio, por lo que tomé ese rumbo.

No me llevó más de diez minutos llegar allí. Cecilia estaba sentada en un banco con Arturo. Se estaban besando, pero parecía un beso de amigo en la mejilla. Lo que me preocupó fue la mano que tenía en los senos de ella, pero olvidé el asunto y la saludé.

-¡Amada mía! - grité corriendo hacia su posición - ¡Te tengo que decir algo!

Vi que cuchicheaban algo y antes de que yo llegara Cecilia se levantó y se fue. Qué tímida era. Arturo se quedó mirándome con cara de pocos amigos.

- -¿Qué le pasa a mi chica? - pregunté cuando llegué a su lado - ¿Te ha estado hablando de mi?.
-Tienes un problema, chico. Eres un acosador de mierda, joder.
-¿Qué dices? - contesté, perplejo-.
-Me ha dicho que la sigues a todos lados. Y yo soy su novio.
-¡Su novio soy yo, tuercebotas! ¡No la toques!
-Ven aquí, marginado.

Me empezó a patear el recto sin control, como si estuviera en un frenesí guerrero, y su increíble fuerza física le daba un poder sobrehumano, por lo que yo no podía hacer nada. Cuando estaba al borde de la inconsciencia, recordé las palabras de este abyecto diciendo que él era el novio de Cecilia, y el poder de Cristo penetró en mí.

-¡VICTORIA EN CRISTO! - grité dejándome las cuerdas vocales y dándole un puñetazo en la cara.

Cayó al suelo al instante y seguí golpeándole en la cara, hasta que dejó de respirar. Soy un asesino y un nuevo seguidor de Cristo.


Capítulo IV - Amistad y promesas

Estuve varios segundos eternos contemplando mi pecado. Arturo no se movía, sangraba mucho y, por lo que pude comprobar, no respiraba.
-¡Ay! ¡Ay, Dios! -Grité, horrorizado- ¿Qué he hecho? ¡He matado a Arturo!

Me mareé de nuevo, y vomité la merienda sobre el cuitado. Roté sobre mi eje, como la Tierra, en un loco delirio causado por el espanto y luego me lancé al suelo y rodé como una croqueta, apretando mis lóbulos temporales con ambas manos y chillando, y pringándome con mi propio vómito y de sangre.

En ese momento regresó Cecilia, alarmada por mis gritos, y yo me callé, avergonzado. Para que no viera mi terrible acto, me incorporé de un salto y corrí hacia ella y la besé. Sus labios sonaron al contacto con mi saliva, chof, chof, pero fue un beso breve. La fuerza de mi acometida y el choque de nuestros dientes me quebraron las dos paletas y así se quedaron para el resto de mi vida. Yo saboreé durante ese instante el cielo, porque mi amor por ella era grande y me hacía pecaminoso.

Quise que ella no se levantara, porque tumbada en el suelo estaba hermosa, y porque entonces vería mi terrible acto.
-¡Enano de mierda, te voy a matar! -Bramó Cecilia, incomprensiblemente enfadada-

Salté con las piernas abiertas sobre ella, y clavé los pies a los lados de su cuerpo y posé mi dolorido culo sobre su pecho. Así no se levantaría. Entendí que se sintiera un poco incómoda, pero creo que se excedió cuando me apretó la nuez con las falanges y rompió mis gafas a bofetones. Mi asma comenzó a hacer su efecto, y debido al estrangulamiento yo jadeaba y sollozaba. Forcejeé con ella intentando reducirla como cuando las placas se subducen, pero estaba cansado y muy trastornado por lo que acababa de pasar. Estar ahí encima, con mis piernas rodeándola, me produjo una erección, que espero que no se notara.
-¡Ce... Cecilia! -Pronuncié, jadeando- ¡A qué se debe este... des... desánimo, mi amohhhggg!
-¡Hijo de puta, qué le has hecho?-Gritaba ella-¡Quítate de en medio!

Yo resistí sus empujes, pero cada vez me llegaba menos aire al cerebro, y perdí el equilibrio. Me balanceé torpemente y cuando pensé que iba a caer derribado, un último bofetón confirmó esa sospecha y además me dejó inconsciente.

Soñé con el beso de Cecilia, el único que he dado a una chica. Hasta entonces, sólo había besado a Sirope, pero no era igual para nada. Me dejaba la lengua llena de pelusas y la rugosidad de la tela a menudo me hacía eccemas. No, la suavidad de la boca de Cecilia me recordaba a las hipérbolas.

Cuando desperté, no estaba solo, ni estaba con mi tierna amada entre los brazos, sino que un amable médico me insuflaba oxígeno con una mascarilla. Yo recuperaba el aliento, pero me sentía mareado y me dolía todo el cuerpo. Miré con horror lo que me rodeaba, y vi a varios hombres con uniformes de policía. Sabía que venían a por mí. Unos rodeaban a Arturo, y otros interrogaban a Cecilia. A estas alturas el enigma estaba resuelto, y yo iría a la cárcel. O, aún peor, a un reformatorio. ¡O tal vez multaran a mis pobres padres! Empecé a llorar de forma incontrolable, y un gran pesar invadió mi alma.
-No pasa nada, chico -Dijo el médico que me atendía-.Ya terminó todo.

Intenté hablar, para pedir perdón por lo que había hecho, pues sentí esa urgencia, pero la mascarilla de oxígeno no me lo permitía. Y entonces reparé en los agentes que interrogaban a Cecilia, que ahora estaban en torno a otro hombre, de aspecto triste, y le esposaban. Inmediatamente me quité la mascarilla.
-¡Padre Francisco! ¿Qué sucede? ¿A dónde le llevan?
-¡Roy! ¡Mi querido Roy, hijo! -Gritó él, mientras lo sujetaban-. Debo pagar por mis pecados... Este es el pago por mis faltas.
-¿Qué faltas, padre? -Me levanté raudo y me acerqué a él. Los policías me miraron con mala cara, pero me permitieron hablar con él- ¡Usted no ha hecho nada, soy yo el que ha cometido una gravísima falta contra Cristo!
-Oh, pequeño... -Susurró. Vi en su semblante dolor y pena y compasión- Tienes mucha vida por delante. Sé que Dios te perdonará, pero la muerte de este chico es sólo culpa mía... He confesado todo a la justicia y ya saben que soy el autor de este horrible crimen. Que Dios me perdone.

Lloré entonces, comprendiendo que el padre Francisco se había atribuido la muerte de Arturo para salvarme. La nobleza de sus actos me llegó como una flecha al alma, y me sentí de pronto mucho más sucio que cuando cometí el pecado, porque ahora otro pagaba por mí.
-Me llevarán a la cárcel, y sé que me matarán. La justicia en esta comunidad autónoma es implacable y no dejarán con vida a alguien culpable de un asesinato -Continuó, y lloró también-. Ahora te toca a ti vivir tu vida. Quiero que hagas algo por mí, Roy.
-Padre, no tiene por qué hacer esto... -Susurré a su oído. Él me besó la cabeza-. Confesaré, es culpa mía. Dios tal vez me perdone, pero la justicia debe hacer lo que es justo...
-Roy, escúchame -Dijo, con tono severo-. Soy viejo y he repartido tanto amor como dolor, porque esa es la cualidad del viejo. Sé que sor Angustias cuidará de ti, y tus padres que te quieren, y eso es lo único que me importa. Tú me importas, y esto es lo que hacen los amigos. Y lo que haría Cristo. Lo que hizo Cristo. ¿Entiendes?

Suspiré y le di un abrazo más fuerte que nunca. Los agentes me apartaron con brusquedad. Lo movieron hacia el coche para meterlo dentro y llevárselo a donde no volvería a verlo.
-Sí, padre, lo comprendo -Dije, entre sollozos-. Gracias. Le amo.
-¡Escúchame, antes de irte! -Gritó, forcejeando para que no me lo arrebataran todavía- ¡Vendrá a la ciudad mi sobrino, Antonio! Es un mozo genial, es bello como lo fue Jesucristo. Él te ayudará y será tu amigo ahora que yo no estaré... Pero, escúchame, hay más. No me queda mucho tiempo, y quiero que hagas algo por mí.

Los policías lo metieron en el coche por la fuerza, y entraron ellos también para quitarme a don Francisco para siempre.
-Sí, padre, ¡lo que me pida!
-Cuando muera, llevarás a Roma mis cenizas y las arrojarás por la cúpula de San Pedro... Sobre el baldaquino... Justo encima del baldaquino... Roy...
-¡Lo haré, padre! -Grité, sin saber que le prometía algo imposible para mi edad y situación- ¡Lo haré!
-¡Te quiero, Roy! -Los agentes cerraron la ventanilla- ¡Que Dios te bendiga!

Estas fueron las últimas palabras que don Francisco me dirigió. Mi primer amigo, y mentor. También lo fue sor Angustias, claro, pero no es igual, porque ella era mujer. Y, hablando de mujeres, decidí que mi penitencia por haber matado a Arturo de un modo tan innoble sería esta: No volvería a amar a Cecilia. Cortaría con ella y no volvería a ser mi chica nunca más. Fue una decisión dura, aunque sabia, y sé que don Francisco la aprobaría. Los sucesos de las semanas que siguieron a mi pecado lo evidenciarían.

Jamás olvidaré el beso que la bella Cecilia me entregó, que compensó todos sus excesos y sus faltas y su desprecio hacia mí. Sus puñetazos me dolieron, porque eran una muestra de su ingratitud. La amé y la sigo amando, pero es una zorra.


Capítulo V - Giros de mi destino

Esa noche hablé largo y tendido con mi mono Sirope. Se enfadó un poco conmigo por el beso a Cecilia, pero yo le expliqué que ya no la amaría más y le prometí que él sería mi único amor desde ese momento. También le conté como me había convertido en un asesino y seguidor de Jesucristo, pero no se enfadó; le pareció que estaba siguiendo el camino correcto.

Recordé todo lo que mi amado Francisco me había dicho esa tarde y no pude evitar llorar como un chiquillo. Tenía una promesa que cumplir y el plan ya lo había estado pensando.

Desnudo.

En mi cama.

Buscaría a ese Antonio, que llegaría en los próximos días al pueblo, y le explicaría el último deseo de su pobre tío. Seguro que accedería a ayudarme. Me dormí imaginando cómo sería este mozuelo. Alto, rubio, apuesto, con un acento exótico y sobretodo, muy religioso.

Me levanté a la mañana siguiente, muy dolorido por los acontecimientos que habían tenido lugar la tarde anterior. Mi trasero estaba muy amoratado y mi encías ardían por el breve beso con Cecilia.

Bajé a desayunar y me encontré con mi padre, que había llegado de su reparto. Me miró con mirada severa.

-¿Has estado muy ocupado en mi ausencia, Roy? - Me dijo con sarcasmo-.
-No, ahora no estoy de exámenes.
-Ah, ¿es por eso que has tenido tiempo para ser un insoportable mariposón?
-¿Qué? - dije perplejo-.
-Ya me lo ha contado tu madre, has estado besándote con un asqueroso pederasta. Es por esos horribles videojuegos de terror psicomotriz ¿no?
-¡No soy un invertido, maldito hijo de puta! - le grité, sin entender lo que había hecho.

Me abofeteó con su dura y áspera mano, y me dejó la marca de su gran anillo en la frente, después de un gran gancho de derecha que me tiró al frío suelo.

Me levanté y le miré con desprecio. Sus negras y pobladas cejas cubrían unos ojos de bestia. Su boca era como una pequeña ranura, como en las huchas de cerditos. Tenía una nariz muy egipcia y su piel estaba seca y curtida por el sol. Su camisa abierta hasta el ombligo dejaba ver unos enormes pelos varoniles, unos canosos y otros muy negros, como la ceniza de un cigarro. Llevaba unos pantalones muy ajustados y su enorme falo luchaba por salir de esa terrible prisión. Lamentablemente no había heredado esa virtud de él.

-Deja de mirarme, maricón. Seguro que estás pensando en mí desnudo – me dijo pateando mi cara –. Escucha, estúpido, voy a hacer un reparto durante 3 días.
-¿Y qué? - Dije, furioso-.
-Que cuando vuelva, no te quiero ver aquí.

Cogió su mochila y se fue con un sonoro portazo.

Miré a mi madre, pero me apartó la mirada, así que subí a mi cuarto, a pensar en mi futuro. Me senté en mi cama y contemplé mi cuarto. Medía veinte metros cuadrados, su suelo era de parquet y las paredes estaban pintadas de un color calipso mezclado con índigo. Era azul. Tenía una ventana que daba a un patio comunitario, desde donde podía ver otros niños jugando con amigos; les envidiaba. Mi parte favorita era el escritorio, donde pasaba horas resolviendo los divertidos problemas matemáticos que me daba Sor Angustias y los que encontraba por la red de redes. Sobre el escritorio, en la pared, tenía un poster de mi banda favorita (porque también era un enamorado de la buena música), “Bardos del infierno estratosférico”. Al lado de mi mesa tenía una estantería, llena de libros con problemas y teoría. Tenía una buena colección de volúmenes de Física Cuántica, la cual yo amaba. Como veréis, era un chico muy a la moda.

En mi armario había cinco camisetas naranjas y cinco pantalones vaqueros. Era la ropa con la que más cómodo estaba y no pensaba en cambiar mi estilo.

Entonces vi mi mochila al lado del escritorio y empecé a hacer mi macuto. Metí todas mis camisetas naranjas, todos mis pantalones modernos, mis libros favoritos, una bufanda, unos guantes, mi moderno reproductor de música, una estampa de Santa Pola que me había regalado Don Francisco. No metí a Sirope porque no me iría hasta que viniera Antonio.

Eran las 10:43 aún, así que me decidí a ir a ver a Sor Angustias para hablar con ella de lo ocurrido. Salí de casa y bajé por la calle Marchena hasta el convento en el que vivía Sor Angustias del Alma. Era un edificio viejo y gótico, del 1150, con la fachada muy sucia y alguna ventana rota. Allí vivían doce monjas desesperadas por conseguir placer, por lo que toqué el timbre.

-¿Sí? - dijo una voz por el telefonillo-.
-Perdone, ¿está Sor Angustias?
-Sí, ahora baja. ¿No quieres subir a mi habitación mientras se prepara?
-No, gracias. No me encuentro muy bien.
Esperé 10 minutos hasta que la puerta se abrió, y por ella salió Angustias con un top y una minifalda.

-Sor Angustias, ¿Qué hace así vestida? -dije, perplejo-.
-Es la ropa que se lleva ahora ¿no? Pensé que así te sentirías más cómodo.
-Pero... es la ropa entre los jóvenes.
-¿Nos vamos? - dijo cogiéndome de la mano y arrastrándome por las calle de Santa Pola.

Todos nos miraban, ya que los flácidos pechos de Sor Angustias salían por debajo de su apretada camisa y sus peludas y arrugadas piernas estaban a la vista de todos, pero no importaba porque estábamos allí para hablar.

-Una pena lo de Don Francisco, he rezado por él toda la noche – Me dijo acariciándome la cabeza –. Antes de que me cuentes nada, tengo algo para ti.

Se levantó la falda y sacó una urna pequeñita. Eran las cenizas de Francisco.

-¡Ya lo han ejecutado? - exclamé, anonadado, mientras abundantes lágrimas cubrían mi rostro de niño– Pero... pero...
-Tranquilo, tranquilo –Dijo apretándome contra sus tetas– . Tienes que aprender a vivir con ello, ahora está con el todopoderoso en un lugar mejor.

Me aparté de ella y le propuse que nos sentáramos en un banco del parque. Ella accedió. Caminamos un rato y al llegar allí, casi me muero de la sorpresa. Cecilia estaba allí, sola, leyendo una revista de esas de chicas donde salen hombres musculosos y que yo alguna vez también había ojeado. Era el momento de decirle mi decisión.

-¡Cecilia! - le dije y vi que en sus ojos había felicidad por ver que estaba bien. Estaba llorando-.
-¡Aléjate maldito loco! ¿También me vas a matar? -dijo levantándose del banco cuando llegué a ella-.
-Solo quería comentarte una decisión que he tomado –Tomé fuerzas– Lo dejamos.
-¿Qué? - me respondió sin poder creérselo-.
-Te amo, Cecilia, pero debo cumplir la penitencia de Cristo –Y la intente abrazar, aunque se apartó-.
-Eres un enfermo.
-Entiendo que estés enfadada, pero es mi decisión. Nunca te olvidaré, vete.
Muérete –Me dijo con lágrimas en los ojos. Era una metáfora preciosa la que acababa de decir-.

Entonces la vi alejarse subiendo la colina que estaba junto al parque, y lloré, lloré como nunca había llorado. Y entonces me giré, todo cuitado y le dije a Sor Angustias:

-Déjeme solo, Angustias. Necesito la soledad para reflexionar.
-Vale, Roy. Mañana nos veremos, hijo mío.

Y me quedé allí toda la tarde, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida, siempre a peor. Y cuando la hora del crepúsculo llegó, apareció el ángel que giró la ruleta de la fortuna de este idiota.

Desde la colina, un chico que parecía un poco mayor que yo, cargado con una gran mochila se dirigía hacia a mi. Y cuando llegó una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

Era Antonio.

Tuve una erección.

Libro II: Coming soon (09/08/2010)

18 comentarios:

Seroc dijo...

Seguro que el cura es pederasta, tanto adorar a los niños...XD

Alicia GA dijo...

Seroc me lo has quitado de la boca, seguro que Don Francisco es pederasta fijo XD

Ha estado bastante bien solo que en un par de diálogos no le habéis puesto el guión y que una de las veces que nombráis Santa Pola, habéis puesto Satan Pola xDD

Alien dijo...

Gracias por comentar las erratas, Alicia.

Controlad vuestros prejuicios. ¡Qué pasa, que por ser cura tiene que ser pederasta?

Seroc dijo...

SI

Todos los curas o son pederastas o maricones....XD

Ito dijo...

In b4 Don Francisco es pederasta.

Pdt.: ¿Habrá penes y cuencas en tu relato?

Xunto dijo...

En realidad la monja es un viejo violador de niños que se baja los pantalones delante de árboles en parques llenos de niños porque tiene cierto retraso mental.

Alien dijo...

@Seroc - Esa es la premisa de la historia

@Ito - En mi relato sí, pero en este no sé. Aún no lo hemos traducido en su totalidad.

Vin dijo...

En el próximo capítulo, Roy descubrirá que la diferencia entre las matemáticas y las metemáticas va más allá de una vocal.

Alicia GA dijo...

Pobre cura pederasta, todavia no ha logrado mojar xD

Ito dijo...

En el próximo capítulo, el conducto auditivo de Roy será degustado por el ilustre anciano clérigo Don Francisco, o mi nombre no es el Arcipreste de Hita, malandrines.
Tambien predigo nuevas defunciones de personajes, la probable violación de Cecilia, y porqué no, cuencas vacías sangrantes y micro miembros viriles flácidos.

Xunto dijo...

Épico este capítulo, épico.
Para cuándo se sabe que la monja y Cecilia son tíos?

Alicia GA dijo...

En vez de paletos debería estar escrito paletas. FAIL xD

Cada vez Roy se me hace más tonto xD

Vin dijo...

@Capítulo IV:

HOMG. Inesperadamente awesome.

Predigo un triángulo de amor bizarro entre Roy, Antonio y Cecilia, el cual va a finalizar con Antonio en realidad siendo Antonia y Cecilia siendo Cecilio. (?)

Kevs dijo...

¡Dejad de cuestionar el sexo de los personajes!

Xunto dijo...

Bardos del infierno estratosférico, epic win

Enzo Barbaguelatta. "EN.I / elsemieni" dijo...

Iorana

"... ¿Vas a ir esta tarde a ver a tu novio el pederasta? Seguro que su juego favorito es Out of Mind ..."

Win.

"...Ya me lo ha contado tu madre, has estado besándote con un
asqueroso pederasta. Es por esos horribles videojuegos de terror
psicomotriz ¿no? ..."

Win 2X

Vaya mundo de mierda el que vivia Roy. Aunque algo me decia que se hubiera transformado en Otaku adicto al hentai y a otras artes pro-japonesas perversas xD si no se hubieran involucrado los frailes de la mercerd (? xD).

Alien, me gusta como esta escrito (no se malinterprete xDxDDDD).

Maururu... chaos

Alien dijo...

Muchas gracias a todos por el interés y por los comentarios.

Tanto los dos traductores de la obra como Sir Christian estamos muy contentos.

Alicia GA dijo...

Esta realidad es peor que la del Milagro de P. Tinto! Bueno que siga así xD

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